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El péndulo no necesita oscilar: Por qué los roles de género no son la respuesta al tablarrasismo

Helen Pluckrose y James A. Lindsay

Es un lugar común describir las actitudes predominantes sobre las cuestiones sociales, incluidas las relativas a la igualdad y los roles de género, como si fuesen un péndulo que oscila de un lado a otro, mientras una sociedad liberal intenta encontrar un equilibrio ideal. En lo que respecta a las cuestiones de género, quienes creen que la sociedad sigue siendo patriarcal y misógina, como siempre lo ha sido, tienden a rechazar la metáfora de un péndulo social. Para ellos, el oscilamiento está atascado, fijado en un estado que produce injusticias que afectan negativamente a las mujeres. Los que usan la metáfora del péndulo lo hacen para describir una sociedad que ellos ven como una sociedad que en su día tuvo a las mujeres en desventaja, pero que ahora se excede en su intento de corregir el equilibrio, y crea desventajas para los hombres. Algunos predicen que el péndulo pronto «oscilará» y puede ir tan lejos en la otra dirección como lo ha hecho hacia el activismo feminista. Aunque los críticos tienen casi con toda seguridad razón en que el activismo feminista está creando una situación inestable que engendrará un retroceso en el avance de los roles de género tradicionalmente conservadores, es de suma importancia darse cuenta de que, al igual que un yerro no se remedia con otro, no es necesario que el péndulo oscile.

Aquellos que creen que el péndulo simbólico ha oscilado demasiado señalan a la acción afirmativa y a las desigualdades estructurales que favorecen a las mujeres, incluyendo las leyes de custodia, las sentencias penales y el derecho a la integridad genital. También se refieren a los cambios culturales y a las nuevas normas sociales; a cómo hombres y mujeres perciben sus roles en la vida y sus relaciones entre sí. Se trata de un asunto complicado que merece la pena profundizar en él. Aunque los desequilibrios sistemáticos pueden producir un gran debate acalorado, las cuestiones de propósito, significado, identidad, papel y relaciones a menudo se experimentan de manera mucho más personal, por lo que el retroceso contra las nuevas normas sociales se expresa a menudo en estos términos. Las preguntas polémicas se encuentran en el centro de estas preocupaciones y se debaten, a menudo con furia. ¿Qué significa ser hombre o mujer en la sociedad actual? ¿Cuál es la naturaleza del «hombre» y de la «mujer»? ¿Son idénticos o diferentes? ¿Las diferencias son biológicas o de socialización? ¿Qué roles tienen los hombres y las mujeres en relación con la sociedad y entre sí?

Estés de acuerdo o no en que es útil entender la evolución cultural como algo vinculado a algún «péndulo» social, lo que implica oscilar regularmente de un lado a otro alrededor de algún punto medio ideal, nuestra comprensión del género, de las relaciones de género y de los roles de género ha cambiado de manera extremadamente rápida en los últimos sesenta años, y el polvo aún no se ha asentado. Los cambios en la tecnología reproductiva, junto con el derecho de las mujeres a acceder a todos los trabajos y profesiones, al mismo tiempo que se les paga lo mismo que a los hombres por hacer el mismo trabajo, han permitido estos cambios. Además, el apoyo a estos avances, que podríamos llamar acertadamente progreso, es abrumador. En el Reino Unido, el 86% de los hombres y el 74% de las mujeres apoyan la igualdad de género, y en los Estados Unidos, una cifra combinada indica que el 85% apoya la igualdad de género. Sin embargo, las percepciones de estos cambios varían mucho.

Desde el punto de vista de las feministas, los hombres siguen estando en ventaja, y todavía queda mucho trabajo por hacer. Las feministas perciben que las mujeres todavía no pueden acceder a las mismas oportunidades de trabajo que los hombres en el mismo número y ganan menos en general. Para ellas, esto indica discriminación o, al menos, un condicionamiento cultural dominante que desanima a las mujeres a alcanzar su potencial. Desde el punto de vista feminista, los hombres son peligrosamente violentos, especialmente contra las mujeres. Ellas infieren esto señalando que los hombres están significativamente sobrerrepresentados entre los criminales violentos y que aunque la mayoría de las víctimas de la violencia son también hombres, la violencia intersexual reportada muestra que los hombres cometen mucho más contra las mujeres que las mujeres contra los hombres. Este desequilibrio es particularmente significativo en las ofensas sexuales. Las feministas entienden estos datos como indicativos de las normas sociales en las que se socializa a los hombres para que sean violentos, especialmente con las mujeres, debido a las influencias de la misoginia generalizada y las asunciones patriarcales. Las creencias feministas de este tipo dependen en última instancia de lo que se conoce como «tablarrasismo» o «constructivismo social».

