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El Mercado de Ideas y la Batalla de los Discursos

Helen Pluckrose

Actualmente estamos atrapados en una batalla de discursos. En su mayor parte, esta batalla se libra entre los activistas de la Justicia Social Crítica y los populistas de derecha, con el resto de nosotros atrapados en algún lugar en el medio y teniendo que elegir un bando. Ya sea que se trate del posmodernismo o de la posverdad, de “otras formas de conocimiento” o de “hechos alternativos”, hay una batalla entre dos concepciones simplistas de la sociedad y ninguna de ellas tiene un gran amor por la ciencia, la razón o el mercado de ideas. Con el sistema de creencias de Justicia Social Crítica dominando la sociedad culturalmente y el de la derecha populista dominándola políticamente, nos encontramos ante dos discursos poderosamente influyentes, cada uno de ellos convencido de que el otro es a la vez más poderoso y más amenazador para las democracias liberales. Mientras tanto, los medios de comunicación social favorecen que gente forme cámaras de eco cada vez más herméticas y que se alimente solo con las noticias que apoyan su propia narrativa y los dos discursos dominantes siguen alimentándose mutuamente.

En este momento, lo que necesitamos por encima de todo es un espacio para voces más razonables y moderadas. Necesitamos un espacio donde se puedan expresar una variedad de puntos de vista y donde cualquiera pueda desafiar cualquier idea, independientemente de su identidad. Necesitamos alentar críticas más mesuradas y reflexivas de las narrativas simplistas. Necesitamos, por expresarlo de la manera más clara posible, nuevos discursos.

¿Qué son los discursos?

La palabra “discurso” significa, en su forma más simple, “hablar de algo”. Sin embargo, a un nivel sociológico más amplio, “discurso” generalmente se refiere a la forma en la que se habla de algo. El “discurso jurídico” se refiere al lenguaje de la ley y las normas y la terminología específica asociada con esa profesión. El “discurso científico” es aquel que usa el lenguaje de la ciencia y cumple con sus normas y expectativas.

En el ámbito político y cultural, el término “discursos” se suele utilizar para referirse a las creencias y narrativas que suelen compartir las personas con un determinado punto de vista. El tipo de retórica que incluye “Make America Great Again” es un discurso. Así también es lo que incluye “Mi feminismo será interseccional o será una mierda”. Si tienes una buena imagen de los valores que puede tener alguien que dice cualquiera de esas cosas, de los argumentos que puede esgrimir, de la concepción que tiene de la sociedad y de los cambios que le gustaría introducir en ella, estarás familiarizado con dos discursos políticos destacados en 2020.

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Cualquiera que se implique en una sociedad estará familiarizado con muchos discursos. Esto es algo que nosotros, como mamíferos sociales tribales, detectores de patrones, solemos hacer. Aprendemos a evaluar rápidamente a las personas basándonos en una pequeña muestra de información y luego llenamos los vacíos. Muy a menudo lo haremos con una precisión razonable, y es útil. A veces no seremos tan razonables o precisos, y cuanto más dogmáticamente tribales e ideológicamente motivados seamos, menos probable será que interpretemos correctamente a las personas con diferentes puntos de vista y más probable será que los leamos de forma simplista y poco caritativa y coloquemos a todos los que tengan incluso puntos de vista ligeramente diferentes en una categoría de “malas personas”. Esto se conoce como “altruismo parroquial”, y todo el mundo es propenso a eso. La historia da pruebas de esta tendencia, como lo demuestran las devastadoras guerras de religión que suelen tener lugar entre grupos de personas con la misma religión pero con interpretaciones ligeramente diferentes de la misma.

Todavía vemos este mal hábito mental hoy en día, no solo con la religión, sino desde todos los lados del espectro político. Lo vemos en la tendencia de algunos conservadores de llamar “comunistas” a cualquiera que esté a su izquierda y en la tendencia de algunos izquierdistas de llamar “fascistas” a cualquiera que esté a su derecha. En la historia reciente de las democracias seculares liberales, la sociedad mayoritaria ha considerado a las personas que piensan de manera tan tribal y simplista como extremistas que carecen del matiz y la sofisticación necesarios para abordar cuestiones políticas y sociales complejas de manera creíble y ética. Sin embargo, en la actualidad existe una escuela de pensamiento muy influyente, tanto intelectual como política, que aboga por esa comprensión simplista de la sociedad y los grupos que la componen, y su ideología se centra en el concepto “discursos”. Estos son los académicos y activistas de la “Justicia Social Crítica”.

