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¿Es la señalización de la virtud una perversión de la moral?

Neil Levy

La gente se implica constantemente en charlas sobre moralidad. Cuando hacen afirmaciones morales en público, una respuesta común es descartarlas por hacer señalización de la virtud (virtue signalling). Twitter está lleno de estas acusaciones: la actriz Jameela Jamil es una “tonta patética que hace señalización de la virtud”, según el periodista Piers Morgan; los activistas climáticos son señalizadores de la virtud, según el conservador Instituto de Investigación de Políticas de Manhattan; el vegetarianismo es una señalización de la virtud, según el autor Bjorn Lomborg (como ilustran estos ejemplos, la acusación parece más común desde la derecha que desde la izquierda).

Acusar a alguien de hacer señalización de la virtud es acusarlo de una especie de hipocresía. La persona acusada afirma estar profundamente preocupada por algún asunto moral, pero su principal preocupación es, según ese argumento, la que tienen consigo mismos. No están realmente preocupados por cambiar las mentalidades, y mucho menos por cambiar el mundo, sino por mostrarse a sí mismos de la mejor manera posible. Como dice el periodista James Bartholomew (que en 2015 afirmó haber inventado la frase, pero no lo hizo) en The Spectator, la señalización de la virtud está impulsada por la “vanidad y el autoengrandecimiento”, no por la preocupación por los demás.

Aquí, sin embargo, quiero considerar un tema diferente. Los filósofos Justin Tosi y Brandon Warmke acusan — en el único abordaje completo del tema en la literatura académica (que yo sepa) — al “‘postureta’ moral”, (moral grandstander, su término para el señalizador de virtudes) de pervertir la función del discurso moral público. Según ellos, “la función principal y fundamental que justifica la práctica” del discurso moral público es “mejorar las creencias morales de la gente o estimular la mejora moral en el mundo”. El discurso moral público tiene como objetivo que los demás vean un problema moral que no habían notado antes, y/o hacer algo al respecto. Pero, en cambio, los señalizadores de virtudes se exhiben, quitando el foco del problema moral. Como a menudo vemos la señalización de la virtud como lo que es, el efecto resultante es que causa cinismo en la audiencia, en lugar de inducirlos a pensar que el señalizador es grandioso. Como resultado, la virtud que señala “abarata” el discurso moral.

Pero Tosi y Warmke no ofrecen ninguna prueba de su afirmación de que la función principal, o la que justifica el discurso moral, es la mejora de las creencias de otras personas o del mundo. Esa es ciertamente una función del discurso moral, pero no es la única (como ellos reconocen).

Tal vez, de hecho, la señalización de la virtud, o algo parecido, es una función básica del discurso moral.

La señalización es muy común en la naturaleza. La cola del pavo real, por ejemplo, es una señal de aptitud evolutiva. Es lo que los biólogos llaman una señal honesta, porque es difícil de falsificar. Se necesitan muchos recursos para construir una cola como esa, y cuanto mejor sea la señal, cuanto más grande y brillante sea la cola, más recursos deben haberse dedicado a ella. El stotting, un comportamiento visto en algunos animales, que implica saltar directamente en el aire, con todas las patas rígidas, es probablemente también una señal honesta de aptitud. La gacela que hace stotting de manera vigorosa demuestra a los depredadores potenciales que va a ser difícil atraparla, lo que podría llevar a los depredadores a buscar presas más fáciles. Los humanos también se dedican a hacer señales: llevar un traje caro y un reloj Rolex es una señal de riqueza difícil de falsificar y podría ayudar a comunicar que eres un socio comercial adecuado o una pareja deseable.

En la ciencia cognitiva de la religión, es común identificar dos tipos de señales. Hay señales costosas (costly signals) y exhibiciones que aumentan la credibilidad (credibility-enhancing displays). La cola del pavo real es una señal costosa: se necesita mucha energía para construirla y arrastrarla, y se interpone en el camino cuando se huye de los depredadores. Las exhibiciones que aumentan la credibilidad son comportamientos que serían costosos si no fueran honestos: por ejemplo, el animal que ignora a un intruso cercano no sólo comunica a los miembros del grupo su creencia de que el intruso no es peligroso, sino que lo hace de una manera que certifica la sinceridad de la comunicación porque, si el intruso fuera peligroso, el propio animal que hace la señalización estaría en peligro.

