¿Llevará la disminución de la monogamia a un aumento de la violencia?

Jerry Barnett

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La invención de la desigualdad de género

Desde que se “inventó” el sexo por primera vez hace poco más de mil millones de años, ha sido fuente de un sinfín de problemas. Sin duda, ha sido enormemente beneficioso para sus practicantes. Si no hubiera sido así, no existiría la variedad tan amplia de especies sexuales hoy en día. Probablemente parecía una gran idea en su momento (o lo habría sido, si existiesen las ideas en ese entonces). Se trataba de un mecanismo que aumentaría enormemente la diversidad dentro de las especies, así como la velocidad a la que éstas podrían evolucionar. Fue una revolución que sentaría las bases de otra revolución, unos pocos cientos de millones de años después, la explosión cámbrica durante la cual aparecieron de repente criaturas complejas y multicelulares: nuestros antepasados.

La reproducción sexual requiere que dos criaturas, una de cada sexo, cooperen en la combinación de sus células reproductivas — gametos — para crear una descendencia nueva y completamente única. Los sexos podrían ser etiquetados arbitrariamente como A y B. Como con muchas revoluciones, el período inmediatamente posterior habría sido igualitario. Para empezar, los sexos no habrían sido muy diferentes entre sí. Probablemente todo iba bien, hasta que uno de los sexos — digamos, “A” — accidentalmente hizo trampa.

Los gametos contienen dos ingredientes esenciales: los genes y la nutrición. Los genes codifican para la creación del nuevo individuo (la mitad se seleccionan al azar de cada uno de los padres) y se necesita nutrición para mantener vivo al bebé durante sus primeras y difíciles etapas de desarrollo. En algún momento, “A” mutó para producir gametos que eran más pequeños y menos generosos en la provisión de nutrición. Como resultado, los gametos “B” se vieron forzados a hacerse más grandes, para compensar. Se desarrolló un circuito de retroalimentación, con los “As” compitiendo entre sí para volverse cada vez más egoístas, mientras que los “Bes” tuvieron que invertir cada vez más en la reproducción. Se había inventado la desigualdad de género: los “As” se habían vuelto perezosos y oportunistas (lo que significa que básicamente se tirarían a cualquier cosa), mientras que los “Bes” se habían visto forzados a soportar la mayor parte del esfuerzo reproductivo.

Nos referimos al sexo de baja inversión como masculino y al de alta inversión como femenino. En otras palabras, el sexo femenino tiene más valor que el masculino; o para decirlo de otra manera: los hombres valoran más el sexo que las mujeres. Esta antigua división es la base de las diferencias entre los comportamientos masculinos y femeninos, y define la guerra de los sexos en todas las especies sexuales, incluidos la humana. Los hombres pueden, teóricamente al menos, tener muchos miles de hijos cada uno; las mujeres, a lo sumo unas pocas docenas. Este marcado desequilibrio conduce a lo que posiblemente sea el hecho más incómodo de la humanidad: como ha señalado el artista de la grima británico y filósofo del género Skepta, hay Demasiados Hombres.

Demasiados hombres: el comercio sexual

Puede que los machos hayan “ganado” al optar por no participar en el duro trabajo de la reproducción, pero esto les dio a las hembras el control de la primera y mayor industria del mundo, el comercio sexual. Si las hembras tienen que cargar con el costo del apareamiento, entonces son naturalmente más selectivas que los machos en lo que atañe a con quién se aparean. La selección de “buenos genes” es de suma importancia para las hembras en particular.

En un sinnúmero de especies, incluyendo a los humanos, esto condujo al aumento del comercio sexual: si los hombres quisieran aparearse, tendrían que pagar por ese privilegio de alguna manera. El comercio sexual adopta muchas formas. En su forma más brutal (en algunas arañas e insectos), involucra al macho ofreciéndose a sí mismo como un bocado poscoital. Los machos en tales especies son habitualmente más pequeños y débiles que las hembras, ya que la fuerza les serviría de poco. En muchas otras especies, se espera que los machos proporcionen un “regalo nupcial” antes del apareamiento: el típico trozo de comida, o un obsequio como puede ser una piedra. Esto nos da una definición alternativa (y más controvertida) de los roles de género: en términos de comercio sexual, los hombres son habitualmente compradores, y las mujeres son en general vendedoras.