Los académicos y activistas críticos de la justicia social se basan de manera fuerte en la comprensión posmoderna de los discursos, el conocimiento y el poder, todos los cuales están inextricablemente vinculados. Los posmodernos y sus descendientes son constructivistas sociales, y consideran que el conocimiento está construido por grupos poderosos en la sociedad que son capaces de decidir qué es y qué no es cierto. También creen que el conocimiento se construye al servicio del poder para mantener el privilegio de ciertos grupos dominantes en la sociedad a expensas de todos los demás. Utilizan esto para proponer que, dado que el conocimiento — especialmente el conocimiento científico — ha sido legitimado en la sociedad, casi todos lo aceptan sin crítica como cierto y luego lo refuerzan constantemente por la forma en que todos hablamos de las cosas. Estas formas comunes de hablar sobre las cosas se conocen como “discursos dominantes”, y se cree que defienden sistemas de poder injustos como el patriarcado, la supremacía blanca, el imperialismo, la heteronormatividad (la suposición de que la heterosexualidad es normal y la homosexualidad anormal), la cisnormatividad (la suposición de que tener una identidad de género que coincida con el sexo biológico de uno es normal y tener uno que difiere es anormal), el capacitismo y la gordofobia.

Este concepto de los discursos que actúan como formas de imponer el poder que atraviesan las personas en todos los niveles de la sociedad sin su conocimiento consciente se originó en las diversas teorías críticas y se debe en gran medida a la concepción posmoderna del conocimiento. Para Jacques Derrida, todo es discurso. No podemos salir de los límites del lenguaje o pensar de otra manera, y no hay un centro de significado anclado que se relacione con una realidad objetiva. Todas son palabras relacionadas con otras palabras con significado, en consecuencia, siempre diferidas. Para Jean François Lyotard, que retuerce la filosofía de Wittgenstein, la sociedad consiste en “juegos de lenguaje” que operan de manera diferente dentro de cada contexto único, y algunos han sido injustamente privilegiados sobre otros y están inextricablemente vinculados con el lenguaje del poder y el gobierno.

Sin embargo, el posmoderno más influyente que trabajó en el ámbito de los discursos fue Michel Foucault, y su comprensión de cómo funcionan los discursos es lo que destaca con mayor fuerza dentro de la investigación de la Justicia Social Crítica. Como expone Dino Franco Falluga:

Foucault explora las muchas “formaciones discursivas” que estructuran nuestra negociación de conocimiento y poder en una sociedad dada en un momento dado. Cada discurso tiene su propia historia específica de emergencia y conlleva un cierto conjunto de reglas que gobiernan de qué objetos se puede hablar dentro del discurso, qué rituales deben acompañar el uso del discurso y qué sujetos tienen derecho a hablar dentro del discurso.

Y:

Originalmente, “discurso” podría haber significado simplemente conversación o discurso, pero Foucault argumenta que, de hecho, cualquier discurso tiene muchas suposiciones, reglas y principios de exclusión: “Al producirse”, explica, “el discurso puede perfectamente servir de poca explicación, pero las prohibiciones que lo rodean pronto revelan sus vínculos con el deseo y el poder”. Para Foucault, entonces, el discurso es “violencia que se ejerce sobre las cosas, en todo caso como una practica que les imponemos”.

Si el discurso puede ser violencia, y muchos académicos y activistas de la Justicia Social Crítica insisten en que puede serlo, se convierte en una forma de activismo examinar de cerca el lenguaje e interpretarlo políticamente en términos de poder. Foucault dice:

Lo que quiero comunicar no es que todo es malo, sino que todo es peligroso. Si todo es peligroso, entonces siempre tenemos algo que hacer. De modo que mi posición no conduce a la apatía sino a un hiper-activismo pesimista. Creo que la elección ético-política que tenemos que hacer todos los días es determinar cuál es el peligro principal.

Los discursos pueden ser violencia. Los discursos pueden ser peligrosos. Comprender la posición posmoderna sobre esto ayuda a explicar por qué tanta investigación y activismo de la Justicia Social Crítica se enfoca en monitorear el discurso de todos, desde el presidente de los Estados Unidos hasta cualquier individuo privado en gran parte desconocido con una docena de seguidores en las redes sociales. Si los discursos realmente construyen la realidad social y trabajan para mantener sistemas opresivos de poder y privilegio en todos los niveles de la sociedad, como sugiere la Justicia Social Crítica, por supuesto, se vuelve imperativo controlar lo que se puede y no se puede decir en todos los niveles de la sociedad. Si lo que entendemos como métodos confiables de producción de conocimiento (ciencia y razón) simplemente refleja el punto de vista estrecho, parcial e interesado de los grupos dominantes en la sociedad y el conocimiento especial de las mujeres y las minorías raciales y sexuales se ha devaluado injustamente, los hombres blancos junto con la ciencia y la razón y el primer plano del conocimiento de los grupos marginados, siempre y cuando cumplan con la Teoría de la Justicia Social Crítica. Esta teoría evoluciona continuamente a medida que más y más cosas se “descubren” como problemáticas, por lo que evitar los campos minados se vuelve cada vez más difícil.

