Justin Tosi y Brandon Warmke

Kurt Baier escribió que “a menudo el discurso moral es bastante repugnante. Hacer acusaciones morales, expresar indignación moral, emitir juicios morales, asignar la culpa, administrar la reprimenda moral, justificarse y, sobre todo, moralizar […] ¿quién puede disfrutar de ese discurso?”. [1] Cuando el discurso moral público está en todo su explendor, pensamos que estas características (si están presentes) no son aceptables. Pero también pensamos que, hasta cierto punto, Baier tiene razón: el discurso moral público, es decir, el discurso destinado a llevar algún asunto de importancia moral a la conciencia pública, a veces no está a la altura de su ideal. El discurso moral público puede ir mal de muchas maneras. Una de ellas es un fenómeno que creemos que está muy extendido: el exhibicionismo moral (en adelante, “exhibicionismo”). [2] Comenzamos desarrollando una explicación del exhibicionismo. Luego mostramos que nuestra explicación, con el apoyo de algunas tesis estándar de la psicología social, da cuenta de las formas características en que el exhibicionismo se manifiesta en el discurso moral público. Concluimos argumentando que hay buenas razones para pensar que el exhibicionismo moral es típicamente malo y debe ser evitado.

1. ¿Qué es el exhibicionismo moral?

Sea lo que sea cierto sobre la naturaleza de la moral, su eficacia en el mundo real depende en gran medida de la práctica del discurso moral público. La capacidad de discutir con eficacia asuntos de interés moral con otras personas es una herramienta indispensable tanto para el trato interpersonal como para promover la mejora moral. Se podría esperar encontrar una reverencia universal por una práctica tan importante. Como mínimo, se esperaría que las personas utilizaran las herramientas del discurso moral con cuidado, para que sigan siendo eficaces. Pero la queja de Baier sobre la repugnancia de algunos discursos morales tiene impacto, lo que sugiere que el discurso moral público no está a la altura de su ideal.

Ese discurso moral que a veces sale mal debería ser un asunto de seria preocupación. Cuando el discurso moral es repugnante, puede ser malo para la práctica del discurso moral público. Puede ser irrespetuoso para los demás abusar de la práctica para la promoción de los propios intereses. Y puede indicar algo malo en el carácter de la persona que se dedica a hablar de manera repugnante sobre la moralidad. En resumen, el discurso moral en sí mismo puede convertirse en una forma de mal comportamiento. Este artículo examina el exhibicionismo moral, una forma prominente de discurso moral repugnante, y considera sus implicaciones morales.

Para la mayoría de los lectores, las acusaciones de exhibicionismo moral son familiares. Especialmente en la política contemporánea, donde un discurso público saludable es vital, las acusaciones de exhibicionismo son difíciles de pasar por alto. Por ejemplo, el 11 de julio de 2013, el Senado de los EE.UU. abrió el debate sobre los nuevos esfuerzos para promulgar una reforma integral de la inmigración. Anticipándose al discurso público que vendría a continuación, el Consejo Americano de Inmigración emitió una declaración el mismo día, instando a que “la evidencia, más que el exhibicionismo y la retórica, debería impulsar el debate en el Senado”. [3] Y el sitio web de la campaña presidencial de Donald Trump para el 2016 incluía las frases “Necesitamos soluciones reales para abordar problemas reales. Sin grandes pretensiones ni agendas políticas”. [4] Consideramos que los senadores y los candidatos presidenciales no son los únicos que pueden hacer exhibicionismo. A pesar de ser casi universalmente ridiculizado, el exhibicionismo es un hecho común en el discurso público. ¿Pero qué es? [5]

A continuación, damos cuenta de los rasgos centrales y distintivos de los casos paradigmáticos del exhibicionismo. En nuestra opinión, el exhibicionismo, incluso el de la variedad moral, es un fenómeno social diverso y difuso, muy parecido a, digamos, el amor, la culpa, el perdón, la acusación y la disculpa. Y como pasa en este tipo de fenómenos, somos escépticos de que exista un conjunto esclarecedor y no trivial de condiciones necesarias y suficientes que capten la extensión del concepto de exhibicionismo. Nuestros difusos comportamientos exhibicionistas forman una constelación, algunos de ellos más cercanos al centro que otros. Los casos de exhibicionismo que constituyen el centro de la constelación son paradigmáticos. Proponemos, entonces, dar cuenta de los casos paradigmáticos iluminando las características en el centro del fenómeno. Nuestra explicación sobre el exhibicionismo tiene por objeto, pues, captar los casos que las personas familiarizadas con la práctica reconocerían más fácilmente como casos de exhibicionismo y utilizarían como marco de referencia para juzgar si un determinado fenómeno es un caso de exhibicionismo (aunque sea de tipo no paradigmático).

