Muscat, Oman. Foto de Bruno Barbey

Nosotros y ellos

Desde los recién nacidos a los Estados nación, confiamos en la semejanza. Pero ¿significa eso que debemos odiar la diferencia?

Marek Kohn

La gente se unirá en grupos parroquiales en un abrir y cerrar de ojos, sin importar lo diminutas, esotéricas o espurias que sean sus diferencias.

Luego los investigadores inauguraron un torneo, con medallas y cuchillos como premios. Los Cascabeles decidieron poner banderas en la piscina y otros sitios que reclamaban como suyos. Cuando plantaron su bandera en el campo de béisbol, los Águilas la derribaron y la quemaron. Se produjeron una serie de ataques a las cabañas en represalia. En un momento dado, los Águilas llenaron calcetines con piedras para defenderse. Habiendo avivado el conflicto al borde de una violencia potencialmente letal, los investigadores indujeron a la cooperación haciendo que los dos grupos trabajaran juntos por un objetivo común.

¿Era esta la manera en la que debe comportarse la gente que vive en un Estado moderno, postribal y civilizado?

La base teórica de su retrato de la guerra es el equilibrio entre dos niveles de selección natural. En la década de 1960, los biólogos evolucionistas reforzaron su disciplina rechazando la idea de que la selección natural funcionaba para el bien de los grupos. La selección que actuaba sobre los individuos siempre sería más fuerte que la selección sobre los grupos, calculaban; las tendencias altruistas que beneficiaban a los grupos serían socavadas por los individuos egoístas, que se multiplicarían a expensas de los altruistas. En los últimos años, sin embargo, la selección de grupo ha vuelto en cierto modo a ciertos círculos. Sus defensores, liderados por Wilson, argumentan que la selección a nivel de grupo puede a veces superar la selección a niveles más bajos, particularmente en nuestra propia especie. Y produciría resultados diferentes. A nivel de grupo, tendería a fomentar «el honor, la virtud y la lealtad», mientras que las presiones que actúan sobre los individuos provocan «egoísmo, cobardía e hipocresía».

Los signos de afiliación ayudan a convertir una melé de caras flotantes y cuerpos animados en patrones significativos.

La oxitocina ilustra la cuestión. En los últimos años, este neuropéptido ha adquirido un aura similar a la que disfruta el éxtasis en los altos albores de la cultura rave. Se ha promocionado como el «péptido del amor», suavizando a la gente en la unión, y como la «molécula moral», haciendo que la gente se traten los unos a los otros como se debe. Sin embargo, su moralidad parece detenerse en los límites del grupo. En una serie de estudios realizados por el psicólogo Carsten de Dreu y sus colegas de la Universidad de Ámsterdam durante 2010–2012, la oxitocina surgió como promotor del etnocentrismo, el favoritismo dentro del grupo y la escalada de conflictos entre grupos. Cuando a los hombres holandeses le suministraban dosis con oxitocina o con un placebo, los que tomaban oxitocina asociaban emociones como la esperanza o la vergüenza más fuertemente con un holandés «típico» que con un musulmán «típico».

Marek Kohnis

Traducciones sobre los asuntos de los hombres, la izquierda liberal, las políticas de identidad y la moral. #i2 @Carnaina

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