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Lo que la psicología profunda nos puede enseñar sobre la cultura del victimismo y la ansiedad de los adolescentes

Lisa Marchiano

Cuando Carl Jung era un escolar de 12 años, fue empujado al suelo por otro niño, golpeándose la cabeza contra el pavimento y casi perdiendo el conocimiento. Al instante, aprovechó la oportunidad que le brindaba este ataque.

En el momento de recibir el golpe me cruzó un pensamiento como un rayo: ¡Ahora no tendrás que ir más a la escuela! Estaba sólo semiinconsciente y permanecí tendido algunos instantes más de lo necesario, principalmente a causa del sentimiento de venganza contra mi pérfido agresor.

A partir de ese momento, Jung empezó a tener desmayos cada vez que volvía a clase o intentaba hacer los deberes. Durante seis meses, no asistió a la escuela. Sus padres, preocupados, consultaron a los médicos y lo enviaron a convalecer. Jung describió este periodo como “un picnic”. Sin embargo, por debajo de su vértigo, sentía que algo iba mal.

Malgastaba el tiempo en vagabundear, leer, coleccionar y jugar. Sin embargo, no me sentía con ello más feliz, sino que me daba cuenta, de modo vago, que huía de mí mismo

Con el tiempo, Jung olvidó cómo surgió su enfermedad. Su condición de inválido se daba por supuesta, y no se cuestionaba ni se preocupaba por encontrar un remedio, hasta que tuvo una conversación que le hizo tomar conciencia.

En una ocasión, un amigo visitó a mi padre. Ambos se sentaron en el jardín y yo me escondí en un espeso matorral detrás de ellos, pues era de una curiosidad insaciable. Oí cómo el amigo preguntaba a mi padre: «¿Pues qué le pasa a tu hijo?» A lo que mi padre respondió: «Ay, es una desgraciada historia. Los médicos no saben qué es lo que le sucede. Creen que quizás sea epilepsia. Sería terrible si resultara algo incurable. Yo he perdido mis escasos ahorros y ¿qué sucederá con él si no puede ganarse la vida?».

Me sentí como alcanzado por un rayo. Era el choque con la realidad. «Es verdad, hay que trabajar», me cruzó la mente.

En ese momento, Jung se convirtió en un “niño serio”. Fue directamente al estudio de su padre y comenzó a trabajar intensamente en su gramática latina.

A los diez minutos me desmayé. Casi caí de la silla, pero transcurridos algunos minutos me sentí mejor, y proseguí en mi propósito. Había ya pasado aproximadamente un cuarto de hora cuando me vino el segundo mareo. Pasó como el anterior: «¡Y ahora tú vuelves al trabajo!» Persistí y al cabo de media hora llegó el tercero. Pero no cedí y trabajé todavía una hora más hasta que tuve la sensación de que los mareos estaban ya superados. De improviso me encontré mejor que todos los meses anteriores. De hecho, los ataques no se repitieron más y a partir de este momento trabajé todos los días en mi gramática y mis cuadernos escolares. Después de algunas semanas volví a la escuela y allí no experimenté mareo alguno. El encanto había desaparecido. Aquí aprendí lo que es una neurosis.[i]

Jung, un chico torpe y agresivo que no gozaba de la simpatía de sus compañeros ni de sus profesores, debió de agradecer la oportunidad de escapar de la escuela. En el ocaso de su infancia, ante las inminentes exigencias de la adolescencia, Jung se retiró del mundo. Durante un tiempo, su destino pendió de un hilo, mientras se acercaba a la posibilidad de una marginación y una enfermedad permanentes autoimpuestas.

En mi trabajo terapéutico con madres de adolescentes y preadolescentes, a menudo soy testigo de segunda mano de niños que, tratando de evitar las exigencias de desarrollo que supone acercarse a la independencia, se aferran a sus debilidades de forma muy parecida a como lo hizo Jung a los 12 años. Negociar ese impasse como padre puede ser especialmente difícil, ya que las tendencias culturales actuales ofrecen un apoyo involuntario para que los jóvenes reclamen la opresión y la enfermedad.

Las actitudes personales o colectivas que invitan al victimismo y a la enfermedad pueden alterar lo que esperamos de nosotros mismos. Adoptar un estatus de opresión o aflicción puede ser útil, ya que permite obtener los cuidados necesarios. Sin embargo, si se mantiene demasiado tiempo, puede invitar a desentenderse de la vida y a evitar el propio destino. Y lo que es más preocupante, también tiene implicaciones negativas para la salud mental personal, ya que puede fomentar un sentimiento de impotencia.