Por lo tanto, no pretendemos ofrecer un análisis completo del concepto de exhibicionismo, ni siquiera una explicación exhaustiva del fenómeno. Nuestra explicación del exhibicionismo tiene un alcance limitado: solo pretende iluminar el tipo de exhibicionismo que se produce en el contexto del discurso moral público. No pretendemos establecer una distinción clara entre el discurso moral público y el privado, pero en términos generales, el discurso moral público implica una comunicación que tiene por objeto llevar alguna cuestión moral a la conciencia pública. Esto contrasta con el típico discurso moral privado, que normalmente implica una comunicación que no está destinada a ser consumida por segmentos más amplios de la comunidad moral.

Afirmamos que el fenómeno del exhibicionismo se caracteriza por dos rasgos centrales. Los tomaremos por turnos. El primer rasgo central es que el exhibicionista desea que los demás la consideren moralmente respetable en relación con algún asunto de interés moral. [6] Cuando decimos que el exhibicionista desea que los demás lo consideren moralmente respetable, queremos decir que quiere que los demás hagan una evaluación moral positiva de él o del grupo con el que se identifica.

En algunos casos, un exhibicionista querrá que los demás piensen que él simplemente cumple con alguna referencia de base normativa, mientras que otros no lo hacen. Supongamos que la moralidad requiere un cierto nivel mínimo de atención a los inmigrantes. En este caso, el exhibicionista podría querer simplemente ser visto como meramente respetable moralmente en un mundo en el que piensa que solo unas pocas personas valiosas cumplen ese umbral mínimo. Por ejemplo, un exhibicionista podría desear que otros lleguen a creer que aunque en la práctica nadie se preocupa lo suficiente por los inmigrantes, el exhibicionista (o su grupo) sí lo hace.

A veces, sin embargo, juzgamos que alguien no solo cumple con un umbral mínimo de respetabilidad, sino que es muy o eminentemente respetable, es decir, consideramos que algunas personas son dignas de un gran respeto moral. Así que hay otro sentido en el que un exhibicionista puede querer ser visto como respetable cumpliendo con un estándar más elevado. Por ejemplo, uno podría querer que los demás creyeran que mientras la moralidad requiere un cierto nivel de preocupación por los inmigrantes, la preocupación propia (o la de su propio grupo) por los inmigrantes supera con creces ese umbral. En estos casos, uno quiere que los demás piensen que uno es muy o eminentemente respetable moralmente. Aquí, uno quiere ser visto no solo como que cumple con una referencia de base normativa. Más bien, uno quiere ser visto como un parangón de moralidad.

La idea básica, entonces, es que un exhibicionista desea que otras personas lo reconozcan como moralmente respetable. Para facilitar la expresión, llamemos a este deseo el deseo de reconocimiento. [7] El contenido del deseo de reconocimiento puede ser algo tan general como el deseo de ser considerado simplemente como “moralmente respetable”, interpretado en sentido amplio (aunque tal vez no bajo esa descripción exacta). Aquí, el exhibicionista simplemente quiere una forma general de admiración o respeto por estar “del lado de los ángeles”.

En otros casos, el contenido del deseo de reconocimiento puede ser más fino. Los exhibicionistas pueden querer ser vistos como moralmente respetables de varias maneras. Sugerimos que puede desear que se considere que él mismo (o su grupo) tiene, entre otras cosas, creencias morales respetables (por ejemplo, sobre lo que realmente cuenta como justicia, progreso moral o integridad moral), sensibilidades morales o emociones (por ejemplo, tener un cierto nivel de sensibilidad afectiva a la desigualdad), prioridades morales (por ejemplo, preocuparse por la justicia por encima de todo), o juicio moral práctico (por ejemplo, tener una opinión excepcional de lo que debe hacerse moralmente).

