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dielinke sachsen / Flickr

Todo dictador lo sabe: los hombres jóvenes son fanáticos naturales

Joe Herbert

Los hombres jóvenes son particularmente propensos a convertirse en fanáticos. Todo dictador, todo gurú, todo líder religioso, sabe esto. Los fanáticos tienen un abrumador sentido de la identidad basado en una causa (una religión) o una comunidad (una pandilla, un equipo), y un estrecho y vínculo exclusivo con otros miembros de ese grupo. Se arriesgarán a sufrir lesiones, pérdidas o incluso a la muerte por el bien de su grupo. Consideran a todos los demás como extraños, o incluso enemigos. ¿Pero por qué hay tantos hombres jóvenes así?

En el mundo de los Estados nación, los hombres jóvenes lucharon en las guerras que formaron la mayoría de los países. Lo mismo ocurre con las tribus, los pueblos y las facciones. Los hombres jóvenes tienen cualidades que los especializan para esta función esencial. Se identifican fácilmente con su grupo. Forman vínculos estrechos con otros miembros del mismo. Son propensos a seguir a un líder fuerte. Por eso los jóvenes varones son tan vulnerables a las influencias del medio, como la cultura imperante en la que viven, y por eso se sienten fácilmente atraídos por líderes carismáticos o estilos de vida que prometen la pertenencia a grupos restringidos con objetivos y valores claramente definidos. Les gusta asumir riesgos en nombre de su grupo y suelen subestimar el peligro que representan esos riesgos. Si no tuvieran estas cualidades, estarían menos dispuestos a ir a la guerra, y por lo tanto serían menos capaces de cumplir uno de sus esenciales papeles sociobiológicos.

¿Por qué los hombres jóvenes son así? Parte de ello parece depender de la testosterona, que actúa en su cerebro durante los primeros años de vida del feto. La exposición en el útero «masculiniza» el cerebro, dándole ciertas propiedades, incluyendo la identidad sexual como varón, así como una preferencia por patrones de juego que implican contacto físico e incluso jugar a peleas. Esto lo sabemos porque las niñas expuestas a niveles anormales de testosterona durante este tiempo muestran un comportamiento similar, que de otra manera se daría mucho menos. En la pubertad, hay otra oleada de testosterona que actúa en este cerebro ya preparado: esto no solo despierta la sexualidad, sino que fomenta varias estrategias para competir por una pareja, incluyendo el uso de la agresión y el comportamiento de riesgo. Pero la testosterona no es ni mucho menos el único factor para convertirse en un fanático.

La testosterona actúa sobre una antigua parte del cerebro, el sistema límbico. El sistema límbico humano se parece mucho al de otros primates, como los chimpancés, e incluso es fácilmente reconocible en las ratas. Pero esta parte del cerebro humano está regulada por un añadido más reciente: los lóbulos frontales, que se encuentran detrás de la frente. El uso popular reconoce su importancia: por la resaca de la edad de la fisonomía, llamamos a la gente brillante «highbrowl» [frente alta, T.], reflejando sus frentes altas (y por lo tanto sus supuestos lóbulos frontales más grandes). Entre sus otras funciones, los lóbulos frontales son importantes para la personalidad, las interacciones sociales — y la restricción — . El daño que sufren se traduce en un comportamiento social deficiente e inadecuado, así como en falta de juicio.

En lo fundamental, los lóbulos frontales de los hombres no maduran completamente hasta los 20 años, mientras que los de las mujeres maduran antes. Esta parte del cerebro es altamente reactiva a las señales sociales y al comportamiento de otras personas. El joven estereotipado — ruidoso, arriesgado, poco razonable, agresivo (pero también inconformista y por lo tanto innovador) — podría ser un resultado. Si bien es una ventaja evolutiva para el grupo en su conjunto, una combinación de testosterona rampante y un lóbulo frontal inmaduro también explica por qué a los hombres jóvenes les gusta correr riesgos y por qué son propensos al fanatismo.