El tablarrasismo es la creencia de que los rasgos psicológicos humanos, las capacidades cognitivas y el comportamiento se aprenden, en lugar de depender parcialmente de los rasgos biológicos heredados. Particularmente, bajo el tablarrasismo no puede haber diferencias inherentes en los rasgos psicológicos, cognitivos y conductuales entre hombres y mujeres. En cambio, se cree que las diferencias entre los sexos están totalmente socializadas, lo que significa que se aprenden en gran medida de los demás en un intento por ajustarse a las normas sociales, recordando la famosa declaración «el género es una construcción social».

Las conexiones entre el pensamiento feminista y el tablarrasismo son profundas y complejas. La visión de que los seres humanos son psicológicamente «tablas rasas» (tabulae rasae) de las que toma su nombre la ideología, tiene una larga historia dentro del feminismo desde los primeros días de la «toma de conciencia», pero ahora se oye con más frecuencia en el pensamiento feminista interseccional, que se basa en las nociones posmodernas de que el conocimiento y la verdad son construidos por los discursos dominantes. Como resultado, la ideología de la tabla rasa es ahora un principio central del feminismo tanto radical como liberal y su contravención puede acarrear graves consecuencias sociales.

Dentro de esta ideología, se cree que todas las diferencias entre hombres y mujeres son producto de un desequilibrio de poder que afecta negativamente a las mujeres, lo que se conoce como «Patriarcado». Por lo tanto, las feministas que abrazan este pensamiento solo verán desequilibrios en la sociedad cuando afecten a las mujeres, y explicarán que estos problemas son causados únicamente por injusticias sociales arraigadas en normas sociales y culturales dañinas y maleables. La idea de que podría haber unas diferencias de género intrínsecas y que, aunque solo sea ligeramente, afectan significativamente las opciones de vida, las trayectorias profesionales, los intereses, las percepciones, los estilos de comunicación, el comportamiento sexual, la criminalidad y el comportamiento, no puede ser tolerada desde una perspectiva de la tabla rasa.

Las consecuencias de esto en las relaciones de género son profundas. La percepción de una sociedad jerárquica en la que los hombres son los opresores y las mujeres las oprimidas y el uso de conceptos como «cultura de la violación», «masculinidad tóxica», «prerrogativa masculina» y «mansplaining» han llevado a la demonización de los hombres, así como a una mentalidad de miedo y de víctima en las mujeres que los suscriben. Cuando los hombres son considerados en gran medida tóxicos y las mujeres están presentes como una mezcla poco atractiva de rabia y fragilidad, es muy difícil para ellos tener relaciones de amor y respeto mutuo.

Para los más conservadores socialmente, el cambio en los roles y las relaciones de género se percibe de manera muy diferente. Desde este punto de vista, el orden natural se ha visto perturbado. Los roles del hombre como esposo, proveedor y protector y los de la mujer como esposa, madre y ama de casa están siendo rechazados, llevándonos a la confusión, la inmoralidad y la infelicidad general. Para ellos, los roles de género «tradicionales» satisfacen tanto la naturaleza del hombre como la de la mujer, que son complementarios, y que fueron diseñados para serlo por fuerzas inexorables como Dios o la Naturaleza (evolución) o ambas. No es que los hombres sean superiores a las mujeres, nos dirán, sino que los hombres son mucho más responsables de la provisión financiera y de la autoridad general, mientras que las mujeres son mucho más responsables del cuidado de la familia y del gobierno del hogar.

Desde el punto de vista socialmente conservador, muchas mujeres han sido presionadas, forzadas, coaccionadas o convencidas por el feminismo para que abandonen el hogar y se incorporen a la fuerza laboral. Además, este cambio lleva específicamente a las mujeres a ser infelices e insatisfechas porque están «tratando de ser hombres», algo que nunca podrán ser, al asumir estos roles que el pensamiento socialmente conservador asocia con los hombres. Por lo tanto, los conservadores sociales a menudo se imaginan a las mujeres trabajando en trabajos tediosos en cubículos aburridos y anhelando secreta o inconscientemente estar en casa cumpliendo más funciones domésticas. Los conservadores sociales también intuyen a menudo que los hombres, mientras tanto, están cada vez más descontentos por la usurpación de sus roles y la ausencia de su ayudante y pareja complementaria. Esta postura que ve los distintos roles de género ordenados por Dios o por la naturaleza se conoce como «esencialismo de género».