¿Por quién quiere ser reconocido el exhibicionista como moralmente respetable? Depende. En algunos casos, el exhibicionista querrá que los de su propio grupo lo consideren moralmente respetable. Por ejemplo, se puede tratar de que los miembros del grupo interno lo reconozcan como alguien que está “a la derecha” en algún asunto. [8] En otros casos, sin embargo, el exhibicionista querrá que los miembros del grupo externo piensen que él es eminentemente respetable desde el punto de vista moral. Por ejemplo, se podría querer que las personas con las que no se está de acuerdo reconocieran su juicio moral superior y, por lo tanto, le dieran deferencia en el discurso moral. En otros casos, el exhibicionismo de uno se dirigirá a un público general, sin intención de discriminar, simplemente se quiere impresionar al público.

Por último, observamos que el exhibicionismo no requiere creer que uno tiene un cierto nivel de respetabilidad moral. Imaginemos, por ejemplo, a un político que, en sus discursos, finge empatía por la difícil situación de los trabajadores de las fábricas estadounidenses porque quiere que los votantes piensen que nadie se preocupa por ellos más que él.

Pasemos ahora a la segunda característica central del exhibicionismo. Cuando la gente se exhibe, lo hace haciendo algún tipo de contribución al discurso moral público: dicen o escriben algo, por ejemplo. Llamamos a esta contribución expresión del exhibicionismo. El segundo rasgo central es el siguiente: cuando uno se exhibe, contribuye con una expresión de exhibicionismo para satisfacer el deseo de reconocimiento. En otras palabras, las expresiones de exhibicionismo de uno son intentos de hacer creer a los demás que uno es moralmente respetable.

Nuestra afirmación aquí es que el deseo de reconocimiento juega un papel motivador en casos paradigmáticos de exhibicionismo. Aunque el deseo de reconocimiento puede no ser el único deseo que motiva la expresión de exhibicionismo, o ni siquiera es el deseo principal en su motivación, el deseo de reconocimiento tiene una contribución motivadora significativa. Es decir, el exhibicionista dice lo que hace en gran parte porque desea que los demás lo consideren moralmente respetable. Sin embargo, nuestros motivos para actuar son a menudo mixtos. Los casos de exhibicionismo no son diferentes. Uno puede querer que los demás se queden impresionados con el propio compromiso sin igual con los derechos de los trabajadores y también esperar que, después de escuchar lo que uno tiene que decir, otros tomen medidas para apoyar el movimiento laboral.

Entonces, ¿cuánta fuerza motivacional debe aportar el deseo de reconocimiento para que la contribución de uno cuente como exhibicionismo? Pensamos en el exhibicionismo como una noción de umbral. Para que una contribución al discurso moral público cuente como exhibicionismo, el deseo de reconocimiento debe jugar un papel motivador suficientemente significativo. ¿Cómo de significativo? Creemos que el deseo debe ser lo suficientemente fuerte como para que si el exhibicionista descubriera que nadie llega a considerarla moralmente respetable en el sentido pertinente, se decepcionará.

Dado que estamos dilucidando los rasgos centrales y distintivos de los casos paradigmáticos, subrayamos que no pretendemos que todos los casos de exhibicionismo deban estar motivados (en un grado u otro) por el deseo de reconocimiento. Sospechamos que puede haber casos de un fenómeno propiamente dicho de exhibicionismo, en el que exhibicionista no posee en absoluto el deseo de reconocimiento. Estamos abiertos a la posibilidad de que a veces el exhibicionismo puede surgir de otras fuentes de motivación. Por ejemplo, una persona con poca experiencia en el discurso moral público podría observar a los exhibicionistas en acción, llegar a la conclusión de que esa es la forma ideal de discurso moral y comenzar a imitar las expresiones de exhibicionismo. Aunque este novato contribuya de buena fe, puede participar en una especie de exhibicionismo, aunque tal vez no sea de tipo paradigmático.

Además, algunos comportamientos que podríamos describir como exhibicionistas pueden surgir del deseo de silenciar a un rival. En tales casos, el exhibicionismo de uno puede tener la intención de socavar la credibilidad de los demás. Sin embargo, incluso en estos casos, sospechamos que la forma en que funciona el exhibicionismo a menudo (pero no siempre) es silenciar a un rival presentando al orador como más respetable moralmente por contraste implícito. Así pues, el exhibicionismo funciona como un intento de silenciar o desacreditar a otros participantes del discurso comunicando que sus opiniones no merecen ser consideradas o comprometidas porque están en manos de alguien que no es moralmente respetable, o lo es en mucha menor medida. En cualquier caso, nos centraremos en lo que consideramos que son los casos más claros de exhibicionismo: casos en los que el exhibicionista posee el deseo de reconocimiento, y este deseo desempeña un papel importante en la motivación de su contribución al discurso moral público.