El gran escritor científico y antropólogo Jared Diamond escribió un ensayo titulado “¿Para qué sirven los hombres?”, que se publica en su libro ¿Por qué es divertido el sexo? Se trata de explorar por qué, casi universalmente en las sociedades precivilizadas, el duro y peligroso trabajo de la caza recae en los hombres y no en las mujeres. Después de rechazar varias conjeturas e hipótesis, revela la respuesta probable: los hombres cazan porque las mujeres aceptan carne a cambio de sexo. Los hombres, incluso cuando tienen hambre, intercambian alimentos por sexo; las mujeres dan prioridad a la alimentación por encima de la cópula. Cada elección tiene sentido desde una perspectiva evolucionista: comer es la opción sensata cuando el alimento es escaso (como pasaba casi siempre para nuestros antepasados). Pero para los hombres (como los pobres machos de las arañas), la supervivencia personal es menos importante, por el momento, que la oportunidad de reproducirse. Así que un hombre en posesión de un sabroso bocado es probable que se lo ofrezca a una mujer. Es poco probable que una mujer haga lo mismo. El comercio sexual está codificado en nuestros genes y en nuestras hormonas.

El comercio de carne por sexo parece haber sido vital en la reciente evolución humana. Los humanos no son cazadores naturales, como lo demuestra nuestra relativa falta de fuerza, velocidad, dientes afilados o garras; la carne no formaba parte regular de nuestra antigua dieta. Uno de nuestros primeros usos de las herramientas fue la adopción de piedras para romper huesos con el fin de extraer la médula ósea y el cerebro de los cadáveres que habían sido dejados por los depredadores. En algún momento, desarrollamos la habilidad de lanzar piedras con fuerza y precisión (algo en lo que los hombres son significativamente más hábiles que las mujeres), lo que habría sido útil para atrapar presas pequeñas. Una vez que las mujeres tuvieran gusto por la carne fresca, a los mejores lanzadores se les habría ofrecido la mayor cantidad de oportunidades de apareamiento. A su vez, los hombres evolucionaron e inventaron mejores habilidades, herramientas y técnicas de caza en competencia entre sí, y se desarrolló una carrera armamentista evolutiva. La excelencia en la caza requería no solo capacidad de lanzamiento, sino también inventiva, cooperación y desarrollo de estrategias. Hace unos 50.000 años, los seres humanos dieron un Gran Salto Adelante en la cognición, y la humanidad moderna nació, probablemente impulsada, en gran parte, por el comercio de sexo por carne.

Si las mujeres seleccionan a los ganadores en el juego de la seducción, entonces es importante considerar a los perdedores. Por cada gran cazador, había inevitablemente varios hombres que no alcanzaban la calificación y nunca llegaron a reproducirse. Desde una perspectiva reproductiva, se podría dividir la sociedad en tres grandes “clases”: mujeres, hombres ganadores y hombres perdedores. La proporción de hombres ganadores y perdedores ha variado mucho de una época a otra. Un estudio reciente basado en el ADN descubrió que hace 8.000 años (después de la revolución neolítica en la agricultura), las mujeres tenían 17 veces más éxito que los hombres en el apareamiento (o en otras palabras, por cada hombre que se apareara, al menos 16 no lo hacían). Es interesante que un estudio sobre usuarios de Tinder descubrió que los hombres tienen que esperar 17,5 veces más que las mujeres para obtener el mismo nivel de respuesta. Estas proporciones tienen una enorme influencia en la forma de la sociedad, y en dos aspectos en particular: la cantidad de violencia intramasculina y el nivel de violencia sexual.

La cuestión de la violación

En mi libro Porn Panic! dedico un capítulo a examinar la relación entre la pornografía y la violencia sexual. Existe un gran abismo entre el sentimiento popular de que el porno debe ser problemático de alguna manera, y la evidencia real, que sugiere que el porno parece ser beneficioso en gran medida. Estudio tras estudio, se encuentran correlaciones entre el aumento del consumo de pornografía y la disminución de la violencia sexual, y estas correlaciones son muy marcadas. En un conocido artículo de 2006, “Porn Up, Rape Down”, Anthony D’Amato revela que en los últimos 25 años, la incidencia de la violación ha disminuido en un asombroso 85% en los Estados Unidos. En otro documento de 2006, Todd D. Kendal profundizó en amplias estadísticas y descubrió que el aumento del uso de Internet en la década anterior se había correlacionado con la disminución de las violaciones, pero (y esto es crucial) no lo hizo con la disminución de otros delitos. Descubrió que los estados de los EEUU con un alto nivel de aprobación experimentaron una mayor disminución de la violencia sexual que los estados con un bajo nivel de aprobación, y que la mayor parte de la disminución se dio entre “hombres de entre 15 y 19 años de edad, que suelen vivir con sus padres”. Sus datos sugieren que “la pornografía y la violación son sustitutos”. Kendal, como D’Amato, llegó a la conclusión de que el uso masturbatorio de la pornografía estaba haciendo que los hombres jóvenes fueran menos propensos a cometer agresiones sexuales.