El esencialismo de género es la creencia de que los rasgos psicológicos, las capacidades cognitivas y el comportamiento de hombres y mujeres son esencialmente diferentes. Es decir, que son fundamentalmente diferentes. Se cree que hay una naturaleza claramente masculina y una naturaleza claramente femenina y que estas son fundamentalmente adecuadas para diferentes roles en la vida. Por lo general, esto tiende a involucrar al hombre que trabaja y protege a la familia y a la mujer que cría a los hijos y cuida del hogar, aunque, por supuesto, hay mucha más complejidad y matices por debajo de esta primera capa. Bajo el esencialismo de género, el papel de la cultura en haber producido históricamente roles de género rígidos es usualmente negado y la existencia de variación individual ignorada.

Las conexiones entre el esencialismo de género y el conservadurismo social están profundamente arraigadas y relacionadas con los fundamentos morales que favorecen el orden, la jerarquía y la tradición. A menudo, están arraigados en la mitología religiosa abrahámica en la que Dios hizo primero a Adán y luego a Eva como ayudante y compañera y les dijo a ambos creciesen y se multiplicasen. El cristianismo tiene una larga historia de considerar a hombres y mujeres como esencialmente diferentes, y de relacionar lo masculino con el orden y la razón y lo femenino con la naturaleza y las emociones. Sin embargo, esta creencia también se encuentra entre los conservadores sociales no religiosos que argumentarán a favor de la «Naturaleza» con N mayúscula, muy a la manera del Dios del deísta, insistiendo en que la psicología evolucionista prueba estas diferencias esenciales y legitima estas esferas separadas.

Dentro de este sistema de creencias, el hecho de que hombres y mujeres no vivan de acuerdo a estos roles es una aberración que derivará en mucha infelicidad para los hombres y las mujeres, causará mucho daño a los niños y perjudicará a la sociedad. Los conservadores sociales que se adhieren a este pensamiento tienden a ver solo problemas asociados con el compromiso cada vez mayor de las mujeres con la esfera pública de trabajo y liderazgo, y explicarán estos problemas como una ruptura del orden social y la negación de la naturaleza masculina y femenina. La idea de que, aunque los hombres y las mujeres difieren en promedio en muchas características, ambos sexos tienen necesidades intelectuales/profesionales/vocacionales y las necesidades familiares no pueden ser tenidas en cuenta.

Las consecuencias del esencialismo de género en las relaciones de género y en la sociedad en general han sido profundas en la historia occidental y siguen siéndolo en países que siguen estando dominados por normas de género muy conservadoras desde el punto de vista social. La percepción de una sociedad binaria en la que los hombres deben ser fuertes tanto física como emocionalmente, gobernar la sociedad y también ser capaces de mantener a una familia por sí solos, mientras que las mujeres deben ser asumir los cuidados, ser solidarias, tener hijos y dedicarse al cuidado de los niños y al trabajo doméstico, ha llevado a expectativas poco realistas de ambos sexos, así como al resentimiento y la opresión. Cuando se espera que los hombres desempeñen ciertos roles y las mujeres otros, independientemente de sus habilidades, intereses y preferencias individuales, es muy difícil para aquellos cuyas necesidades psicológicas e intelectuales no se alinean perfectamente con las expectativas, tener las relaciones complementarias y mutuamente satisfactorias prometidas en el catálogo.

Por supuesto, la gran mayoría de hombres y mujeres no son tablarrasistas ni esencialistas de género, y siguen amándose, gustándose y respetándose mutuamente. La mayoría de la gente es capaz de reconocer a los «hombres» y a las «mujeres» como grupos con diferencias en promedio y a cada hombre y a cada mujer como un individuo con su propia mezcla única de rasgos. Incluso aquellos que se identifican como feministas a menudo aceptan que existen algunas diferencias innatas y aquellos que se consideran socialmente conservadores generalmente aceptan que los rígidos roles de género han sido influenciados por la cultura y no son adecuados para todos.

En realidad, es la interacción de factores sociales y de tendencias y rasgos biológicos lo que crea los roles de género. Por analogía, esto es un poco como determinar si el diccionario es descriptivo o prescriptivo, es decir, ¿describe el significado de las palabras en el uso común o nos dice qué significan las palabras y cómo debemos usarlas? La respuesta obvia es ambas, y la interacción reflexiva importa. Grabamos las palabras a medida que se usan en el diccionario, pero entonces el diccionario se convierte en una referencia por la cual determinamos si estamos usando nuestras palabras correctamente para transmitir los significados que pretendemos.

