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¿Es la Justicia Social Crítica el mayor problema que hay en el mundo?

Helen Pluckorse

Siempre he estado en desacuerdo con la gente que compara los objetivos del activismo de la Justicia Social Crítica (JSC) con los de los regímenes comunistas. El año pasado, seguía creyendo que, a diferencia del comunismo, que tiene un claro objetivo final de apoderarse de los medios de producción para el proletariado, la JSC no puede convertirse en totalitaria porque es demasiado contradictoria, divisiva e irracional y con demasiada frecuencia funciona como un pelotón de fusilamiento circular, ya que sus defensores a menudo carecen de un objetivo común.

La Justicia Social Crítica tiene algunos fundamentos intelectuales en el neomarxismo “crítico”, pero se basa sobre todo en las nociones posmodernas de poder, conocimiento y lenguaje, que ven a la sociedad como construida de sistemas opresivos de poder y privilegio que legitiman algunas formas de conocimiento sobre otras, lo que luego crea formas de hablar de las cosas — discursos — que perpetúan las estructuras de poder opresivas. La mayoría de la gente, sostiene, desconoce alegremente esos discursos opresivos y necesita que los teóricos y activistas nos los revelen.

La JSC se manifiesta en la actualidad como teoría postcolonial y decolonial, Teoría Crítica de la Raza, teoría queer, feminismo interseccional, estudios sobre la discapacidad y la gordura o simplemente como investigación académica de la Justicia Social (Crítica). Aparece en el activismo como un impulso para descolonizar todo, ver la blanquitud y la fragilidad blanca en todas partes y escudriñar el lenguaje en busca de evidencia de transfobia, capacitismo y gordofobia. Coloquialmente se le llama “wokismo” para indicar una conciencia de las estructuras de poder opresivas de la supremacía blanca, el patriarcado, el imperialismo, la cisnormatividad, la gordofobia, etc., por las que la mayoría de nosotros caminamos dormidos.

A principios de 2019, predije que la JSC se dividiría en facciones cada vez más pequeñas y se autodestruiría. Todavía pensaba que era peligrosa y que necesitaba ser abordada con urgencia. Antes de que inevitablemente implosionara, temía que pudiera eliminar a muchas personas buenas, dañar muchas instituciones vitales, infligir heridas potencialmente mortales al liberalismo, el empirismo y el racionalismo y socavar o incluso invertir el progreso en cuestiones de raza, género y LGBT.

Sin embargo, en los últimos seis meses, ha quedado claro que la JSC puede volverse totalitaria. A partir de 2019, el faccionalismo dentro de la JSC ha sido gradualmente reemplazado por jerarquías. En primer lugar, las mujeres blancas dejaron de ser una prioridad: las lágrimas de las mujeres blancas y memes de Karen demostraron su caída de oprimidas a opresoras. Los gais blancos también cayeron en el sistema al no ser suficientemente “woke” y las lesbianas fueron automáticamente sospechosas de ser TERF (feministas radicales trans-excluyentes). Asiáticos, judíos e hispanos se convirtieron en “blancos adyacentes” porque un gran número de ellos no abrazaron la Teoría Crítica de la Raza. En los últimos seis meses, la idea de combatir la anti-negritud y la transfobia ha tomado protagonismo y, con ella, los objetivos totalitarios de revolucionar la sociedad aboliendo la policía, obligando a los blancos a confesar su inherente complicidad en la supremacía blanca y castigando y silenciando a cualquiera que no crea en las teorías queer y de género que hay detrás del activismo trans.

Ya debería estar claro que hay un problema serio y genuino que afecta al mundo real, no solo a la torre de marfil y a unos pocos activistas locos. Hay una amplia evidencia de que la Teoría Crítica de la Raza y el transactivismo se imponen en los lugares de trabajo, las universidades y las escuelas de la gente común. Cualquiera que siga afirmando que la izquierda de la Justicia Social se trata solo de unos pocos locos de la periferia debe ser deliberadamente ciego.

Sin embargo, cuando se trata de la política, la moral, ños valores y la cultura, los humanos parecemos anhelar la simplicidad. Queremos problemas que podamos comprender, soluciones directas, una causa que apoyar y un enemigo que combatir. Nunca ha estado esto más claro que desde las elecciones de los Estados Unidos.

Desafortunadamente, los problemas a los que nos enfrentamos ahora mismo — incluyendo las guerras culturales con sus diversas facciones y subfacciones enemigas a derecha e izquierda— son extremadamente complicados y navegar por ellos de forma responsable y matizada es un trabajo duro.

En este momento, muchas cosas parecen muy precarias y por lo tanto la gente se siente extremadamente vulnerable. Tenemos que equilibrar la necesidad de proteger a la gente del coronavirus con la protección de la economía para evitar que la gente pierda sus negocios, trabajos y hogares. Los cambios de poder globales están causando una gran incertidumbre sobre la estabilidad económica en Occidente. La necesidad de actuar sobre el cambio climático se ha vuelto urgente. Todos estos temas han sido intensamente politizados porque también estamos pasando por cambios culturales trascendentales. Hay una sensación de temor existencial: la democracia e incluso el futuro de Occidente parecen estar en juego.

En esos momentos, la gente generalmente no quiere pensar en las cosas de una manera responsable y matizada, mientras permanece abierta a una variedad de perspectivas diferentes. Eso se percibe como un lujo que solo puede permitirse en tiempos de seguridad. En tiempos de crisis, la gente quiere que se le presente un problema simple descompuesto en algún mal evidente que pueda combatir.

