El «marxismo cultural» es un mito. La amenaza viene de otra parte

Esta es una transcripción ligeramente editada de la declaración inicial de sobre el panel «Cultural Marxism: Threat or Myth» (Marxismo cultural: amenaza o mito) en Battle of Ideas.

Helen Pluckrose

Image for post
Image for post

El «marxismo cultural» es un concepto de uso común muy confuso. Por lo general, cuando la gente se refiere al «marxismo cultural», están hablando del problema de la política de identidad que actualmente se manifiesta en la izquierda y que se conoce como «activismo por la Justicia Social». Lo ven como una transferencia directa de las ideas marxistas de una clase económica oprimida y otra opresora a las categorías de identidad como raza, género y sexualidad. Esto es claro y fácil de entender, pero no es preciso. La política de identidad tiene su fuente no en la evolución de las ideas marxistas sino de las posmodernas. Más específicamente, proviene de varias formas de estudios de identidad que recurren a ideas posmodernas y descuidan casi por completo la clase.

A veces el posmodernismo y el marxismo se mezclan con el «marxismo cultural» o el «neomarxismo posmoderno» de manera cínica y estratégica. Los intelectuales de derecha pueden hacerlo para relacionar a su conveniencia a sus dos enemigos: la izquierda económica y la izquierda identitaria. El posmodernismo y particularmente los estudios de identidad son mucho más recientes que el marxismo y tan densamente teóricos que son difíciles de relacionar con los problemas actuales. El marxismo, por otro lado, tiene principios fácilmente comprensibles y una historia autoritaria y sangrienta que destacar y asustar a la gente.

Sin embargo, la mayoría de las personas que hacen esta combinación son perfectamente sinceras. Están tratando de entender un problema que ven en la izquierda y se aferran a algo con raíces históricas que pueden ser fácilmente entendidas. Con frecuencia me señalan que el actual problema de la «Justicia Social», de la «política de identidad», es que implica creer en clases opresoras y oprimidas y que es revolucionario. Lo dan como prueba de su similitud con el marxismo.

Esto no es nada satisfactorio. Creer en clases opresoras y clases oprimidas puede ser verdadero o falso. El derrocamiento revolucionario puede ser argumentado a favor o en contra de la ética. Es particularmente irónico que muchas de las personas que promueven estos elementos como intrínsecamente marxistas sean patriotas estadounidenses. Con orgullo defienden el derrocamiento del colonialismo británico mediante la revolución, pero no se consideran proto-marxistas. Del mismo modo, aquellos que creen que al promulgar brexit están liberando al pueblo británico de un poder externo opresivo no creen que lo que están haciendo sea marxismo. Eso se debe a que no lo es.

Tratar de derrocar los desequilibrios de poder no es propiedad del marxismo, sino del liberalismo surgido de la larga historia moderna. Esto derivó en la libertad del pueblo del feudalismo, la teocracia, la esclavitud, el patriarcado, el colonialismo y el apartheid. Lo que tenemos que decidir ahora mismo no es si los desequilibrios de poder que los académicos y activistas de la Justicia Social afirman que existen se derivan de las ideas marxistas, sino si son reales y si necesitan ser derrocados.

Hay un sector influyente de la sociedad que cree que los discursos dominantes siguen siendo profundamente racistas, sexistas y homófobos. Ven muchas pruebas de la existencia del patriarcado, la cultura de violación, la supremacía blanca, la transfobia y el imperialismo. Estas ideas provienen de las universidades, pero no de la escuela de Frankfurt. Están citando a los posmodernos y, en mayor medida, a los teóricos del feminismo interseccional, la teoría crítica de la raza, la teoría queer y los estudios poscoloniales o decoloniales para hacerlo.

Los posmodernos originales eran radicalmente escépticos con que pudiese existir cualquier verdad que no esté construida por el poder mediante el uso del lenguaje. Oleadas sucesivas de teoría crítica basada en la identidad han confirmado esta creencia. La han politizado de manera más explícita y la han aplicado a la identidad, al tiempo que ignoran en gran medida la identidad de clase, salvo que a veces hablan de boquilla de anticapitalismo. Por eso vemos un intenso enfoque en la sociedad como construida de sistemas de poder, privilegio y marginación. Por eso que escuchamos que las diferentes demografías tienen diferentes conocimientos y que la ciencia y la razón y el liberalismo son conocimientos masculinos blancos que dominan y oprimen injustamente a los grupos minoritarios. Por eso se nos dice que el lenguaje es peligroso y que hay que regularlo.

¿Están en lo cierto sobre esto? ¿Vivimos en un patriarcado imperialista, heterocéntricoentrista y supremacista blanco o no? Para la mayoría de los liberales, la respuesta es «no», incluso si reconocemos que el racismo, el sexismo y la homofobia siguen existiendo y necesitan ser abordados. La narrativa cultural dominante de la sociedad británica no es que los hombres sean superiores a las mujeres, los blancos superiores a los negros, los asiáticos y las minorías étnicas, o los heterosexuales superiores a los homosexuales. Vemos esto en el apoyo generalizado a la igualdad de género, la igualdad racial y cuestiones como el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Por lo tanto, las personas que creen que la sociedad está gobernada por sistemas de poder opresivos, basados en la identidad, que perpetúan el conocimiento a través de formas de hablar de las cosas, están en gran medida equivocadas y los liberales tienen que defenderse de eso. No llamándolo una forma de marxismo, sino entendiendo cómo funciona realmente. Para defenderse contra esto, necesitamos defender los frutos de la modernidad: la ciencia, la filosofía centrada en la razón, las instituciones fuertes y la democracia laica y liberal. Tenemos que defender los valores liberales de individualidad y universalidad en los que cada individuo es miembro de nuestra humanidad compartida y debe tener derecho a acceder a todas las oportunidades que nuestras sociedades compartidas tienen que ofrecer. Estos son los que han hecho avanzar la justicia social y pueden seguir haciéndolo, mientras que las políticas de identidad en su forma de «Justicia Social» solo pueden dividir, obstaculizar y socavar los valores liberales de la igualdad.

A veces se hace referencia a estos valores como «valores occidentales», aunque en todas partes existen demócratas liberales racionales, empíricas y seculares. Sin embargo, la Ilustración y la formación del método científico y las democracias liberales seculares se formaron y arraigaron en Occidente. Nosotros, sus afortunados herederos, no debemos darlos por sentados y descuidar su defensa. No porque sean occidentales, sino porque han demostrado su eficacia para facilitar el avance del conocimiento y el progreso de los derechos humanos y la igualdad.

La visión del mundo de la Justicia Social es irracional y contraproducente para el progreso. No es marxismo y no necesitamos decir que lo es para hacerle oposición. Podemos simplemente defender los frutos de la modernidad y con ellos la búsqueda del conocimiento objetivo, la priorización de la razón y el principio liberal de la igualdad de derechos, libertades y oportunidades independientemente de la raza, el género y la sexualidad. Eso es lo que debemos hacer.

Helen Pluckrose es una investigadora de humanidades que se centra en la escritura religiosa por y para mujeres de la Alta Edad Media y la Edad Moderna. Es crítica con el postmodernismo y el constructivismo cultural que ve dominando en las humanidades actualmente. En Twitter @HPluckrose

Fuente: Areo

Written by

Traducciones sobre los asuntos de los hombres, la izquierda liberal, las políticas de identidad y la moral. #i2 @Carnaina

Get the Medium app

A button that says 'Download on the App Store', and if clicked it will lead you to the iOS App store
A button that says 'Get it on, Google Play', and if clicked it will lead you to the Google Play store