De manera similar, las culturas han hecho evolucionar los roles de género en parte al servicio de las realidades biológicas subyacentes en hombres y mujeres, y sin embargo las propias culturas se convierten en una especie de referencia mediante la cual sus miembros entienden las formas socialmente normativas de manifestar esos roles de género, y la reflexividad aquí importa. Las preguntas interesantes, difíciles y sin respuesta sobre el género son la fuerza con la que cada uno de estos aportes (a menudo llamados «naturaleza» y «crianza») importan, cómo interactúan y qué pueden decirnos los diversos contextos sociales sobre la variabilidad de esas características. El tablarrasismo y el esencialismo de género son incorrectos en cuanto a los hechos y, de hecho, son puntos de vista extremistas que en su mayoría niegan uno u otro aspecto. A pesar de que muy pocas personas se comprometen con cualquiera de ellas, las influencias del tablarrasismo del esencialismo de género se están haciendo sentir incluso dentro de la corriente moderada y razonable de la discusión sobre el género.

Los seres humanos tenemos una tendencia deprimente a responder al extremismo de un lado con una aplicación similar o mayor del extremismo del otro, como si éstos pudieran equilibrarse entre sí y restablecer el equilibrio. Lo contrario es cierto. En nuestro «Manifiesto contra los enemigos de la modernidad», argumentamos que esta tendencia puede a veces producir una «polarización existencial» en la que dos extremos opuestos se alimentan mutuamente del frenesí del otro, convirtiéndose cada vez más apocalípticos y locos. Esta dinámica es centrífuga: los representantes más moderados de esos bandos, alarmados por los excesos bien publicitados del otro, comienzan a sentir una amenaza existencial que los radicaliza lentamente hacia el extremo de su propio bando. A medida que se radicalizan, asumen los rasgos habituales del partidismo parroquial y comienzan a minimizar, racionalizar y a pedir disculpas por los excesos de su propio bando mientras juzgan al bando contrario por sus peores ejemplos. Esta tendencia se ve exacerbada por las plataformas de medios sociales como Twitter, donde alguna visión lunática se vuelve viral y supuestamente representativa de lo que piensa el otro bando, aunque represente una visión extremadamente marginal sostenida por muy pocas personas.

Esta polarización centrífuga, que puede comenzar a sentirse existencial, también ocurre dentro de las guerras de género. A pesar de que la mejor investigación que tenemos indica que las cuestiones de género parecen ser parcialmente innatas y parcialmente el resultado del aprendizaje social, con debates serios e informados que calculan cuánto papel desempeña cada uno, la guerra cultural por el género consume todo este razonable término medio y polariza desesperadamente la discusión. Como resultado, en lugar de discusiones matizadas sobre las interacciones reales de las influencias biológicas y sociales sobre el género, se nos presiona para que tomemos partido y nos opongamos a lo que vemos como la mayor amenaza. Cuando se les pregunta específicamente si están presionando al 100% de construccionismo o al 100% de esencialismo biológico, la mayoría de la gente no solo dice «no», sino que falsamente indica que nadie es tan extremista. Los que tienden hacia el constructivismo cultural, si se les empuja, dirán que probablemente existen diferencias de género, pero que todavía nos queda un largo camino por recorrer para superar la socialización y que centrarse en la biología lo impide. Aquellos que tienden al esencialismo de género, si se les empuja, dirán que los individuos a menudo pueden diferir de los roles típicos de género, pero que el tablarrasismo está muy extendido, y la necesidad apremiante es conseguir que acepten que existen diferencias de género. Sin embargo, se trazan las líneas de batalla y la gente está motivada para impulsar una u otra narrativa.

El tablarrasismo ha estado ganando en el campo de las ideas culturalmente aceptables, con el trabajo académico basado en la identidad y el activismo feminista trabajando casi exclusivamente bajo supuestos constructivistas culturales. Las empresas están sometidas a una gran presión para lograr la igualdad de representación de las mujeres en todos los ámbitos (colmados de estatus), y la infrarrepresentación de las mujeres en cualquier ámbito (de alto estatus) y la «brecha salarial» se presentan a menudo como prueba de un problema. Esta evidencia puede ser planteada como una confirmación de la discriminación directa, que ignora los diferentes intereses y opciones en promedio, o, más suavemente aunque a un costo mayor para la agencia individual de las mujeres, como un indicativo del condicionamiento cultural que sesga los intereses y elecciones de las mujeres de una manera «patriarcal» en particular. Sellar su poder es una militarización de la moralidad fuera de lugar: discrepa y no solo estarás equivocado; eres un machista.

