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Los niños de la revolución

James David Banker

«Nadie es más peligroso que el que se imagina puro de corazón», escribió James Baldwin, «porque su pureza, por definición, es incuestionable». Esta observación ha sido confirmada muchas veces a lo largo de la historia. Sin embargo, la Revolución Cultural China ofrece quizás la ilustración más cruda de lo peligroso que puede ser «puro de corazón». La justificación ideológica de la revolución fue purgar al Partido Comunista Chino (PCCh), y a la nación en general, de elementos impuros ocultos en su medio: capitalistas, contrarrevolucionarios y «representantes de la burguesía». Con ese fin, Mao Tse-Tung impulsó a los jóvenes de China — intachables e incorruptos de corazón y mente — a que dirigieran la lucha por la pureza. Bautizados como los «Guardias rojos», fueron colocados a la vanguardia de una revolución que fue, en verdad, un esfuerzo cínico de Mao para reafirmar su menguante poder en el Partido. Sin embargo, puso en marcha una fuerza autodestructiva de una depravación casi inimaginable.

La Revolución Cultural comenzó en espíritu cuando Mao publicó una carta en la que acusaba a varios dirigentes del Partido el 16 de mayo de 1966. Pero, nueve días después, fue un acontecimiento aparentemente menor el que encendió la revolución: una joven profesora de filosofía de la Universidad de Pekín llamada Nie Yuanzi colocó un «cartel de grandes caracteres» (una hoja de propaganda escrita a mano con grandes caracteres chinos) en un tablón de anuncios público que denunciaba al presidente de la universidad y a otros miembros de la administración como revisionistas burgueses. Mao inmediatamente apoyó su protesta, que desencadenó una reacción en cadena de revuelta estudiantil que se extendió por toda China.

Esa reacción en cadena fue acelerada por «grupos de trabajo» de ideólogos enviados para administrar las escuelas. Bajo su mandato, las escuelas se convirtieron en centros de activismo en lugar de aprendizaje. Se animó a los estudiantes a crear carteles de grandes caracteres donde exponían a sus propios maestros, funcionarios e incluso a sus padres. Los acusados eran humillados en «sesiones de lucha» diarias en las que sus estudiantes y compañeros los interrogaban y les exigían confesiones. La crueldad de estas sesiones se intensificó rápidamente. Los estudiantes golpeaban, escupían y torturaban — de manera horriblemente creativa — a sus maestros y profesores, a menudo ancianos. En un caso, los estudiantes exigieron que su profesor de biología mirara al sol con los ojos bien abiertos. Si parpadeaba o miraba hacia otro lado, lo golpeaban. Incluso estudiantes de enseñanza media y primaria participaron en las sesiones de lucha, a veces golpeando a sus maestros hasta la muerte con palos y hebillas de cinturón.

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También se animó a los estudiantes a que atacaran a sus compañeros de clase. Al pasar los pecados de una generación a la siguiente, nació una nueva jerarquía: los hijos de los revolucionarios en la cima y los hijos de los «terratenientes», los «capitalistas» y los «derechistas» en la parte inferior. Estos estudiantes fueron etiquetados como «manzanas podridas» y se consideraba legítimo darles el mismo trato que se les daba a sus padres. El actual presidente de la República Popular China, Xi Jinping, soportó este destino. Tenía solo 15 años cuando su padre, un leal maoísta y antiguo jefe de propaganda, fue purgado, su hermana ejecutada y su propia madre obligada a denunciar a Xi como reaccionario. En medio de la histeria, los maestros, los profesores y los intelectuales no se atrevían a enfrentarse a los estudiantes ni a defender a sus colegas para que no sufrieran destinos similares. Pero no podían escapar siendo espectadores. Dado que cada palabra y cada acto podía convertirse en una prueba potencial de simpatía con el capitalista, los maestros e intelectuales se unieron con entusiasmo a sus estudiantes en las sesiones de lucha y en las manifestaciones vociferantes.