2. Las manifestaciones del exhibicionismo

En esta sección, exploramos las formas características en que el exhibicionismo se manifiesta en el discurso moral público. Como explicaremos, el exhibicionismo se manifiesta de forma característica en varios fenómenos: (1) muestras de adhesión (piling on); (2) escalada (ramping up); (3) invención embaucadora (trumping up); (4) exhibiciones o informes emocionales excesivos; y (5) afirmaciones de autoevidencia. Una buena exposición general de los rasgos centrales del exhibicionismo debería tener los recursos para explicar por qué tiene estas manifestaciones características. Demostraremos que la explicación que proporcionamos en la Sección 1, cuando se une a algunas tesis estándar de la psicología social, lo hace. [9]

En primer lugar, el exhibicionismo se manifiesta a menudo con actos de muestras de adhesión: la reiteración de algo que ya se ha dicho con el fin de entrar en la acción, y registrar la propia inclusión en lo que se cree que es el lado correcto. Por ejemplo, supongamos que numerosos comentaristas ya han expresado su opinión de que se debe iniciar una petición para protestar por alguna injusticia y que el asunto ya no está en discusión. Sin embargo, alguien podría añadir lo siguiente:

Quiero hacerme eco de lo que otros han dicho. Esta petición es vital para la causa de la justicia y el apoyo de todo corazón. Necesitamos mostrar que estamos en el lado correcto de la historia.

Nuestra explicación da cuenta de por qué el exhibicionismo se manifestaría de esta manera: si uno desea que los demás piensen que uno es, pongamos por caso, miembro de un grupo moralmente respetable, una estrategia obvia para satisfacer este deseo es registrar su punto de vista en la plaza pública, aunque al hacerlo no se avance sustancialmente en la discusión.

Una forma de entender las muestras de adhesión es como una forma de expresión de un fenómeno ampliamente estudiado en la psicología social — la comparación social — : las personas en general quieren percibirse a sí mismas y por los demás de modo favorable. [10] Al escribir sobre el fenómeno de la comparación social que se manifiesta en el contexto de la deliberación de grupo, Cass Sunstein nos dice que una vez que los participantes “escuchan lo que otros creen, ajustan sus posiciones en la dirección de la posición dominante”. [11] Los miembros del grupo, al no querer ser vistos como cobardes o cautelosos en relación con otros miembros del grupo, registran entonces su acuerdo para no ser percibidos por otros de modo menos favorable que los que ya han hablado. Por lo tanto, las muestras de adhesión ofrecen una forma de ser percibido de modo favorable por los demás. Así que los exhibicionistas pueden hacer muestras de adhesión para que los demás los vean como miembros de un grupo moralmente respetable.

El exhibicionismo también se manifiesta en lo que llamamos escalada, es decir, hacer afirmaciones cada vez más fuertes sobre el asunto en cuestión. Consideremos el siguiente tipo de intercambio:

Ann: Todos estamos de acuerdo en que el comportamiento de la senadora estuvo mal y que debería ser censurada públicamente.

Biff: Oh, por favor, si realmente nos preocupamos por la justicia deberíamos pedir su destitución. Simplemente no podemos tolerar ese tipo de comportamiento y no lo toleraré.

Cal: Como persona que ha luchado durante mucho tiempo por la justicia social, simpatizo con estas sugerencias, pero ¿alguien conoce el derecho penal sobre este tema? Quiero sugerir que deberíamos presentar cargos criminales. Todos haríamos bien en recordar que el mundo nos está mirando.

Nuestra explicación general también da cuenta por qué el exhibicionismo se manifiesta a menudo en escalada: si una de las posibles motivaciones para el exhibicionismo es mostrar que uno es más respetable moralmente que los demás, entonces podemos esperar a menudo una especie de carrera de armamento moral. Se pueden utilizar afirmaciones cada vez más fuertes para señalar que uno está más a tono con los asuntos de la justicia y que los demás simplemente no entienden o no aprecian el matiz o la gravedad de la situación. [12]

