Los sentidos de la vida y los límites de la moralización [G]

Escrito por Daniel Callcut y publicado en Areo Magazine el 17 de septiembre de 2019

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¿Qué le da sentido a tu vida? ¿Qué es aquello que, de ser eliminado, te dejaría sintiéndote vacío, perdido o sin ser lo que crees que eres? Este es el tipo de preguntas que los ministros y terapeutas hacen cuando las buscamos en una crisis existencial, y las cosas por las que los teólogos y filósofos no analíticos sugieren que deberíamos estar preocupados. Pero la mayoría de nosotros rara vez les prestamos mucha atención. Pasamos nuestros días moviéndonos irreflexivamente de un lugar a otro, de una actividad a otra, sin saber qué es lo que nos impulsa fundamentalmente. Algunos podrían argumentar que esto se debe a que las democracias liberales modernas son culturas de distracción y diletantismo, que estamos demasiado ocupados preocupándonos por lo superficial en lugar de lo que realmente importa. Pero esto pasa por alto algo crucial: no necesitamos reflexionar sobre lo que da sentido a nuestras vidas para que sean significativas. El sentido es como el aire: tendemos a no notarlo hasta que ya no está ahí.

Pero, ¿qué es el sentido exactamente? Esta es una pregunta notoriamente resbaladiza. Para algunos, evoca la cuestión de Dios, para otros, el espectro del nihilismo. Hablar de sentido a menudo conduce a agujeros de conejo intelectual a debates interminables sobre la condición humana. Pero hay una forma menos embriagadora de discutir el sentido. En Meaning in Life and Why It Matters (El sentido de la vida y por qué importa), la filósofa Susan Wolf argumenta que el sentido se refiere a una esfera específica de la motivación humana, que no se puede reducir al egoísmo o la moral. Wolf piensa que, si bien a veces podemos actuar por interés propio (egoísmo) o por razones relacionadas con lo que consideramos correcto o justo (moralidad), hay una amplia gama de razones que quedan fuera de estas categorías. Ella las llama razones de amor: según ella, son lo que hace que nuestras vidas tengan sentido. Para Wolf, derivamos el sentido de la vida de las cosas que amamos, ya sean personas, actividades o formas de vida. Por amor, Wolf entiende una actitud hacia aquellas cosas con las que estamos comprometidos, implicados e inspirados.

Consideremos los siguientes ejemplos: una pintora que arriesga a la pobreza por su arte probablemente no lo haga por su propio interés, o al menos no sólo por eso, sino porque ama el arte. Un padre que conduce cientos de kilómetros durante la noche para pasar la mañana de Navidad con su familia hace eso, con toda probabilidad, porque los ama, no necesariamente porque crea que es algo moral. ¿Y qué pasa con la atleta que somete su cuerpo a un régimen físico doloroso para entrenar para los Juegos Olímpicos? Es difícil considerar que el propio interés o la moralidad puedan explicar esto por completo. Lo más probable es que simplemente ame lo que hace.

Las razones del amor también forman nuestras identidades. De hecho, es difícil pensar en quiénes somos, despojados de las cosas que amamos, porque son estas cosas las que dan color a nuestras vidas. Nos piden que nos levantemos por la mañana. Una crisis de sentido implica cuestionar el valor de lo que una vez se amó. Esto tiene un sorprendente parecido con una crisis de identidad, en la cual uno se pregunta quién es realmente.

Aunque Wolf no aborda esto en profundidad en su ensayo, el sentido está íntimamente relacionado con la cultura. Los seres humanos crecen en circunstancias sociales específicas, que delimitan las actividades y proyectos que pueden llegar a amar. Por supuesto, las culturas no son homogéneas: una sola cultura puede dar lugar a innumerables objetos de amor. Pero lo que da sentido a nuestras vidas debe tener alguna conexión con una cultura en concreto.

Lo que amamos será, en gran medida, moldeado por la cultura que heredemos y con la que nos identificamos. Y, en la medida en que amamos ciertos objetos, actividades y personas, es probable que también amemos (al menos en parte) la cultura o la forma de vida a la que pertenecen.

Las posiciones que los individuos tienen en asuntos sociales y políticos a menudo provienen de las cosas que aman. Además, estas cosas a menudo tienen sus raíces en la(s) cultura(s) a la(s) que pertenecen. Esto tiene implicaciones importantes para la moralización y sus limitaciones.

En nuestros tiempos polarizados, se está volviendo corriente ver a los que están en el otro lado político como egoístas, estúpidos o malvados. En mi caso, he pensado de varias maneras que los que no están dispuestos a apoyar una acción enérgica para mitigar el cambio climático son tontos, que las personas que siguen comiendo carne de fábrica son depravados y que las personas que se oponen al control de armas de fuego se preocupan poco por el bienestar de los demás. Gran parte del discurso político de ambas partes consiste en este tipo de moralización.