Por supuesto, no todos los jóvenes, incluso los fanáticos, se convierten en terroristas. No todos los jóvenes son iguales. Diferentes resultados pueden deberse a diferentes factores sociales. Muchos terroristas provienen de entornos criminales o desfavorecidos. Sabemos que una niñez descuidada o abusiva puede resultar en un comportamiento antisocial o desviado más tarde en la vida. El entorno social de un individuo, en particular en los primeros años de vida, puede tener implicaciones conductuales duraderas. Estamos empezando a aprender algo sobre cómo estas condiciones pueden dar lugar a cambios persistentes o incluso permanentes en el cerebro, pero hasta ahora no podemos hacer mucho para deshacerlas. Llamamos «psicópatas» a las personas que no respetan las relaciones humanas normales, lo que implica que tienen eventos anormales (patológicos) en su «psique» (mente). También sabemos que hay personas que desarrollan rasgos sociales genéticamente anormales (el autismo es un ejemplo) independientemente de su educación. No conocemos los defectos precisos del cerebro que son responsables. Sin embargo, su naturaleza — comportamiento social anormal y relaciones interpersonales — apunta a los lóbulos frontales, aunque otras áreas del cerebro también pueden estar involucradas.

El estatus social es apreciado por los machos de muchas especies animales, incluyendo los humanos. Varios primates no humanos mantienen una clara posición de dominio. Un estatus más alto da un mayor acceso a la comida, el refugio y las parejas. Se basa principalmente en la destreza física, y los machos pelean o se amenazan entre sí para determinar su posición relativa.

Esto también ocurre en los humanos, por supuesto. Y sin embargo el cerebro humano ha desarrollado otros sistemas de clasificación, incluyendo aquellos basados en el dinero, el nacimiento o la habilidad técnica. El desarrollo de las armas de proyectiles ha reducido nuestra dependencia de la fuerza muscular, pero ha puesto de relieve otros rasgos, como la crueldad, la valentía y el liderazgo. Dentro de los grupos de fanáticos, hay mucha competencia para mostrar las cualidades que aumentan la posición de un miembro con los demás en el grupo. Esto puede ser particularmente atractivo para aquellos que, en el resto de la vida, tienen pocos motivos para pensar que tienen un alto rango.

Los actos terroristas o agresivos, por lo tanto, pueden llevarse a cabo para demostrar la valía de un miembro y atraer el tipo de atención que de otra manera parece inalcanzable. Es una forma moderna de satisfacer una antigua necesidad biológica, el anhelo por el respeto de los hombres. En resumen, el cerebro masculino tiene la propensión a formar vínculos con otros varones (por ejemplo, las pandillas callejeras), reconocerse e identificarse con grupos, defender esos grupos contra otros y competir con ellos por los recursos. La constitución hormonal de un joven varón y la forma en que su cerebro madura conjuntamente aumentan su susceptibilidad al fanatismo, un caso extremo de vinculación, y lo hacen propenso a tomar medidas de riesgo en nombre de su grupo.

El cerebro humano ha inventado otras categorías de identidad aparentemente desconocidas en otras especies, incluidas las que se basan en creencias o puntos de vista éticos comunes. Hoy en día, la identidad se basa cada vez más en creencias. El enorme cerebro humano ha permitido la invención de armas; éstas han dado a los fanáticos medios cada vez más eficaces para lograr el objetivo primitivo de la dominación aterrorizando a los demás. El camino hacia el fanatismo estará influido por los genes del varón, sus primeras experiencias, sus hormonas, la madurez o no de su cerebro y el contexto social en el que se encuentra. Todo esto puede dar lugar a un estado cerebral que denominamos fanatismo, una mutación peligrosa de un papel que es biológicamente esencial para los hombres jóvenes. Nuestra tarea es reconocer cuál podría ser ese estado cerebral, cómo surge y, si es posible, contrarrestarlo.

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Joe Herbert es profesor emérito de neurociencia en el Cambridge Centre for Brain Repair de la Universidad de Cambridge. Su último libro es Testosterone: Sex, Power, and the Will to Win (2015).

Fuente: Aeon

Traducciones sobre los asuntos de los hombres, la izquierda liberal, las políticas de identidad y la moral. #i2 @Carnaina

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