Robert George

Hay una asombrosa intimidación en este momento — en el mundo académico y en otros lugares — y es imperativo que la gente se enfrente a quienes tratan de intimidarlos para que guarden silencio o, lo que es más terrible aún, para que afirmen creencias que en realidad no tienen.

Al mismo tiempo, debemos recordar que el espíritu de búsqueda de la verdad es un espíritu autocrítico, por lo que debemos evitar la tentación de aislar nuestras creencias de la crítica, retratando y desestimando a nuestros críticos legítimos como “matones”.

Para mí, la distinción entre un crítico y un matón no es difícil de establecer, y en realidad no estoy personalmente familiarizado con muchos casos “grises” o “limítrofes” (aunque puedo fabricarlos como experimentos mentales del tipo que presento a mis estudiantes en los exámenes).

Un crítico — incluso uno contundente — negocia con la moneda apropiada del discurso intelectual: presentar evidencias, proporcionar razones, argumentar; un matón cuestiona los motivos de la gente y la insulta.

Un crítico quiere discutir un tema, tratar de persuadirte para que cambies de opinión o veas las cosas de otra manera; un matón quiere censurar la discusión.

Un crítico apela a la razón, a tu mente y tu conciencia; un matón intenta inducirte miedo, recurriendo a amenazas y al avergonzamiento para asustarte y someterte.

Un crítico te permite exponer tu argumento en los términos que creas apropiados, y no trata de ganar la discusión dictando el lenguaje del debate planteando una petición de principio; un matón hace precisamente lo contrario.

Un crítico quiere sacarte de un error; un matón quiere privarte de tu medio de vida, tanto para castigarte por pensar mal como para controlar a los demás.

Un crítico está dispuesto a ser desafiado, así como a desafiar; un matón considera cualquier cuestionamiento de sus creencias como un ataque personal, por ejemplo, una agresión “intolerante” a su “identidad”.

Un crítico reconoce que tienes derecho a tu opinión, incluso si, a su juicio, es errónea; un matón insiste en que “el error no tiene derechos” y que los que están equivocados deben ser “reeducados” (a través de cosas como “formación” ideológicamente inflexionada en “competencia cultural” o “diversidad” o “conciencia de sesgo inconsciente”) o cancelado.

Un matón cree que la disidencia de sus opiniones es una evidencia de estupidez (quizás incluso enfermedad mental) o malicia (“intolerancia”).

Una cosa, me parece, en la que que no se puede confiar para distinguir la intimidación de la defensa legítima (colectiva o de otro tipo) es la virtud de la causa. Ciertamente hay buenas y malas causas. Las buenas causas, incluso las mejores causas, pueden ser, y han sido, favorecidas por personas que despliegan malos medios, incluida la intimidación.

La lucha contra el comunismo — incluyendo la tiranía soviética y el expansionismo — se llevó a cabo por una muy buena causa, a saber, la causa de la democracia y la libertad. Algunos, sin embargo, trataron de favorecer esa causa por medio de la intimidación. El senador Joseph McCarthy es, por supuesto, el ejemplo más notorio, pero no el único. Trajeron la vergüenza, y en algunos círculos desacreditaron, una causa noble. Entonces, como ahora, los matones trataron de conseguir — y con demasiada frecuencia lograron — que la gente (incluidos muchos académicos) fuera despedida o disciplinada por disentir de las creencias que, en las pasiones del momento, muchas personas sentían que toda persona decente tenía que afirmar.

Escucha a los críticos y participa en una discusión civil, en una búsqueda genuina de la verdad; desafia a los matones y llámales la atención.

Robert P. George

Robert P. George es Profesor de Jurisprudencia McCormick y Director del Programa James Madison de Ideales e Instituciones Americanas en la Universidad de Princeton. Es miembro del Consejo Asesor de la Heterodox Academy.

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Traducciones sobre los asuntos de los hombres, la izquierda liberal, las políticas de identidad y la moral. #i2 @Carnaina

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