La decisión de Mao de utilizar a la juventud china como su vanguardia fue, por azar o previsión, decisiva para el éxito inicial de la revolución. Los jóvenes pueden ser puros de corazón, pero también tienen mucha emoción y poca experiencia vital. En pocas palabras, son filisteos naturales. Todavía en la edad de formar su identidad, los jóvenes chinos tenían pocas barreras para identificarse completamente con los Guardias rojos. La conformidad y la intolerancia contra la disidencia se producían de forma natural. Cuando los estudiantes no asistían a manifestaciones y sesiones de lucha, pasaban interminables horas estudiando y discutiendo el Pequeño libro rojo de Mao.

Como explicó Lu Li’an, ex Guardia Roja: «Solo nos enseñaban sobre la revolución, así que cuando leíamos las obras de la literatura de propaganda queríamos estar a la cabeza, a la vanguardia de la historia revolucionaria». Con un sistema inmunológico mental poco desarrollado, sus débiles cabezas eran terreno fértil para el maniqueísmo secular de Mao. El maniqueísmo reduce la sociedad, con toda su diversidad y complejidad de experiencias humanas, a una dicotomía rotunda: luz y oscuridad, bien y mal, correcto e incorrecto, radical y reaccionario. «¡No hay término medio!» se convirtió en un eslogan popular. Ideologías como éstas son intelectual y moralmente insípidas, pero su simplicidad y certeza son seductoras, especialmente para los jóvenes.

Así, los niños revolucionarios de Mao podían — con exuberancia juvenil y claridad propósitos — encadenar a un maestro a un radiador y golpearlo hasta matarlo con una barra de hierro, o forzarlo a comerse las uñas y las heces, entre otras torturas.

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La pureza mental de los Guardias rojos — su capacidad juvenil para aprender y su apertura a nuevas ideas — también le resultó útil a Mao. Su plasticidad se adaptaba bien al proyecto de erradicar lo que se llamaba «los cuatro viejos»: viejas costumbres, cultura, hábitos e ideas. Los Guardias rojos impondrían un nuevo orden simbólico en un mundo viejo sin el desorden o la cautela que da la experiencia vital. A veces los resultados eran cómicos. Como el rojo simbolizaba la revolución, y la revolución no debe detenerse, los Guardias rojos exigieron que los vehículos avanzasen en lugar de detenerse en los semáforos rojos. Con mayor frecuencia, los resultados fueron horribles. Debido a que los gatos, perros, peces e incluso grillos se convirtieron en símbolos de la «decadencia burguesa» [1], fueron masacrados por miles. Comer carne humana se convirtió en una macabra prueba de lealtad. Las propias investigaciones del Partido hablan de estudiantes en la provincia de Guangxi que cocinan y comen a sus maestros y directores. En algunas cafeterías del gobierno, los cuerpos de los traidores ejecutados se exhibían en ganchos de carne, mientras que su carne era servida y consumida. La tabla rasa, al parecer, también puede ser un oscuro abismo. De hecho, la naturaleza y la escala de los daños causados por la Revolución Cultural, que solo he mencionado aquí, casi desafían nuestra capacidad de comprensión.