La creciente hegemonía y el acoso moral de la ideología de la tabla rasa han provocado una reacción violenta. Siempre han existido conservadores sociales extremos que prescriben roles rígidos de género, pero ahora estamos viendo cómo personas que antes aceptaban una ética ampliamente liberal de igualdad de oportunidades, meritocracia e individualismo se inclinan a adoptar una postura más esencialista de género. Lo hacen en respuesta a la forma en que se abordan los desequilibrios en el ámbito del empleo, pero aún más en respuesta a las narrativas que los acompañan, que colocan a hombres y mujeres en oposición unos frente a otras. Además, estas narrativas caricaturizan cada vez más a los hombres como matones, groseros, misóginos y abusadores, y a las mujeres como víctimas frágiles e intimidadas. En contra de la intuición, el nuevo atractivo de los «roles tradicionales de género» a menudo no consiste tanto en querer negar a las mujeres cualquier derecho, libertad y oportunidad, sino más bien en querer establecer un camino para que hombres y mujeres se amen, se necesiten y vuelvan a conectar entre sí.

La idea de que los hombres y las mujeres son esencialmente diferentes psicológica y cognitivamente es demasiado tosca para ser correcta. En realidad, toda la evidencia apunta a que somos poblaciones que se superponen fuertemente con promedios (en general ligeramente) diferentes. Los estudios que analizan las diferencias de género encuentran diferencias en promedio, con mujeres con mayor capacidad verbal y hombres con mayor capacidad visual-espacial, pero muchos hombres tienen mejores habilidades verbales que la mayoría de las mujeres y muchas mujeres tienen mejores habilidades visuales-espaciales que la mayoría de los hombres. Se ha encontrado que un mayor número de hombres tienen interés en trabajar con cosas y sistemas físicos, mientras que un mayor número de mujeres encuentran más satisfactorio el trabajo con personas, y estas diferencias se manifiestan más cuando las mujeres tienen más libertad de elección. Sin embargo, hay muchas ingenieras y enfermeros, disfrutan de sus trabajos y son buenos en ellos. Estos resultados aparentemente paradójicos no son en absoluto misteriosos. El promedio de una población es sólo una pequeña parte de la información sobre ella y, sin más información, nos dice muy poco, especialmente sobre cualquier individuo en particular con en la población. (En estadística, como mínimo, no se sabe mucho sobre una población sin conocer un promedio, un parámetro que describa la dispersión o variación, y la forma general de la distribución).

Las diferencias en la sexualidad son más profundas, ya que los hombres tienden a estar más abiertos al sexo casual que las mujeres en promedio. También tienden a ser más visuales en sus preferencias por lo erótico, mientras que las mujeres tienden hacia lo verbal y lo emocional. Del mismo modo, los hombres suelen ser más propensos a los celos sexuales, mientras que las mujeres son más propensas a los celos emocionales. Sin embargo, hay hombres que no están interesados en el sexo casual y hombres que no sufren de celos sexuales, al igual que las mujeres que sí lo están y actúan conforme a eso. Los hombres parecen tener mayor variabilidad en los rasgos en general, mientras que las mujeres se mantienen más cerca del promedio. (Este último punto aclara por qué además de un promedio, hay que saber lo variable que es la población para entenderlo. Dos poblaciones pueden tener el mismo promedio pero diferentes niveles de varianza y el promedio por sí solo no puede explicar por qué la población con mayor varianza tendrá más representantes en las «colas»).

Estas diferencias, que se han repetido una y otra vez, desacreditan la hipótesis de la tabla rasa de que todas las diferencias cognitivas y psicológicas entre hombres y mujeres son producto de la socialización, pero también refutan el esencialismo de género. Los estudios demuestran repetidamente que los hombres y las mujeres son más parecidos que diferentes y que es raro que los hombres y las mujeres tengan todos los rasgos más comúnmente asociados con su sexo. La realidad es que los sexos son mucho más parecidos cognitiva y psicológicamente que diferentes y que las diferencias son lo suficientemente significativas como para tener un impacto en las opciones de vida y que la variación individual significa que no podemos confiar en estas tendencias para que nos digan nada sobre ningún individuo. Esto parece ser contrario a la intuición de muchas personas que defienden el esencialismo de género. Es probable que esto se deba a que los seres humanos formamos nuestras conclusiones en gran medida sobre la observación y la experiencia, y es mucho más probable que nos demos cuenta de las diferencias que de las similitudes.

Un ejemplo muy fácil de observar de una diferencia de sexo en promedio con mucha variación individual es la altura, y esto puede ayudar a mostrar cómo todas estas cosas pueden ser verdad a la vez. Los hombres y las mujeres son muy parecidos en estatura, siendo la mujer promedio aproximadamente 5 pulgadas (12,7 cm.) más baja que el hombre promedio. En el Reino Unido, esta diferencia es de entre 64 y 69 pulgadas (162,56 y 175,26 cm.) de alto; menos del 10%. Aunque pequeña, esta diferencia es lo suficientemente significativa como para tener efectos. La mayoría de los pantalones con una pierna de 34 pulgadas (86,36 cm.) los compran los hombres, mientras que la mayoría de los pantalones con una pierna de 30 pulgadas (76,2 cm.) los compran las mujeres. El mercado de los pantalones con una pierna de 32 pulgadas (81,28 cm.) será más uniforme. Habrá un mercado muy pequeño para los pantalones de hombre con una pierna de 28 (71,12 cm.) pulgadas y para las mujeres con una pierna de 36 pulgadas (91,44 cm.). Más hombres podrán alcanzar cosas en los estantes superiores de los supermercados. Más mujeres se sentirán cómodas en asientos económicos en los vuelos.