Los seres humanos también pueden ser bastante obstinados y tienden a concentrarse en un problema excluyendo todos los demás. Esto no es algo totalmente negativo. Necesitamos que las personas se especialicen y aporten sus conocimientos especializados a las situaciones. Sin embargo, interpretar la sociedad a través de una sola faceta de la misma puede hacer que la gente se quede ciega, atrapada en burbujas ideológicas y que sea catastrofista.

Yo misma me he centrado intensa y casi exclusivamente en la Justicia Social Crítica en los últimos años. Esto ha hecho que algunos me acusen de dirigir mal mis críticas a un elemento marginal de la izquierda y de descuidar el gran problema de la derecha populista, posverdadera. Sin embargo, cuando recientemente insté a los estadounidenses a que votaran por Biden, a pesar de la probabilidad de que su victoria envalentonara a los activistas de la Justicia Social Crítica, muchos consideraron que — a pesar de haber criticado a la JSC durante años — subestimé la amenaza. Esto no es cierto.

La Justicia Social Crítica no es el único o ni siquiera el mayor problema del mundo. Su número de víctimas es muy bajo en comparación con el Covid-19 y con el que probablemente resulte si no abordamos el cambio climático y la resistencia a los antibióticos. Tampoco la locura ideológica autoritaria de la Justicia Social deja un mayor riesgo que la de la derecha trumpista que niega la verdad y fomenta las conspiranoias. Los conservadores éticos deberían abordar ese problema con urgencia.

No obstante, la Justicia Social Crítica es un peligro legítimo para las democracias seculares liberales.

Estamos en medio de un intento de revolución cultural. Esto debe ser reconocido, entendido, hacerle frente y derrotado.

Las personas que anticipan que la JSC podría evolucionar en algo parecido a una revolución maoísta completa con sesiones de lucha no están conjurando esta posibilidad de la nada. Muchas personas dentro del movimiento abogan fuertemente por tal escenario y gozan de una respetabilidad pública que los extremistas autoritarios de derecha no tienen. La gente tampoco se equivoca al pensar que Trump se opondría a que la JSC se extralimitara más de lo que lo hará Biden. Biden puede no oponerse en absoluto. Sin embargo, esto no hace que Trump sea un probable salvador de la democracia liberal y secular.

Sigo pensando que es poco probable que este intento de revolución pueda tener éxito a largo plazo, incluso en EE.UU., donde sus defensores son más fuertes. El liberalismo está demasiado arraigado en la cultura estadounidense y en la anglosfera, y la JSC es demasiado incompatible con las intuiciones humanas fundamentales de justicia y reciprocidad para obtener un amplio apoyo público. Pero ahí reside otro peligro. Si se considera que se transgreden las expectativas de justicia y reciprocidad, surge el lado más oscuro de la humanidad: nuestros instintos tribales y territoriales y nuestro deseo de vengar la injusticia y los prejuicios. Esto es particularmente peligroso ya que los objetivos de los movimientos de la JSC suman una mayoría. Los hombres blancos de clase trabajadora y, cada vez más, las mujeres; las personas LGBT que rechazan la teoría queer; los asiáticos, los judíos y los hispanos; y un número creciente de personas negras que no se creen la teoría de la Raza Crítica o la teoría poscolonial están siendo incentivados a luchar. Algunos en la derecha populista lo hacen con las mismas herramientas del “wokismo”: políticas de identidad, culpa colectiva, victimización competitiva y tribalismo deshumanizante. Es poco probable que esto termine bien.

Todo lo siguiente es cierto:

La JSC no es ni el único ni el mayor problema del mundo.

La JSC es un problema genuino que ha sido subestimado y tiene respetabilidad y poder.

La derecha populista, posverdad y conspiranoica también es un problema significativo.

La izquierda “woke” y la derecha populista se retroalimentan mutuamente con sus relatos de injusticia, victimismo y peligro existencial y, por lo tanto, llevan cada vez más a la gente a condonar la violencia como solución.

La JSC está intentando realmente una revolución cultural contra la mayoría de la población.

Es improbable que la población en general lo tolere.

La derecha populista ciertamente no lo hará.

Todo esto se suma a una receta para el desastre a menos que la izquierda liberal actúe rápidamente para desacreditar públicamente la Justicia Social Crítica y afirmar una alternativa digna de respeto. Al mismo tiempo, una derecha conservadora ética necesita rechazar las teorías de conspiración populista y las narraciones posverdad en favor de un conservadurismo racional y consistente que tenga integridad.

La pregunta ahora no es qué lado es peor, sino..: ¿Cómo podemos, haciendo causa común con gente de izquierda y derecha, defender los valores de las democracias seculares liberales, incluyendo la libertad de creencia y de expresión y el respeto por la ciencia y la razón, y hacer retroceder la locura ideológica antes de que se salga de control y nos lleve a todos con ella?

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Helen Pluckrose es una exiliada de las humanidades interesada en la investigación de la escritura religiosa, por y sobre las mujeres, de finales de la Edad Media/principios de la Edad Moderna. Es la editora en jefe de Areo. Helen participó en la investigación de “estudios de agravios” y en su libro con James Lindsay, Cynical Theories, analiza la evolución del pensamiento posmoderno en la investigación académica y el activismo. Escríbale a Helen en https://letter.wiki/HELENPLUCKROSE/conversations

Fuente: Areo

Traducciones sobre los asuntos de los hombres, la izquierda liberal, las políticas de identidad y la moral. #i2 @Carnaina

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