Para ver esto, recuerde la conversación anterior. Biff y Cal podrían haberse considerado moralmente respetables de alguna manera sobre el asunto en cuestión. Pero esto fue antes de que Ann hiciera pública su propia recomendación moral. Una vez que Ann ofrece su diagnóstico moral, Biff y Cal deben hacer un movimiento para mantener su posición percibida dentro del grupo. Y así, como nos dice Sunstein, mientras que la dinámica detrás de la comparación social “es que la mayoría de la gente quiere tomar una posición de tipo socialmente preferida […] nadie puede saber cuál sería esa posición hasta que las posiciones de los demás sean reveladas. Así los individuos mueven sus juicios para preservar su imagen ante los demás y ante sí mismos”. [13] En otras palabras, no solo el exhibicionismo de Biff y Cal tenderá a empujar los puntos de vista del grupo hacia un extremo, sino que la misma Ann puede terminar cambiando su propio punto de vista para mantener la imagen que desea proyectar al resto del grupo.

En relación con esto, el exhibicionismo puede tomar la forma de lo que podemos llamar invención embaucadora: la insistencia en la existencia de un problema moral donde no lo hay. Si los exhibicionistas están ansiosos por demostrar que son moralmente respetables, pueden estar demasiado ansiosos por identificar como problemas morales las cosas que otros han considerado (correctamente) como moralmente no problemáticas. Inventar funciones para demostrar que uno es moralmente respetable en la medida en que tiene, por ejemplo, un sentido moral más agudo que los demás. Mientras que algunas supuestas injusticias caen por debajo del radar moral de muchos, no son pasadas por alto por el ojo vigilante de los moralmente respetables. Nuestra explicación da cuenta de esta manifestación de exhibicionismo: uno puede tratar de demostrar que es moralmente respetable tratando de llamar la atención sobre características del mundo que (con razón) parecen moralmente no problemáticas para los demás.

En cuarto lugar, el exhibicionismo suele caracterizarse por exhibiciones o informes de indignación excesiva u otras emociones fuertes. Cuando se adquiere indignación moral, la presunción implícita es que la persona más indignada tiene la mayor perspicacia moral o tal vez la convicción moral más fuerte sobre el tema en cuestión. El trabajo empírico sobre la convicción moral revela que las manifestaciones emocionales suelen ser buenos indicadores de la seriedad con que alguien se toma un asunto moral. Por ejemplo, consideremos el conocido trabajo de Linda Skitka en psicología social sobre “convicción moral”, “la fuerte y absoluta creencia de que algo es correcto o incorrecto, moral o inmoral”. [14] Las convicciones morales son un subconjunto de los juicios morales que se distinguen por tres características: 1) se consideran universales (no solo, por ejemplo, una preferencia personal); 2) se cree que identifican hechos del mundo fácilmente describibles y bastante obvios; y 3) son fuentes de respuestas emocionales muy fuertes que surgen cuando, por ejemplo, se defiende o protege la creencia absoluta en el bien o en el mal. [15] Cabe destacar que Skitka descubrió que “hay fuertes conexiones entre tener convicciones morales sobre los problemas y tener reacciones emocionales fuertes a estos problemas”. [16] Descubrió que las reacciones emocionales más fuertes ante diversos actos o políticas (estudió, por ejemplo, el suicidio asistido por médicos y la guerra de Iraq) se correlacionaban con una convicción moral más fuerte sobre esos actos o políticas, y que esto es así incluso cuando se controla por variables como la religiosidad. [17]

Parece entonces que algo como una muestra o informe de la indignación de uno sobre una cuestión moral puede ser una señal fiable de la fuerza de la convicción moral de uno sobre ella. Si es así, esas manifestaciones emocionales podrían utilizarse de manera estratégica para comunicar a otros las propias convicciones morales elevadas, en relación con otros miembros del grupo. Los exhibicionistas pueden entonces explotar esta suposición de fondo y así emplear la indignación para señalar que están más afectados por el desorden moral del mundo, o sentir más empatía con las víctimas de las malas acciones. Tales muestras de indignación pueden llevar a otros a considerarlo más perspicaz o sensible moralmente, y por eso nuestra explicación da cuenta de por qué el exhibicionismo implica tan a menudo una indignación excesiva: ser visto como más perspicaz o sensible moralmente es una forma de ser visto como moralmente respetable.