Todos somos conscientes de esta diferencia de altura en promedio, y todos somos conscientes de que muchas personas no la igualan. Aplicando esta misma honestidad en la interpretación es la forma basada en la evidencia de pensar en las diferencias cognitivas y psicológicas con una diferencia de género igualmente pequeña. En el ámbito de los hechos sobre las diferencias de género, no hay justificación para afirmar que el lugar de los hombres es estar en la fuerza laboral y el de las mujeres en el hogar. Como Steven Pinker escribe en su libro, La tabla rasa,

lo que sabemos sobre los sexos no exige ninguna acción que penalice ni limite a un sexo o al otro. Muchos rasgos psicológicos relevantes para el ámbito público, por ejemplo la inteligencia general, son iguales en términos medios en hombres y mujeres, y prácticamente todos los rasgos psicológicos se pueden encontrar en diversos grados entre los miembros de cada sexo. Ninguna de las diferencias de sexo descubiertas hasta hoy se aplica a todos los hombres y a todas las mujeres, de modo que las generalizaciones sobre un sexo siempre serán falsas respecto a muchos individuos. E ideas como el «papel adecuado» y el «lugar natural» carecen de sentido científico y no pueden servir de razón para restringir la libertad.

Nadie moraliza a los hombres y mujeres que se desvían de su altura adulta porque la variación existe de forma natural. Algunos, sin embargo, moralizan considerablemente el hecho de que los hombres y las mujeres se desvíen de sus roles de género «naturales», a pesar de que las pruebas apuntan también a una gran variación en las capacidades e intereses naturales. Esto, por lo tanto, es probable que tenga menos que ver con los hechos conocidos — lo que es — y más con la ética — lo que «debería» ser — . Los roles de género se plantean como un bien moral para los individuos, las familias y la sociedad, y la negación de la superposición de los rasgos y la varianza individual tiene lugar para apoyar esto. Una vez más, el esencialismo de género refleja el tablarrasismo, donde la motivación para negar la realidad de la diferencia de género tiene sus raíces en un deseo moral de igualdad de género.

Los defensores de la bondad moral de los roles de género podrían señalar que la altura carece de todo componente moral, por lo que no es una analogía adecuada. ¿Podrían estar en lo cierto al presentar argumentos morales a favor del esencialismo de género? ¿Son los individuos, las familias y las sociedades más felices cuando los hombres y las mujeres tienen roles separados? No está claro que lo sean. Aunque las mujeres reportan menos felicidad ahora que cuando la división del trabajo por género era una norma, no sabemos si las mujeres individuales estaban más satisfechas en el pasado o si las expectativas de cumplimiento han aumentado. Sabemos, sin embargo, que muchas personas no estaban contentas con las restricciones de género porque lo dijeron, explícita e insistentemente. ¿Están mejor los niños si su madre se queda en casa? Mientras que algunos estudios muestran que los niños pequeños que pasan largas jornadas en guarderías tienen un rendimiento psicológico medio inferior, otros sugieren firmemente que esto nos dice algo sobre la calidad de las guarderías y no sobre si las mujeres, en concreto, deberían quedarse en casa con sus hijos. ¿Funcionan mejor las sociedades cuando los hombres y las mujeres tienen roles diferentes? Una vez más, es difícil demostrar que lo hacen, dado que, según la mayoría de las medidas — crimen, pobreza, salud — , la sociedad occidental sigue mejorando. Los ejemplos actuales que tenemos de sociedades con fuertes divisiones de género y roles tradicionales de género son muy religiosos — a menudo musulmanes — , y esto plantea un conjunto de variables diferentes al considerar la salud de la sociedad.

Sin embargo, los roles de género tratan de nuestra forma de estar en el mundo y esto es, en última instancia, una cuestión moral. Trata de aspectos de la vida que son más importantes para nosotros: cómo formamos relaciones, cómo construimos familias, cómo nos conectamos y cómo amamos. También es casi seguro que los roles de género, tratados como parte de las aproximaciones para optimizar el florecimiento humano que llamamos «culturas», existen porque reflejan algo en las realidades biológicas subyacentes. Deben ser reconocidos como un tema de conversación aceptable.