Sin embargo, tales juicios son injustos porque asumen, sin pruebas, una intención maliciosa o siniestra por parte de aquellos a quienes se refieren. Desconocen la posibilidad de que los oponentes políticos sostengan la opinión de que no lo hacen porque son ignorantes o inmorales, sino porque lo que da sentido a sus vidas y las convierte en lo que son — en otras palabras, lo que aman — los alienta directa o indirectamente a hacerlo.

Esta posibilidad es incómoda porque significa que los opositores políticos ya no pueden caracterizarse como una elección entre moralidad e inmoralidad, sino entre moralidad y sentido. Imagínese que un extraño le exige que renuncie a lo que le da a usted una razón para levantarse por la mañana. Incluso si la demanda se hiciera en aras de lo que es moral o justo, nadie estaría de acuerdo con esto sin cierta dificultad.

Que una actividad le dé sentido a la vida de una persona no la hace moral. Al asesino en serie que encuentra satisfacción en el asesinato se le debe prohibir que satisfaga su pasión, y al supremacista blanco, para quien el proyecto de reclamar América para los blancos proporciona una sensación de sentido cósmico, también se le debe evitar que cumpla su sueño. El sentido puede darnos razones para vivir, pero no justifica empeorar la vida de los demás. Pero debemos reconocer que, cuando nos vemos obligados a decidir entre lo que da sentido a nuestras vidas y lo que es correcto, no debemos dar por supuesto que las personas elegirán lo último. Si amas algo, si tu sentido del yo depende de amar esa cosa, serás reacio a renunciar a eso, incluso ante una implacable protesta moral.

No podemos esperar razonablemente que las personas alteren drásticamente sus vidas simplemente porque les mostramos que lo que aman es de alguna manera moralmente corrupto. Es por eso que la moralización a menudo falla. Cuando la gente se ve obligada a decidir entre lo que da sentido a sus vidas y lo que es correcto o justo, no debería sorprendernos si eligen lo primero. Pero, si se hace de la manera correcta, la moralización puede provocar cambios. Cuando se les obliga a enfrentar hechos o se les desafía de manera apropiada, las personas a veces son capaces de una transformación real.

Estos principios podrían ayudarnos a involucrar a nuestros oponentes políticos de maneras más fructíferas, civiles y generosas. Si queremos persuadir a otros, deberíamos considerar la posibilidad de que sus convicciones no se derivan del egoísmo, sino que sean el resultado de lo que aman. Y si bien es posible que no estemos de acuerdo en que esa actividad, persona o cosa es digna de amor, mantener una visión del amor es radicalmente diferente de mantenerla por egoísmo o rencor.

Además, aunque siempre se nos debe permitir, tal vez incluso exigir, involucrar a nuestros conciudadanos en el debate público, siempre debemos hacerlo con la conciencia de que renunciar a algo que da sentido a la vida implica un dolor y un sacrificio del más alto nivel. Reconocer esto muestra un grado de respeto por aquellos con quienes no estamos de acuerdo.

Finalmente, debemos evitar denunciar la cultura que da sentido a la vida de nuestros oponentes políticos, porque una vez que un individuo piensa que lo que ama está siendo condenado de manera integral, es muy poco probable que permanezca abierto y receptivo. Es más probable que ese tipo de moralización reafirme e a las personas en sus convicciones en vez de convencerlas para cambiarlas. A nadie le gusta que le digan que aquello que le da sentido a sus vidas es fundamentalmente superficial, tonto o enfermo. En cambio, debemos apelar a otras cosas que aman a nuestros oponentes, otras dimensiones de la cultura a la que pertenecen, si deseamos llegar a ellos. Necesitamos ayudarlos a ver que no necesitan renunciar a todo lo que les importa para cambiar de opinión sobre cuestiones particulares.

Necesitamos reflexionar sobre lo que da sentido a nuestras propias vidas, no sólo por las razones que ofrecen los teólogos y terapeutas, sino también para hacer más compleja la imagen simplista que a menudo tenemos de aquellos con quienes no estamos de acuerdo. El sentido no debería triunfar sobre la moralidad, por supuesto, pero cuando los dos chocan no siempre es fácil elegir el último sobre el primero. Siempre debemos recordar esto.

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Galen Watts

Galen Watts estudia un programa de doctorado en la Universidad de Queen en Canadá. Sus intereses de investigación incluyen la religión, la cultura, la política y, específicamente, cómo interactuan de manera discursiva y práctica en la sociedad contemporánea.

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Traducciones sobre los asuntos de los hombres, la izquierda liberal, las políticas de identidad y la moral. #i2 @Carnaina

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