Todo esto es completamente infalsable. Los académicos y activistas de la Justicia Social Crítica creen que las personas nacen en los discursos existentes de poder y privilegio establecidos por la Teoría, aprenden y hablan sin crítica, por lo que no hay posibilidad de desacuerdo legítimo. Los intentos de estar en desacuerdo son prueba de la aceptación acrítica de los discursos dominantes. También creen que solo ellos mismos poseen el tipo correcto de conciencia para detectar estos discursos y exponer sus defectos. En la teoría, esta conciencia se conoce a menudo como “ conciencia crítica”, aunque en el activismo, estamos más familiarizados con que se le llame “woke” [despertar, T.]. Cualquier intento de sugerir una explicación alternativa, no woke para cualquier escenario es simplemente una prueba de su falta de woke. Debe asumir la responsabilidad de desmantelar su blancura o desintoxicar su masculinidad para poder verlos y reconocerlos como los discursos dominantes que son.

Por supuesto, la visión de los discursos desde dentro de la Justicia Social Crítica no es completamente absurda. Tendemos a aceptar nuestras normas sociales como sentido común, y éstas se sostienen en gran medida por las formas de hablar de las cosas. Realmente es absolutamente esencial que miremos críticamente varios discursos a nuestro alrededor y pensemos en ellos. Desde una perspectiva liberal, actualmente tenemos algunos discursos muy preocupantes en la sociedad que tienen demasiada influencia. Estos incluyen narrativas de derecha, populistas, nacionalistas, antiintelectuales y antiexpertos que presentan creencias xenófobas, antiinmigrantes y racistas, así como el menosprecio de la erudición importante en general y particularmente en el área del cambio climático. También incluyen la Justicia Social Crítica. Es irónico que las personas que hablan tanto sobre la necesidad de interrumpir los discursos dominantes y desafiar su poder no se den cuenta de que el suyo es particularmente poderoso. El poder que las ideas de la Justicia Social Crítica tienen en las universidades que producen los líderes de nuestras industrias es inmenso. Las grandes corporaciones están sometidas bajo el una presión cada vez mayor para que mantengan las nociones de la Justicia Social Crítica de diversidad (de identidades, no de ideas), igualdad (en lugar de igualdad de oportunidades), e inclusión (exclusión de todas las ideas que contradigan la Justicia Social Crítica). Es probable que las celebridades se enfrenten un retroceso perjudicial para su carrera e incluso demandas de cancelación por cualquier idea no woke que hayan expresado alguna vez.

Los académicos y los activistas posmodernos de la Justicia Social Crítica no se equivocan al decir que necesitamos examinar los discursos poderosos que legitiman lo que una sociedad acepta como conocimiento y ver qué narrativas los están perpetuando y desafiando. Se equivocan al no incluir su propia concepción del mundo y del sistema de creencias como ejemplo primario de un discurso dominante y al dar a entender que el suyo es el único método válido de crítica. La crítica de los discursos dominantes ha sido fundamental para el progreso liberal de las mujeres y las minorías raciales, religiosas y sexuales. Estas críticas han reconocido plenamente el poder del lenguaje porque se han centrado en el concepto del Mercado de Ideas.

El Mercado de Ideas: una concepción diferente de los discursos

La idea de que la forma en que hablamos sobre las cosas no es un descubrimiento de académicos posmoderno y activistas de la Justicia Social Crítica. Las sociedades humanas siempre han entendido el poder del lenguaje, y lo que es nuevo e inusual para nosotros es que estamos en una época histórica en la que valoramos no intentar regular el discurso de los demás. Ser capaz de estar en desacuerdo, burlarse o criticar la religión y el gobierno es algo que se desarrolló como parte central de la filosofía fundamental del período moderno y ha sido invaluable para la producción de conocimiento y progreso moral. Los valores que subyacen a poder hacer esto pueden denominarse “liberalismo” (en el sentido filosófico amplio), “ciencia liberal” o “El Mercado de Ideas”.

El concepto del Mercado de Ideas en el que cualquiera puede expresar cualquier idea y desafiar cualquier otra idea y permitir que estas ideas compitan entre sí en el mercado de la opinión pública es única por dos razones.