Quizás nadie debería sorprenderse mucho con este este descubrimiento, pero choca con un axioma de la ideología feminista que ha sido aceptado en la corriente liberal dominante: que “la violación no tiene que ver con el sexo, sino con la imposición del poder masculino” o incluso que “el sexo sin consentimiento no es sexo”. En otras palabras, las feministas creen que los hombres violan no por satisfacción sexual, sino por un deseo misógino de lastimar a las mujeres. Esta idea es socavada por una gran cantidad de pruebas. La mayor parte de la violencia masculina no sexual se dirige a otros hombres, no a las mujeres. Según el razonamiento feminista (en el que la mayor parte de la violencia desciende de la odiosa “masculinidad tóxica”), esto seguramente demuestra que los hombres se odian entre sí más de lo que odian a las mujeres. Además, cuando los hombres homosexuales cometen una violación, violan a otros hombres, no a mujeres; de la misma manera, la violación de lesbianas es cometida por mujeres contra mujeres. Lo más importante de todo es que el sexo forzado no es exclusivo de la humanidad, sino que es omnipresente en todo el reino animal y está más extendido en otras especies que en los seres humanos, lo que sugiere que la violencia sexual es una resaca fea de nuestras raíces primitivas y no una innovación reciente del “patriarcado”. Dos especies que son particularmente admiradas por los humanos muestran altas tasas de sexo forzado: delfines y orangutanes (los estudios sugieren que la mitad de los embarazos de orangutanes son el resultado del sexo forzado).

Todo esto está respaldado por el descubrimiento de que las sociedades tradicionalmente polígamas (aquellas con una alta proporción de hombres perdedores y ganadores) tienden a ser más violentas que las monógamas. Esto lleva a sugerir, más recientemente por el polémico psicólogo Jordan Peterson, que la monogamia es un ideal que debe ser fomentado, porque resulta en sociedades más estables, seguras y felices.

Ascenso y caída de la monogamia

Aunque la poligamia tradicional se presenta a menudo como el ejercicio del poder masculino, esto no es exacto. La poligamia es el resultado de la elección femenina. En las sociedades precivilizadas, sin la presión social para conectar con los hombres solos, las mujeres seleccionaban a la mejor pareja disponible, independientemente de si ya tenía otras parejas o no. Esto dio lugar a los desequilibrios mencionados anteriormente y a la creación de un rígido sistema de clases que dividió a los hombres en una minoría que se reproducía y una mayoría de perdedores. Este sistema atiende sobre todo a las necesidades de las mujeres y de la minoría masculina ganadora. También sirve a la comunidad en general, seleccionando los mejores genes masculinos de cada generación y acelerando así la evolución humana.

Lo que comenzó como un sistema injusto lo fue aún más después de la invención de la agricultura en Oriente Medio hace 11.000 años. Esto llevó a la invención de la propiedad privada y la herencia, y a la creciente acumulación de riqueza — y de parejas — por parte de una élite masculina. Como hemos visto, hace 8.000 años, una pequeña minoría de hombres se reproducía. Esta sociedad se habría caracterizado por un descontento creciente entre la mayoría masculina, que requería medidas draconianas de control, incluyendo la esclavitud, la castración generalizada, la guerra constante y las leyes religiosas que declaraban a las mujeres como propiedad efectiva de sus maridos (con brutales castigos para los transgresores).

La monogamia surgió como un movimiento que se extendió, junto con la civilización occidental, desde Oriente Medio hasta el sur de Europa. Cuando Roma adoptó el cristianismo, la monogamia se convirtió en la política oficial del imperio, y se extendió cada vez más, en una oleada tras otra de imperios cristianos.