Pensar en nosotros mismos como oprimidos o enfermos puede cultivar inadvertidamente lo que los psicólogos llaman un locus de control externo. El locus de control es un concepto psicológico articulado en los años 50 por Julian Rotter. Las personas con un locus de control interno se sienten capaces de influir en los resultados que les afectan. Los que tienen un locus de control externo creen que la mayor parte de lo que les ocurre está más allá de su capacidad de influencia.

Aunque tanto el locus de control externo como el interno confieren ventajas y desventajas, las investigaciones han demostrado que tener un locus de control interno se asocia con menos estrés y mejor salud, mientras que tener un locus de control externo se correlaciona con los trastornos de ansiedad. Lo más importante es que el locus de control interno parece ser un factor decisivo para determinar si uno será psicológicamente resiliente. Por lo tanto, como sociedad, nos interesa cultivar un locus de control interno y, de hecho, las nociones populares de actitud y agallas se basan en la teoría del locus de control. Sin embargo, algunos entornos fomentan lo contrario.

Una madre de mi consulta me contó hace poco que el curso de séptimo grado de su hija empezó con el profesor pidiéndole a los alumnos que compartieran sus pronombres preferidos. Inmediatamente después, la hija de esta madre, de 12 años, empezó a identificarse como de género fluido y se preocupó por su nueva condición de miembro de una minoría oprimida. Aunque la profesora pretendía, sin duda, transmitir tolerancia y aceptación, creó inadvertidamente una incitación al victimismo.

Algunas tendencias culturales actuales otorgan un mayor estatus social a quienes son percibidos como víctimas. Los sociólogos han planteado que en los campus universitarios se está desarrollando una nueva cultura moral del victimismo. En esta cultura, ser víctima eleva la posición de la persona y le confiere virtud, en parte porque moviliza la protección y el apoyo de terceros poderosos. El aumento del estatus de víctima puede explicar el incremento de las “autolesiones digitales” que los investigadores han identificado cuando los adolescentes se acosan a sí mismos.

La cultura del victimismo nos premia cuando nos sentimos agredidos, indefensos y débiles. Por tanto, nos anima a sentirnos a merced de fuerzas externas que escapan a nuestro control, lo que, como hemos visto, puede tener consecuencias negativas para el bienestar mental.

Además de la cultura moral del victimismo, hay una tendencia relacionada que nos anima a pensar en nosotros mismos como enfermos. Un artículo reciente titulado “Turning Childhood into a Mental Illness” (Convirtiendo la infancia en una enfermedad mental) en Spiked Online señala la tendencia a medicalizar la infancia asignando diagnósticos a las angustias ordinarias, lo que anima a los niños a percibirse a sí mismos como enfermos:

La relación entre esta nueva narrativa de la enfermedad y su impacto en los jóvenes es dialéctica. La narrativa no solo enmarca la forma en que se espera que los niños experimenten los problemas cotidianos, sino que también actúa como una invitación a la enfermedad.

Al igual que el joven Carl sacaba provecho moral y práctico de su enfermedad, en ciertas subculturas actuales, tener un diagnóstico de salud mental conlleva ventajas percibidas. En Tumblr, hay comunidades de personas que se han diagnosticado a sí mismas un trastorno de identidad disociativo. Muchos usuarios de Tumblr enumeran con orgullo sus condiciones de salud mental en sus perfiles, incluyendo la ansiedad, la depresión, el trastorno límite de la personalidad y el TEPT. La autora Angela Nagle ha bautizado este fenómeno de Tumblr como “el culto al sufrimiento, la debilidad y la vulnerabilidad”[ii].

La tendencia al autodiagnóstico en Tumblr refleja las corrientes de la cultura en general, ya que el número de trastornos mentales ha proliferado. A finales de los años 70, el primer Manual de Diagnóstico y Estadística contenía unas dos docenas de categorías de diagnóstico. La revisión más reciente de este catálogo de enfermedades modernas incluye 265.