Aunque educadores e intelectuales eran los principales objetivos de la revolución, tenían cierta responsabilidad, por actos de comisión u omisión, en crear las condiciones para que esto pasase. En los años anteriores a la Revolución Cultural, el Partido había cultivado un ambiente de extrema conformidad política. Las manifestaciones políticas y las sesiones de autocrítica se habían convertido en una característica habitual de las campañas de reforma del pensamiento maoísta. [2] Ji Xianlin, profesor de idiomas en Pekín, detalló el entusiasmo con el que los maestros e intelectuales habían apoyado estas campañas. En sus memorias, The Cowshed, Memories of the Chinese Cultural Revolution, Ji escribe con pesar de su propia «aptitud en el comportamiento de la multitud». Había sido un verdadero creyente en el maoísmo y persiguió voluntariamente a otros intelectuales durante el Movimiento de Educación Socialista en 1957. Pero su lealtad al Partido no le sirvió de defensa cuando la revolución le tocó a él. Un año después de la Revolución Cultural, se encontró denunciado por amigos, colegas y estudiantes. Ya a finales de sus cincuenta años, fue encarcelado junto con otros intelectuales en un establo con ex alumnos como sus sádicos guardias de prisión. Se vio obligado a soportar constantes sesiones de lucha y fue golpeado y atormentado sin piedad por sus colegas y los Guardias rojos.

Al final, incluso Mao reconoció que la situación se estaba saliendo de control. En 1967, el Ejército Popular de Liberación (EPL) recibió la orden de reprimir a los Guardias rojos, y lo hizo con gran brutalidad. Muchos de los jóvenes radicales fueron asesinados en enfrentamientos con el EPL, mientras que muchos otros perecieron en ejecuciones masivas. Pero la mayoría fueron enviados a campos de trabajo en el campo (incluyendo a Nie Yuanzi, la joven profesora que había colgado el primer cartel grandes caracteres en la Universidad de Pekín). Después de la contención de los Guardias rojos, la intensidad de la Revolución Cultural disminuyó. Oficialmente terminó con la muerte de Mao en 1976. En total, se estima que el número de muertos oscila entre 400.000 y varios millones de personas. Decenas de millones más resultaron heridos en actos de extrema crueldad y depravación.

La palabra «revolución» tiene las connotaciones de dar una vuelta, cambiar de ciclo, rotar. Los ciclos (y quizás las revoluciones) son de naturaleza ineludible, cuyas leyes ordenan, con un precedente ininterrumpido, que los jóvenes cambien a los viejos. La Revolución Cultural, sin embargo, fue profundamente defectuosa. Liderada por jóvenes idealistas y animada por las fuerzas de la pureza y la paranoia, la revolución solo podía ceder al caos. Ninguna sociedad, ninguna persona, ninguna cosa puede satisfacer el ideal platónico de pureza. Por lo tanto, su búsqueda aseguraba un final de lucha sin fin. Más insidiosamente, el objetivo de la purificación — el enemigo, la enfermedad, la podredumbre — era interno. Las amenazas externas son visibles. Se anuncian por bandera, apariencia, ethos, y cosas por el estilo. La amenaza interna está oculta. El enemigo está a la vez en ninguna parte y en todas partes. Por lo tanto, todo el mundo era sospechoso: maestros, amigos e incluso miembros de la familia. Los enemigos ocultos deben ser expuestos antes de que puedan ser purificados. Por lo tanto, la autocrítica, la reeducación y la confesión pública son prácticas peculiares pero necesarias en la guerra interna. Los juicios, las sesiones de lucha y las inquisiciones satisfacen la necesidad existencial de conflicto de la ideología al crear enemigos de los camaradas. Para evitar la persecución durante la Revolución Cultural, muchos se apresuraron a acusar a otros, creando así un círculo de retroalimentación de fanatismo y violencia ideológica cada vez más intensa. Inevitablemente, los acusadores se convirtieron en acusados y los torturadores en torturados.

A medida que cada confesión validaba la paranoia de los Guardias Rojos, la revolución mutó en algo así como un desorden autoinmune que ataca lo que se pretende proteger. Esto fue, de hecho, lo que el Comité Central del PCCh reconoció sobre la Revolución Cultural en 1981. En una retrospectiva notablemente franca, el Comité Central reconoció que «fuimos nosotros, y no el enemigo en absoluto, los desordenados por la “Revolución Cultural”», a quienes consideraron responsables del «más grave revés y de las mayores pérdidas sufridas por el Partido, el Estado y el pueblo desde la fundación de la República Popular».