Por último, la explicación del exhibicionismo que hemos propuesto tiene sentido porque los exhibicionistas a menudo afirman que sus puntos de vista son evidentemente verdaderos: “Si no puedes ver que así es como debemos responder, entonces me niego a seguir comprometiéndome contigo”. Las afirmaciones sobre su autoevidencia pueden ser usadas para señalar que las sensibilidades morales de uno están más afinadas que las de otros, y por lo tanto que uno es moralmente respetable. Lo que no es obvio para los demás es dolorosamente obvio para el exhibicionista. Además, toda sugerencia de complejidad moral o expresión de duda, incertidumbre o desacuerdo suele ser calificada por el exhibicionista como reveladora de una deficiencia en la sensibilidad a las preocupaciones morales o en el compromiso con la moral misma. [18]

3. La moralidad del exhibicionismo

Sospechamos que la mayoría de la gente estaría de acuerdo en que el exhibicionismo es molesto. Creemos que también es moralmente problemático. En nuestra opinión, la gran mayoría de los exhibicionismos morales son malos, y, en general, no se deberían hacer exhibicionismos. Aducimos algunas razones para esta opinión en breve, pero debemos hacer algunos puntos preliminares.

En primer lugar, no discutiremos que nunca se debe hacer exhibicionismo. Estamos abiertos a la posibilidad de que haya circunstancias en las que o bien un caso de exhibicionismo no posea características del mal hacer o, incluso si un caso tiene las características del mal hacer, la opción de no hacer exhibicionismo será aún peor.

En segundo lugar, no reclamaremos que la gente que hace exhibicionismo es mala en virtud de eso. Todos tenemos defectos que a veces se revelan en la plaza pública. Participar en un exhibicionismo no es obviamente peor que muchos otros defectos, y una propensión al exhibicionismo no es una prueba irrefutable de que alguien carece de buen carácter.

En tercer lugar, aunque creemos que el exhibicionismo es típicamente malo y no debería hacerse, no estamos prescribiendo ningún mecanismo de aplicación social particular para tratarlo. En la actualidad, nuestras preocupaciones giran en torno a la naturaleza del exhibicionismo y su estatus moral. De ello no se desprende, al menos de manera directa, que la gente deba intervenir en el discurso moral público para desalentar a otros del exhibicionismo, o para culparlos por exhibicionismo.

En cuarto lugar, distinguimos entre a) una objeción a la moralidad de un caso individual de exhibicionismo y b) una objeción a la moralidad de la práctica social más general de exhibicionismo. Por ejemplo, un caso concreto de exhibicionismo puede carecer de una determinada característica del mal hacer G, aunque en ese caso concreto puede desempeñar un importante papel causal en la promoción de una práctica generalizada de exhibicionismo que sí tiene la característica G. Lo contrario también puede ser válido: los actos individuales de exhibicionismo pueden ser malos en formas que no se aplican a la práctica más general. Algunas de nuestras críticas acusarán al “exhibicionismo” en ambos niveles. Otras críticas se dirigirán solo a uno u otro de estos niveles. A lo largo de todo el proceso, anotaremos el objetivo de cada objeción.

Por último, observamos que los puntos de vista considerados sobre la moralidad del exhibicionismo dependen en gran medida de los puntos de vista sobre la ética normativa en general. Tratamos de mantenernos neutrales entre las teorías morales y solo pretendemos plantear una serie de problemas morales con el exhibicionismo. Sin embargo, las consideraciones que aducimos son diversas. Aquí hay, por decirlo así, para casi todo el mundo.

Consideremos, en primer lugar, los efectos perjudiciales que el exhibicionismo — tanto en los casos individuales como en su práctica general — suele tener en el discurso moral público. Para poner de relieve estos efectos, es útil comparar el exhibicionismo con un fenómeno discursivo similar: meter paja (bullshitting). Harry Frankfurt sostuvo que una de las características problemáticas de meter paja es que tiene poco que ver con el propósito justificador o el objetivo principal de la práctica más general con la que se asocia. En efecto, meter paja interfiere con la eficacia de las afirmaciones que los comentaristas creen que son verdaderas. [19] A medida que más personas meten paja, la calidad del discurso disminuye, se vuelve menos fiable, y así sucesivamente.