El statu quo monógamo nunca fue absoluto, pero ha dominado a las sociedades cristianas, judías y otras durante siglos. La globalización europea difundió el sistema por todo el mundo, y está ganando rápidamente popularidad en el África subsahariana, que tradicionalmente ha sido muy polígama. Para los hombres jóvenes, el sexo ocasional era difícil de conseguir. La prostitución era generalizada, y probablemente más aceptable de lo que es hoy en día, pero los precios eran más altos, lo que reflejaba los riesgos y el estigma que implicaba para las mujeres. Y siendo muy jóvenes, los hombres ardientes pusieron anillos en los dedos de las mujeres jóvenes y se casaron tan rápido como podían.

En el siglo XX, una serie de conmociones sociales y tecnológicas rompieron este statu quo. En particular, la aparición de la píldora y el aborto legal llevaron a una revolución sexual y social en curso en la que las mujeres se rebelaron contra la moralidad mojigata. Las mujeres liberadas, a su vez, ofrecían sexo con más libertad que nunca, y los hombres encontraban que el sexo era más fácil de conseguir, por lo que se encontraban bajo menos presión para proponer el matrimonio. A partir de la década de 1960, la monogamia entró en declive en el mundo occidental. En 2011, apareció la Marcha de las Putas, que se opone a la estigmatización de la promiscuidad femenina y reivindica la palabra con “P” como símbolo de orgullo. El precio del sexo comercial es un indicador útil de la disponibilidad general del sexo. The Economist sugiere que el precio del sexo ha caído más de la mitad en términos reales durante el último siglo, a medida que el sexo libre se ha vuelto más ampliamente disponible. En términos de libertad individual, esta es una buena noticia, pero para aquellas personas de cualquier sexo que buscan estabilidad conyugal, no es tan buena.

Como defensor de la libertad sexual, soy consciente de una paradoja. La libertad sexual significa derribar la tiranía igualitaria de la monogamia y el riesgo de volver a un sistema que divide a los hombres en ganadores y perdedores. De hecho, esto parece haber sido un resultado del declive de la monogamia, como lo ilustra el aumento de las comunidades de hombres “incel” (involuntariamente célibes) en línea, lamentando su estatus de clase baja en la sociedad. Aunque estos grupos contienen muchos miembros que están en el espectro autista, son enfermos mentales, discapacitados o simplemente pobres, tienden a ser despreciados e intimidados como “perdedores” y “misóginos” por la corriente liberal dominante. Al igual que en tiempos pasados, hay poca simpatía por los machos perdedores en el implacable juego de la seducción. Los “incels” son descartados como misóginos y proveedores de la “masculinidad tóxica”. Como tantas veces en estos días, una vez que la izquierda ha etiquetado a un grupo de personas como “problemáticas”, puede simplemente ignorar todo lo que dicen. Los índices de suicidio y encarcelamiento de los hombres son ignorados, o se culpa a los propios hombres. Cuando se descubre que el 24% de las víctimas de los tiroteos de la policía estadounidense son negras (en comparación con el 12% de la población general), se trata de una prueba de racismo sistémico. Pero el 95% de las víctimas son hombres, y esta brecha de género no llama la atención.

Hay una subclase que no le gusta a nadie, y probablemente está en crecimiento. No son los hombres, sino esa proporción de hombres que se encuentran sin amor, sin pareja y sin hijos.

¿Y ahora qué?

Antes de entrar en pánico y estar de acuerdo con Jordan Peterson en que debemos regresar a algún estado de monogamia forzada culturalmente, debemos dar un paso atrás y señalar que, según la mayoría de los parámetros, las cosas no se están desmoronando. Como se señaló anteriormente, a pesar de la disminución occidental de la monogamia en el último medio siglo, ha habido una disminución mucho más pronunciada de la violencia sexual, en lugar de un correspondiente aumento. Sin embargo, este descenso parece haberse estabilizado, y ha habido algunos signos recientes de un aumento de la violencia sexual y de otro tipo, aunque es demasiado pronto para decir si se trata de una inversión de la tendencia o simplemente de una irregularidad.