Sugeriríamos moralizar los roles de género esencialistas para que tengan un punto clave y dos aplicaciones potencialmente éticas, las cuales están altamente calificadas. El punto clave al que hay que prestar atención es que incluso aceptando las diferencias de género y con ellas, que el florecimiento humano puede ser optimizado a través del reconocimiento y ciertos grados de fomento de los roles de género, la libertad a nivel individual parece ser un imperativo ético liberal sobrevenido. Es decir, en el mejor de los casos, la moralización de los roles de género atenta contra un principio ético más primario cuando no permite que ningún individuo, independientemente de su género, exprese su individualidad y persiga su propia felicidad de la manera que considere mejor.

En primer lugar, esta moralización puede hacerse de manera ética en general, siempre y cuando todos los consejos sean bastante vagos y con un profundo descargo de responsabilidad, ya que es poco probable que se apliquen a todos o a la mayoría de los individuos de un género determinado. La gente puede apreciar mucho compartir y escuchar creencias, valores, consejos y experiencia sobre cómo ser un hombre o cómo ser una mujer. Esto es de interés para casi todos nosotros, ya que nos basamos en realidades biológicas, lo aceptemos o no, para informar y dar forma a las conjeturas culturales que hacemos sobre cómo deberían ser los hombres y las mujeres. Estas costumbres culturales cobran vida propia y la evaluación moral de las mismas continúa. En este sentido, la conversación en curso sobre lo que es ser un hombre o una mujer representa fábulas amplias pero no específicamente instructivas en lugar de verdaderas historias. Esto puede parecer problemático para aquellos que quieren erradicar el género o hacerlo totalmente subjetivo pero, para muchos de nosotros, hay algo integral en lo que somos acerca de nuestro género y es una cuestión ética dentro del liberalismo compremeterse de esta manera.

En segundo lugar, dicha moralización puede hacerse de manera ética en el asesoramiento específico a un individuo específico, cuando hay razones extremadamente fuertes para creer que hacerlo podría aumentar el florecimiento general de esa persona, permitiéndole actualizar rasgos que de otro modo podría estar ignorando. Como se mencionó anteriormente, el género es una variable social muy destacada que tiene un gran peso en la identidad, como lo demuestran las gesticulaciones de los tablarrasistas en torno a la identidad de género. En tal caso, puede ser una manera de conectar a una persona con una serie de rasgos socialmente deseables y personalmente valiosos que pueden aumentar su florecimiento. Una vez más, esa moralidad debe proporcionarse suavemente, mediante el conocimiento de la persona y, por lo tanto, sólo debe proporcionarse cuando exista suficiente cercanía para reconocer que, en ese caso concreto, sería potencialmente beneficioso para esa persona.

Sin embargo, a una escala más amplia y universalizadora, la moralización de los roles de género — al igual que la forma en que el tablarrasismo trata de derribarlos — tiende a atentar contra la ética liberal con bastante rapidez y está casi garantizado que no optimiza el florecimiento humano. Aunque esta moralidad busca mantener los beneficios que vienen con el intento de optimización, típicamente se excede al cometer el error de tratar a las poblaciones de acuerdo a sus promedios o — en este caso, dado lo pequeñas que tienden a ser esas diferencias promedio y lo amplia que es la diferencia entre hombres y mujeres — , a las exageraciones y caricaturas de esos promedios. Este es el primer problema inherente a la dependencia excesiva del esencialismo de género que hace poco probable que tenga éxito ético. El problema de moralizar excesivamente los roles de género es que por lo general es inmediata e injustamente represiva del individualismo, lo que la hace poco ética desde una perspectiva liberal. La perspectiva liberal, basada en los valores de la Ilustración, incluyendo la universalidad y la individualidad, indica, en el mejor de los casos, que toda «moralización» sobre los roles de género debe ser tomada como meramente sugestiva, no esperada, y nunca forzada.

En última instancia, la moralidad típica y excesiva sobre los roles de género vista desde los esencialistas de género es directamente contraria a una ética liberal que valora la individualidad, la igualdad de oportunidades y la minimización de las barreras injustas dentro de la sociedad. Moralizar de esta manera limita a las personas que usarían sus talentos o seguirían sus intereses de otra manera que la que las caricaturas demasiado simplificadas quieren permitir, lo que las convierte en un fracaso ético. Si, como afirman a menudo los conservadores sociales, las mujeres están siendo presionadas culturalmente por el feminismo para que actúen en contra de sus preferencias y habilidades naturales, el simple hecho de animar a la gente a tomar sus propias decisiones y a perseguir su propia felicidad, independientemente de las prescripciones ideológicas, se encargaría de eso. La necesidad moralizante no juega un papel más significativo que las sugerencias gentiles y fuertemente rechazadas — idealmente presentadas sobre rasgos específicos sin tener que apelar específicamente al género — y, de hecho, no puede ser más que eso y mantener su integridad ética.