Aunque el exhibicionismo no tiene por qué ser una forma de meter paja, también puede interferir en la eficacia del discurso público. Para ver por qué, consideremos que el discurso moral público puede hacer varias cosas, pero la función básica y primordial que justifica la práctica es identificar públicamente ciertos rasgos morales de un estado de cosas, y a veces de manera adicional explicar la evaluación de ese estado o recomendar alguna respuesta adecuada. En resumen, el objetivo del discurso moral público es mejorar las creencias morales de la gente, o estimular la mejora moral en el mundo. Por supuesto, las contribuciones individuales al discurso moral público a veces tienen como objetivo alcanzar objetivos adicionales. Apuntar a algún otro objetivo además de mejorar las creencias y estimular la mejora no es necesariamente algo malo. Pero hacerlo podría ser problemático si socava nuestra capacidad de cumplir los objetivos primarios del discurso moral público. Creemos que el exhibicionismo interfiere con la función primaria del discurso moral público, y que esta es una de las razones para pensar que — como meter paja — es moralmente problemático. Aquí discutimos tres efectos negativos de la exhibicionismo que, en nuestra opinión, interfieren con la función primaria del discurso: aumento del cinismo, agotamiento de la indignación y polarización grupal. Los tocaremos por turnos.

El exhibicionismo probablemente promueve un cinismo malsano sobre el discurso moral. ¿Por qué? El cinismo, tal y como usamos aquí el término, es una forma de escepticismo y desilusión sobre la sinceridad de las contribuciones de la gente al discurso moral. [20] Recordemos que muchos casos de exhibicionismo ocurren porque los exhibicionistas quieren ser que se los consideren del lado de los ángeles. Sin embargo, una vez que los observadores lleguen a ver esto como una motivación común para las reivindicaciones morales, pueden comenzar a pensar de manera espontánea que de lo que trata realmente el discurso moral es de mostrar que su corazón está en el lugar correcto.

Por lo tanto, el exhibicionismo puede jugar un papel importante en el fomento del cinismo sobre el discurso moral. Mientras que el discurso moral puede desarrollarse bajo la pretensión de abordar la injusticia, muchas contribuciones están de hecho destinadas a hacer creer a otros que uno es moralmente respetable. Así pues, a medida que se generaliza el exhibicionismo, se produce una devaluación de la moneda social del discurso moral. [21] Y aun cuando los casos individuales de exhibicionismo producen de manera directa solo un poco de cinismo, pueden terminar produciendo mucho más cinismo de manera indirecta debido a lo que Kruger y Gilovich llaman “cinismo ingenuo”, un sesgo cognitivo que nos lleva a esperar que los demás tengan un sesgo más egocéntrico de lo que tienen en realidad. [22] En otras palabras, aunque los casos individuales por sí mismos producen solo un poco de cinismo, este cinismo generado de manera directa puede perjudicarnos al ser más cínicos sobre el discurso moral público en general, incluso cuando nadie es exhibicionista. La presencia de la práctica general del exhibicionismo se convierte, por lo tanto, en una fuente de aún más cinismo. De hecho, algunos podrían acusarnos de ser excesivamente cínicos como ensayistas sobre el discurso público. Tal vez sea así, tal vez somos cínicos de un modo ingenuo. Pero sospechamos que este cinismo exacerbado se debe en parte a la existencia de la práctica general del exhibicionismo. Porque sabemos que mucha gente se dedica a ello, esto hace más fácil ser cínico sobre el discurso moral en general. Pero esto, por supuesto, es exactamente nuestro argumento.

Otra forma en que la que el exhibicionismo puede devaluar el discurso moral público es a través de lo que llamamos agotamiento de la indignación. Dado que el exhibicionismo suele implicar un exceso de indignación u otras expresiones emocionales manifiestas, predecimos que los participantes en el discurso moral público a menudo tendrán más dificultades para reconocer cuándo la indignación es una señal fiable de injusticia, y también les resultará cada vez más difícil reunir la indignación cuando sea realmente apropiado. Nuestra preocupación, por lo tanto, no es sobre la indignación moral como tal — pensamos que hay muchas injusticias para las cuales la indignación moral es totalmente apropiada — . Tampoco nos preocupa que la gente pueda estar en desacuerdo sobre cuándo son adecuados ciertos grados de indignación. Lo que nos preocupa es que, dado que el exhibicionismo puede implicar manifestaciones emocionales desproporcionadas con respecto a su objetivo, y dado que el exhibicionismo a menudo adopta la forma de una escalada, un discurso público abrumado por el exhibicionismo estará sujeto a este efecto de abaratamiento. Esto puede ocurrir a nivel de casos individuales de exhibicionismo, pero es especialmente perjudicial para el discurso cuando el exhibicionismo se practica ampliamente.