Un diagnóstico conlleva una sensación de absolución. No es nuestra culpa que tengamos ansiedad o depresión. Fuerzas que escapan a nuestro control han conspirado contra nosotros. El diagnóstico psiquiátrico tiene innumerables beneficios prácticos. Puede contextualizar y normalizar la angustia, reducir el estigma y señalar el camino hacia la intervención y el tratamiento. Sin embargo, cuando nuestro diagnóstico se convierte en una parte importante de lo que somos, se nos anima a abdicar de la responsabilidad de nuestra situación. Estamos a la deriva en las turbulentas corrientes de la vida, sin culpa, pero también sin capacidad de acción. Esto fomenta una sensación de impotencia que, a su vez, puede conducir a un aumento de la ansiedad.

Un artículo del The New York Times de octubre de 2017 titulado “Why Are More American Teenagers Than Ever Suffering From Extreme Anxiety?” (¿Por qué hay más adolescentes estadounidenses que nunca que sufren de ansiedad extrema?) analizaba la creciente ola de ansiedad de los adolescentes en Estados Unidos. El aumento de las presiones académicas, la llegada de los teléfonos inteligentes y el uso omnipresente de las redes sociales se exploraron como posibles contribuyentes al aumento de la ansiedad de los adolescentes, pero el artículo implicó también otro factor: las culturas escolares que permiten a los jóvenes evitar aquellas cosas que los hacen sentir incómodos. Los planes educativos especiales 504 abordan las ansiedades de los estudiantes permitiéndoles salir de clase antes de tiempo, utilizar entradas especiales y buscar espacios seguros cuando se sienten abrumados. A un terapeuta entrevistado para el artículo del Times le preocupa que este tipo de adaptaciones “basadas en la evitación” solo empeoren la ansiedad al enviar el mensaje a los niños de que son demasiado frágiles para manejar cosas que les incomodan.

Esencialmente, estas adaptaciones a la ansiedad cultivan un locus de control externo, enseñando a los jóvenes que no son capaces de manejar los desafíos, y animándolos a creer que el mundo que les rodea debe ser alterado para satisfacer sus necesidades. Esto hace que la gente espere que la vida se ajuste a sus expectativas y se sienta aplastada o indignada cuando no es así. Fomenta la fragilidad, ya que los jóvenes esperan impotentes que se actúe sobre ellos.

El artículo del Times presenta el perfil de un instituto de Nueva Jersey que ha desarrollado un programa dedicado a satisfacer las necesidades de los estudiantes ansiosos. Relata un encuentro entre Paul Critelli, uno de los profesores del programa, y un estudiante retraído y ansioso que decía no tener nada que hacer.

Critelli le miró incrédulo. “Tío, estás suspendiendo física”, dijo Critelli. “¿Cómo que no tienes nada que hacer?”.

“No hay nada que pueda hacer: voy a suspender”, murmuró el estudiante.

El alumno de Critelli muestra un locus de control externo extremo. Se ha hundido totalmente en el victimismo, hasta el punto de que no es capaz de imaginar una forma de abogar por sí mismo o de influir en el resultado de su calificación.

Si la ansiedad es nuestra principal enfermedad, la evitación es su enfermera mimosa, siempre dispuesta a asegurarnos que no tenemos que arriesgarnos a enfrentarnos a lo que nos incomoda. Cuando hacemos caso a nuestro miedo, nos mantenemos a salvo, pero también nos quedamos fuera de la vida. Jung nunca olvidó los peligros de la evasión. Unos 25 años después de su período de rechazo escolar, Jung escribió lo siguiente:

La vida nos llama a la independencia, y quien no atiende esta llamada por pereza o timidez infantil se ve amenazado por la neurosis. Y una vez que ésta ha estallado, se convierte en una razón cada vez más válida para huir de la vida y permanecer para siempre en la atmósfera moralmente venenosa de la infancia.[iii]

He visto los adultos en los que se convierten los adolescentes que se retiran de la arena de la vida. En mi consulta, hablan de vidas no vividas y de sufrimiento no redimido. No es solo que el mundo se pierda sus talentos y su capacidad productiva. (Aunque no es una pérdida pequeña: imagina que Carl, de 12 años, no hubiera escuchado la conversación de su padre aquel día). Es que la historia que vinieron a contar al mundo no se cuenta.