En primer lugar, el concepto de un Mercado de Ideas se basa en la confianza en la capacidad de los humanos para evaluar ideas. Evidentemente, eso no ha sido lo típico históricamente, particularmente con la religión antes de que el secularismo se afianzara, donde las leyes de herejía y blasfemia han dictado lo que se debe creer y expresar. Las expresiones de deferencia y lealtad a los señores feudales y monarcas también fueron una obligación durante siglos y a las mujeres y a la clase trabajadora se les ha prohibido acceder a ciertas ideas o discutirlas. El enfoque de la Justicia Social Crítica para regular, prohibir, censurar, imponer y castigar las ideas expresadas en el discurso no es nuevo. Tampoco lo son sus creencias sobre qué grupos de la sociedad pueden hablar con autoridad (o autenticidad) sobre qué temas (relegando en gran medida directamente, los hombres blancos deben callar a menos que sea hora de que reconozcan su privilegio y lo deploren). Simplemente son otra manifestación más de una ortodoxia que cree que contiene la Verdad y que otros deben ser obligados a adherirse a ella por su propio bien y el de la sociedad.

En segundo lugar, el concepto de un Mercado de Ideas reconoce las limitaciones de la razón individual y el examen de las pruebas. Establece un sistema que mitiga el sesgo humano hacia la aceptación más fácil de pruebas y argumentos razonados que apoyen lo que ya creemos, reuniendo a personas con diferentes sesgos y permitiéndoles desafiarse mutuamente. Como dice el psicólogo social, Jonathan Haidt:

Cada razonador individual hace muy bien una cosa: encontrar evidencia para apoyar la posición que ya tiene […]. No deberíamos esperar de la gente un buen razonamiento, con la mente abierta y que busca la verdad, especialmente cuando los intereses o la propia reputación están en juego. Pero si juntas a las personas de la manera correcta, de forma que algunas puedan utilizar su capacidad de razonamiento para refutar las afirmaciones de las demás, y que todas estas personas sientan que existe un vínculo común o un destino compartido que les permita interactuar civilizadamente, se puede crear un grupo que termine produciendo un buen razonamiento como una propiedad emergente del sistema social. Por eso es tan importante que haya diversidad intelectual e ideológica dentro de cualquier grupo o institución cuyo objetivo sea encontrar la verdad (como una agencia de inteligencia o una comunidad de científicos) o generar buenas políticas públicas (como un parlamento o un consejo asesor).

Se trata de un sistema establecido para evitar que cualquier discurso sea privilegiado sobre cualquier otro y proporcionar un campo de juego uniforme para que todos sean considerados. Nadie tiene una autoridad especial o la última palabra y las ideas pueden ser evaluadas por sus méritos. Una vez más, esto es marcadamente diferente a los sistemas históricos en los que la iglesia y/o los monarcas decidían lo que era verdad y reclamaban la autoridad de Dios para tener la última palabra. También de nuevo, la reivindicación de la autoridad como portavoz de los marginados (aunque los creyentes en la Justicia Social Crítica son una minoría en todos los grupos) y su propio derecho a tener la última palabra sobre las ideas que tienen mérito (el suyo propio, obviamente) no son ni nuevos ni inusuales. No son más que otra manifestación de la tendencia humana común y antiliberal de querer tomar el poder e imponer sus propias creencias al resto de la sociedad.

El propósito de los sistemas liberales como el Mercado de Ideas, es decir, el discurso liberal, es poner en jaque esta tendencia demasiado humana. Es para permitirnos escuchar las voces extremistas sin ser rehenes de ellas. Nos da un espacio en el que esos puntos de vista pueden ser expresados entre muchos otros, y donde pueden ser comprobados, uno contra otro, y tener sus núcleos de verdad arrancados de ellos y utilizados de manera más razonable, medida y responsable. La voluntad de tomar el poder no es nueva, y tampoco lo es el intento de tomarlo controlando cómo pensamos, hablamos y escribimos, ya sea en nombre de un Dios justo o en busca de la “Justicia Social”. A éstos debemos permitirles existir donde puedan sin dejar que nos dicten nuestros discursos porque no es el contenido de nuestros discursos sino el deseo de dominarlos lo que define la tiranía.

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Helen Pluckrose

Helen Pluckrose es una exiliada de las humanidades con intereses de investigación en la escritura religiosa de finales de la Edad Media / principios de la modernidad por y sobre mujeres. Es editora en jefe de Areo. Helen participó en la investigación de “estudios de agravios” y su próximo libro con James Lindsay, Cynical Theories, analiza la evolución del pensamiento posmoderno en la investigación y el activismo.

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Traducciones sobre los asuntos de los hombres, la izquierda liberal, las políticas de identidad y la moral. #i2 @Carnaina

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