La aplicación cultural de la monogamia no es generalmente “agradable”. Dado que se basa en cambiar el comportamiento de las mujeres más que en el de los hombres, es necesario volver a un cierto nivel de avergonzamiento de las putas, o al menos poner a las mujeres castas en un pedestal como ejemplo para todos los demás. Se han intentado cosas así: por ejemplo, programas estadounidenses de virginidad y compromiso como el Silver Ring Thing. Pero tales programas se basan en hacer que la gente se comprometa a no hacer lo que es más natural. Intentan reprimir los comportamientos sexuales mediante la culpabilidad y la presión de iguales. Esto no es saludable, y tiene un tono claramente fascista.

Solo porque la monogamia tenga un historial claro de reducción de la violencia sexual en el pasado, esto no significa que ahora sea la respuesta correcta. Sabemos, por ejemplo, que el encarcelamiento en masa en Estados Unidos ha reducido la violencia. Pero hay formas mejores y más humanas de reducir la violencia.

Si los jóvenes aburridos y sexualmente frustrados son una fuente de violencia, ya conocemos algunos remedios, dos de los cuales han sido tratados anteriormente. El acceso libre y fácil a la pornografía ha demostrado ser beneficioso. La caída del precio del sexo comercial también es una buena noticia: tanto porque refleja la disminución del estigma contra las mujeres promiscuas, como porque proporciona una liberación para los hombres, especialmente para aquellos que podrían no tener otras opciones. El aumento de la migración reduce aún más el costo del sexo (las trabajadoras sexuales británicas se encontraban entre las trabajadoras poco cualificadas que vieron cómo sus ingresos se detenían o disminuían cuando los países de Europa Oriental se adhirieron a la Unión Europea). Y luego, podemos tener en cuenta las nuevas tecnologías como los robots sexuales, actualmente disponibles por un par de miles de dólares, y que inevitablemente mejorarán y serán más baratos. Los “burdeles” de muñecas sexuales también están comenzando a abrirse, lo que reduce el costo de acceso. Los pasatiempos no sexuales como el juego también ofrecen un envolvente escape de un mundo duro, y no es una coincidencia que el juego esté dominado por los hombres, y que haya una superposición entre las comunidades gamer e incel.

Si la perspectiva tecnológica es positiva, la perspectiva política no lo es tanto. Alrededor de finales de este año, el gobierno británico está planeando bloquear muchos (posiblemente millones) de sitios pornográficos que no cumplen con las estrictas regulaciones. Este será el primer régimen de censura de servicio pesado en Internet en un país democrático, y ciertamente no el último. Si la pornografía gratuita redujera los índices de violencia sexual, ¿bloquear la pornografía podría revertir esto? Lo sugerí en 2016, en una presentación a Ofcom (el regulador estatal de medios de comunicación del Reino Unido):

En pocas palabras: la propia investigación del gobierno sugiere que restringir la imaginería sexual a los adolescentes puede resultar en un aumento de la violencia sexual entre ese grupo de edad. Pedimos al gobierno que abandone estos planes hasta que se presenten pruebas sólidas de que no aumentarán el daño.

El panorama de la prostitución legal también es sombrío. Las leyes FOSTA/SESTA que se aprobaron este año en los Estados Unidos condujeron a una represión de los servicios de publicidad de acompañantes en línea y a un aumento casi inmediato de la prostitución callejera. A diferencia de los Estados Unidos, la prostitución es legal en el Reino Unido; sin embargo, los legisladores británicos también piden que se prohíba la publicidad en línea, y se está llevando a cabo un estudio. En otros lugares de Europa, el conservadurismo sexual ha vuelto a estar de moda, con Suecia, Francia e Irlanda del Norte adoptando un nuevo modelo feminista prohibicionista, en el que se criminaliza a los clientes en lugar de a las trabajadoras sexuales.

Los cambios políticos hacia el autoritarismo, el nacionalismo y el conservadurismo significan que es probable que en los próximos años se restrinjan las salidas para los jóvenes solos. Esta es una de las razones por las que hago campaña a favor de la libertad sexual y la libertad de expresión. Parece que hemos olvidado la vieja lección de que la libertad es algo más que un lujo liberal.

Jerry Barnett es defensor de la libertad de expresión y dela libertad sexual. Es autor de Porn Panic! que documenta el papel de las políticas de identidad, y especialmente del feminismo, por su impulso hacia la censura y el autoritarismo.

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Traducciones sobre los asuntos de los hombres, la izquierda liberal, las políticas de identidad y la moral. #i2 @Carnaina

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