El artículo del The Times describía a una atractiva adolescente que, al igual que Jung, luchaba contra la evasión escolar. Sin embargo, a diferencia de Jung, esta adolescente acabó abandonando los estudios tras no poder superar su ansiedad. Según el The Times, pasa la mayor parte de sus días en casa sola enviando mensajes de texto a sus amigos, aliviada de no tener que volver a pisar un instituto. La cuestión aquí no es solo que los niños no puedan ir a clase. Lo que está en juego es más importante, y tiene que ver con una vida con sentido y propósito que va camino de perderse.

Jung señaló que “una neurosis es siempre un sustituto del sufrimiento legítimo”[iv] Sus desmayos de la infancia sirvieron como sustituto del sufrimiento muy legítimo de encontrar su camino hacia la adolescencia y enfrentarse a su destino como hijo de un clérigo pobre que necesitaría establecer una profesión y ganarse la vida. La palabra “sufrir” viene de una palabra latina que significa soportar, llevar o aguantar. Cuando sufrimos nuestro destino en lugar de evitarlo, nos convertimos en actores de nuestro propio drama. El sufrimiento se convierte en parte de nuestra historia personal, con la que debemos luchar. En palabras de Rilke, es una “mano dura que nos amasa”, que nos cambia y nos deja “orgullosos y fortalecidos”, incluso en la derrota. En cambio, cuando externalizamos y medicalizamos nuestro dolor, corremos el riesgo de convertirnos en su desventurada víctima.

Miles de años antes de que nadie hablara de un “locus de control interno”, los poetas y bardos de épocas anteriores conocían la importancia decisiva de caminar hacia el propio destino. Aquel que lo hacía era conocido como el héroe. Quien se enfrenta diariamente a la incertidumbre y al miedo, por muy mundano que sea el gesto, es heroico en el sentido psicológico. “Cada uno de nosotros tiene una cita con nosotros mismos, aunque la mayoría nunca se presenta a ella”, escribe el analista junguiano James Hollis. “Presentarse y enfrentarse a lo que sea que haya que afrontar en los abismos del miedo y la duda, esa es la tarea del héroe”[v].

En contraste con los adolescentes evasivos que se describen en The Times, consideremos las palabras de Marco Aurelio. Durante una campaña militar contra los invasores bárbaros, el emperador y filósofo estoico escribió las siguientes líneas para sí mismo hace casi dos mil años:

Al amanecer, cuando de mala gana y perezosamente despiertes, acuda puntualmente a ti este pensamiento: «Despierto para cumplir una tarea propia de hombre». ¿Voy pues a seguir disgustado, si me encamino a hacer aquella tarea que justifica mi existencia y para la cual he sido traído al mundo? ¿O es que se sido formado para calentarme, reclinado entre pequeños cobertores? [vi]

Crear una sociedad en la que se nos anime a enfrentarnos a la ansiedad y a las realidades difíciles es importante no solo para la salud mental de los individuos, sino también para nuestro bienestar colectivo. En el mundo que pronto nos espera, la humanidad necesitará desesperadamente a aquellos individuos dispuestos a levantarse de sus camas. Los retos que se avecinan exigirán que dejemos de lado la timidez, la debilidad y el victimismo y que reclamemos, en cambio, la capacidad de acción y la audacia, por muy sombrías que sean las probabilidades.

[i] Jung, C. G., & Jaffe, A. (1989). Memories, dreams, reflections. New York: Vintage Books, pp. 30–32. (La traducción es de Aniela jaffé en Recuerdos, sueños, pensamientos. Seix Barrall, 2001.

[ii] Nagle, Angela. Kill all normies: online culture wars from 4chan and Tumblr to Trump and the alt-Right. Zero Books, 2017, p. 73.

[iii] Jung, C. G. (1970). Symbols of transformation: an analysis of the prelude to a case of schizophrenia. 2nd ed. transl. by R.F.C. hull. Princeton, NJ: Princeton University Press, para. 461.

[iv] Jung, C. G. (1973). Psychology and religion: west and east. Princeton, NJ: Princeton University Press, para. 129.

[v] Hollis, J. (2004). Mythologems: incarnations of the invisible world. Toronto: Inner City Books, p. 62.

[vi] Antoninus, M. A., & Staniforth, M. (1986). Meditations. Harmondsworth, Middlesex: Penguin Books, p. 77. (La traducción es de Ramón Bach Pellicer en Meditaciones. Gredos)

Fuente: Quillette

Traducciones sobre los asuntos de los hombres, la izquierda liberal, las políticas de identidad y la moral. #i2 @Carnaina

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