Muchos comportamientos religiosos pueden entenderse como señales costosas y exhibiciones que aumentan la credibilidad. Las religiones imponen muchos comportamientos costosos: ayuno, diezmo, abstinencia sexual excepto en ciertos contextos, etc. Todos estos comportamientos son costosos no sólo en términos cotidianos, sino también en términos evolucionados: reducen las oportunidades de reproducción, los recursos para la descendencia, etc. Las actividades religiosas también son demostraciones de creencias religiosas que aumentan la credibilidad: nadie pagaría estos costos a menos que realmente creyera que hay un beneficio.

¿Por qué, desde un punto de vista evolucionista, alguien señalaría el compromiso religioso? Una explicación probable es que la función es asegurar los beneficios de la cooperación. La cooperación con otros suele ser una actividad arriesgada: existe la constante posibilidad de que la otra persona se aproveche o haga trampas, y se lleve los beneficios sin pagar los costos. Cuanto más complejo sea el grupo social y más fácil sea moverse entre los grupos, mayores serán los riesgos: mientras que en los grupos pequeños podemos saber quién es honesto y confiable, en un grupo grande o al interactuar con extraños, no podemos confiar en la reputación.

La señalización ayuda a superar el problema. La persona religiosa señala su compromiso con un código, al menos de cooperar con el grupo. Señala su virtud. Su señal es, en general, una señal honesta. Es difícil de falsificar, y los grupos religiosos pueden seguir la pista de la reputación de sus miembros si no de todos los demás, ya que el grupo es mucho más pequeño. Este tipo de explicación se ha invocado para explicar la prominencia de los empresarios cuáqueros en los primeros años de la revolución industrial. Estos cuáqueros confiaban unos en otros, en parte porque la participación en la Sociedad de Amigos era una señal honesta de la voluntad de cumplir con ciertos códigos de ética.

Las señales religiosas ya son señales morales en sí mismas. No es sorprendente que, a medida que las sociedades se secularizan, las demandas morales más seculares lleguen a jugar el mismo papel. La señalización de la virtud se supone que es una señalización para el grupo: muestra que somos, para sus luces, “respetables” (en palabras de Tosi y Warmke). No es una perversión de la función de la moral; es el discurso moral interpretando uno de sus papeles centrales.

Si tal señalización de virtud es una función central — y justificante — del discurso moral público, entonces la afirmación de que pervierte este discurso es falsa. ¿Qué pasa con la afirmación sobre su hipocresía?

La acusación de que la señalización de la virtud es hipócrita podría tomarse de dos maneras distintas. Podríamos decir que los señalizadores de virtudes están realmente preocupados por mostrarse de la mejor manera — y no con el cambio climático, el bienestar de los animales o lo que sea — . Es decir, podríamos cuestionar sus motivos. En su reciente trabajo, los académicos de administración Jillian Jordan y David Rand preguntaron si la gente haría una señalización de la virtud cuando nadie estuviera mirando. Comprobaron que las respuestas de sus participantes eran sensibles a las oportunidades de hacer señalizaciones: después de cometerse una violación moral, el grado de indignación moral denunciado se reducía cuando los participantes tenían mejores oportunidades de hacer señalizaciones de la virtud. Pero todo el experimento era anónimo, por lo que nadie podía relacionar la indignación moral con individuos específicos. Esto sugiere que, aunque la señalización de la virtud es parte (pero sólo parte) de la explicación de por qué sentimos ciertas emociones, no obstante las sentimos genuinamente, y no las expresamos sólo porque estamos señalizando la virtud.

La segunda forma de retirar la acusación de hipocresía es la idea de que los señalizadores de la virtud podrían carecer de la virtud que tratan de mostrar. La señalización deshonesta también está muy extendida en la evolución. Por ejemplo, algunos animales imitan la señal honesta que otros dan de ser tóxicos o venenosos — moscas voladoras que imitan a las avispas, por ejemplo — . Es probable que algunos señalizadores de la virtud humanos también se dediquen a la mímica deshonesta. Pero la señalización deshonesta sólo vale la pena cuando hay suficientes señalizadores honestos para que tenga sentido tener en cuenta dichas señalizaciones. Si bien algunos señalizadores de la virtud pueden ser hipócritas, la mayoría probablemente no lo sean. Así que en general, la señalización de la virtud tiene su lugar en el discurso moral, y no deberíamos estar tan dispuestos a denigrarla.

Neil Levy es investigador principal del Centro Uehiro de Oxford para la Ética Práctica y profesor de filosofía en la Universidad Macquarie de Sydney. Es el autor de Consciousness and Moral Responsibility (Conciencia y responsabilidad moral)(2014). Vive en Sydney.

Fuente: Aeon

Traducciones sobre los asuntos de los hombres, la izquierda liberal, las políticas de identidad y la moral. #i2 @Carnaina

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