El descenso de la revolución a la anarquía y la violencia recuerda la primera estrofa del famoso poema de W.B. Yeats «El segundo advenimiento», que comienza con el «Dando vueltas y vueltas en la espiral creciente». Para la Revolución Cultural es como una profecía, una advertencia de lo que sucede cuando un pueblo, unido en torno a una única e incontestable visión, encuentra a sus enemigos volviéndose hacia adentro. Sin visiones que compitan ni capacidad de autocorregirse, el giro continúa, el giro se ensancha y pronto:

todo se desmorona; el centro cede;
la anarquía se abate sobre el mundo,
se suelta la marea de la sangre, y por doquier
se anega el ritual de la inocencia;
los mejores no tienen convicción, y los peores
rebosan de febril intensidad.

Mucho se ha escrito recientemente sobre los excesos de la polarización política y la prevalencia de una mentalidad de «nosotros contra ellos» en la política. La Revolución Cultural, sin embargo, ofrece un escalofriante ejemplo de los peligros de un exceso de homogeneidad política. Sin duda, el maoísmo predicaba el evangelio maniqueo del bien contra el mal. Pero todos estaban de acuerdo en que el maoísmo era correcto, incluso (a veces especialmente) los que fueron purgados. Los conflictos solo se referían a quién practicaba la versión más pura de la ideología, no a doctrinas que competían entre sí, porque no había ninguna. Fue esta falta de un «nosotros» y de un «ellos» distinguibles lo que llevó a la revolución a volverse hacia adentro en busca de enemigos e impurezas.

En las democracias liberales, por el contrario, la política de la pureza puede ocurrir dentro de facciones y partidos. Pero la verdadera competencia es entre valores políticos e ideologías en conflicto, todos los cuales proporcionan la tensión productiva que impulsa el progreso social. Por supuesto, la democracia liberal es en sí misma una ideología política, pero está estructurada de manera única en torno a una concepción del pluralismo que puede acomodar visiones dispares de lo que constituye la buena vida. Las elecciones, entre otras cosas, actúan como mecanismos de autocorrección: un partido que purga sus elementos impuros inevitablemente fortalece su competencia. Esto limita la potencial depravación y destructividad de la política de la pureza, lo que no era el caso en China.

Sin embargo, el instinto de conformarse y ser aceptado por nuestros compañeros es fuerte dentro de todos nosotros, especialmente los jóvenes. Cuando las corrientes subterráneas de la cultura popular nos empujan hacia la conformidad, la democracia por sí sola no es una cura. Tampoco es suficiente predicar la tolerancia: también debe existir una multiplicidad de puntos de vista que tolerar. Cuando nos decimos a nosotros mismos y enseñamos a nuestros hijos que «la diversidad es nuestra fuerza», esto puede sonar muy parecido al dogma. Aun así, es un dogma que vale la pena apoyar si se pretende ensalzar la diversidad de pensamiento y opinión; una diversidad que recompensa a los contrarios que rechazan la seguridad de la manada, y a aquellos que encarnan el espíritu de disenso, inconformismo e individualismo. Nietzsche advirtió una vez que «el modo más seguro de corromper a un joven es instruirlo a que tenga más estima a los que piensan igual que los que piensan de manera diferente». Es una advertencia a la que debemos prestar atención.

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James David Banker es abogado y escritor. Estudió lingüística en Cambridge, derecho en Stanford y filosofía en las Fuerzas Especiales. Puedes seguirlo en Twitter @jdbanker1

Referencias:

[1] John Bowman (2005), Columbia Chronologies of Asian History and Culture. p. 73.
[2] Ji Xianlin, y Chenxin Jiang (2016), The Cowshed: Memories of the Chinese Cultural Revolution. p.18.

Fuente: Quillette

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Traducciones sobre los asuntos de los hombres, la izquierda liberal, las políticas de identidad y la moral. #i2 @Carnaina

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