El enfoque liberal ha sido una estrategia global rotundamente exitosa para mejorar el florecimiento humano y, por lo tanto, no sería ético volver a las esencializaciones de género impuestas moralmente, incluso si pudiésemos. El hecho es que, al haber sido liberados de las expectativas puestas en sus géneros, pocas personas volverían a un estado en el que se les dijera cómo ser, incluso si terminan por conformarse fuertemente a lo que esos roles prescriben. En este punto, no hay que volver a poner al genio en la botella, quitarle la igualdad de oportunidades, la anticoncepción y todo lo demás y volver a la expectativa de que los genitales deben definir cómo se vive la vida y en qué se está interesado.

Es esencial, al considerar las relaciones de género, reconocer que todavía nos estamos adaptando a los cambios en los derechos, las libertades y las expectativas que han ocurrido de una manera sorprendentemente rápida en los últimos sesenta años. Hombres y mujeres siguen trabajando para optimizar el equilibrio entre el trabajo y las responsabilidades familiares, ya que las mujeres se han incorporado a la fuerza de trabajo en gran número. También estamos trabajando en nuestras relaciones entre nosotros, ya que las ideas de moralidad sexual han cambiado de expectativas de castidad (especialmente para las mujeres) y monogamia a expectativas de consideración y consentimiento claro.

El polvo aún necesita asentarse en estos cambios y no ayudará volverse apocalíptico y abogar por soluciones radicales. No ayuda culpar a los hombres por ser diferentes a las mujeres o asumir que solo el condicionamiento cultural podría impedir que las mujeres tomen exactamente las mismas decisiones que los hombres. No ayuda prescribir papeles totalmente diferentes para hombres y mujeres, desafiando lo similares que somos y lo poco liberal que es esto. Debemos aferrarnos al hecho de que, a pesar de los extremos irracionales y antiliberales, la inmensa mayoría de hombres y mujeres siguen amándose y gustándose y se reconocen como individuos, y siguen negociando y comprometiéndose en sus relaciones para hacerlas funcionar.

Lo único que ayudará a nuestras guerras culturales actuales es aceptar la realidad de que los hombres y las mujeres son diferentes en promedio pero tienen los mismos rasgos psicológicos y cognitivos en grados superpuestos, que los individuos podrían encajar en cualquier parte del espectro de rasgos más típicamente masculinos y más típicamente femeninos, y que muy pocos se ajustarán a todos los promedios para su sexo. Lo más productivo y ético que podemos hacer para reducir la presión social de una manera u otra y permitir que los individuos realicen su potencial individual tanto en intereses como en habilidades, es dar prioridad al tratamiento de las personas como individuos.

El péndulo que tantos ven como una oscilación que perjudica salvajemente a un sexo y luego a otro no tiene por qué existir si adoptamos una postura basada en esta evidencia y liberal en el sentido más amplio. Si podemos aceptar que estamos superponiendo poblaciones con mucha variación pero con diferencias significativas en conjunto; si podemos respetar los derechos de las personas a encontrar roles de género significativos y satisfactorios para ellos y su derecho a no hacerlo; si podemos tratarnos como individuos con el mismo derecho a todas las oportunidades, dignidad y respeto, el péndulo puede descansar.

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James Lindsay

James Lindsay es doctor en matemáticas. Autor de How to have impossible conversations (Cómo tener conversaciones imposibles), y de otros seis libros más. Sus ensayos han aparecido en Areo, TIME, Scientific American y The Philosophers’ Magazine. Dirigió la investigación “estudios de agravios”. En su libro con Helen Pluckrose, Cynical Theories, analiza la evolución del pensamiento posmoderno en la academia y el activismo. Es cofundador de New Discourses.

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Helen Pluckrose

Helen Pluckrose es una exiliada de las humanidades interesada en la investigación de la escritura religiosa, por y sobre las mujeres, de finales de la Edad Media/principios de la Edad Moderna. Es la editora en jefe de Areo. Helen participó en la investigación de “estudios de agravios” y en su libro con James Lindsay, Cynical Theories, analiza la evolución del pensamiento posmoderno en la investigación académica y el activismo. Escríbale a Helen en https://letter.wiki/HELENPLUCKROSE/conversations

Traducciones sobre los asuntos de los hombres, la izquierda liberal, las políticas de identidad y la moral. #i2 @Carnaina

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