De igual modo, dado que el exhibicionismo suele dar lugar a lo que hemos denominado escalada e invención embaucadora (ramping up and trumping up), contribuye a la polarización grupal, fenómeno por el cual los miembros de un grupo que delibera tienden a avanzar hacia puntos de vista más extremos. [23] Así, por ejemplo, imaginemos que después de un tiroteo en una escuela muy publicitada, un grupo de personas de la comunidad se reúne para considerar la posibilidad de proponer nuevas medidas de control de armas. Supongamos que al principio la mayoría del grupo apoya tentativamente las nuevas medidas de control de armas. Sin embargo, después de la deliberación, el grupo tenderá a avanzar hacia un apoyo entusiasta a esas mismas nuevas leyes. Esto es la polarización del grupo. [24]

Una de las razones de ello, como sostiene Sunstein, tiene que ver con el fenómeno de la comparación social antes mencionado: los comentaristas “desean mantener su reputación y su autoconcepto”. [25] Por lo tanto, cuando se trata del exhibicionismo, si los miembros de un grupo están motivados para superarse unos a otros con sus contribuciones al discurso moral público, entonces la dinámica de su grupo tenderá a empujarlos a defender opiniones cada vez más extremas.

Este efecto no solo aumenta la probabilidad de que los exhibicionistas propugnen opiniones falsas, sino que también fomenta entre la gente no asociada al grupo la impresión de que la moralidad es un asunto desagradable y que el discurso moral consiste principalmente en afirmaciones extremas e inverosímiles. Este efecto también puede producirse a ambos niveles. En un debate concreto, uno o más actos de exhibicionismo pueden promover la polarización, como en el ejemplo que da Sunstein. Pero tras repetidas iteraciones de conversaciones en las que se introduce el exhibicionismo en grandes segmentos de una población, las opiniones (o supuestas opiniones) de grupos enteros pueden llegar a polarizarse más.

Sin embargo, hay que admitir que, a pesar de todos estos posibles efectos negativos, los casos individuales de exhibicionismo pueden tener a veces buenas consecuencias. Los exhibicionistas pueden inspirar a sus seguidores y causar presión social para la reforma en casos que de otro modo podrían haber escapado a la atención pública. Las afirmaciones de los exhibicionistas pueden servir de puntos de coordinación eficaces cuando los grupos no pueden llegar a un consenso de otro modo. Y el exhibicionista cantante principal de una banda activista de punk rock podría mover a un desganado joven de diecisiete años a “echar un vistazo” a la campaña presidencial de Ralph Nader, y por lo tanto, de manera indirecta, llevarlo a una vida de compromiso con la filosofía moral y política. Estas y otras muchas cosas buenas podrían suceder por el exhibicionismo. Pero incluso cuando el exhibicionismo promueve lo bueno, puede contribuir a los efectos negativos que hemos descrito. Además, su eficacia en la obtención de estos resultados positivos no pasa desapercibida para aquellos que la utilizarían para el mal. Y así, incluso si hay casos de exhibicionismo con buenos resultados, esto puede animar a otros a hacer exhibicionismo de manera que promueva malos resultados.

Dejando a un lado las preocupaciones sobre los efectos de los exhibicionismos, también hay buenas razones para pensar que los exhibicionismos suelen ser irrespetuosos con las personas a las que se dirigen cuando uno se exhibe. El discurso moral público es una práctica que puede funcionar más o menos bien. El grado de eficacia depende de que los participantes se ajusten a normas — explícitas o de otro tipo — que promuevan los fines de la práctica, cualesquiera que sean las ventajas de la defección individual. Supongamos, pues, que el exhibicionismo logra generalmente conferir al exhibicionista cierto reconocimiento público de su supuesta respetabilidad moral. Si esto es así, entonces el exhibicionismo puede entenderse como una forma de aprovecharse de la práctica más general del discurso moral público: el exhibicionismo obtiene los beneficios que generan los participantes en el discurso moral público que no hacen exhibicionismo, al tiempo que acumula para sí mismo el beneficio adicional del reconocimiento público. El exhibicionista se beneficia de la cooperación de otros sin aceptar los costos de la cooperación para sí mismo. Actúa como si se considerara a sí mismo por encima de las reglas que limitan el comportamiento de los demás, y por lo tanto no las respeta.

Dicho de otra manera, el objetivo principal del discurso moral público es promover la mejora de las creencias morales y el comportamiento de la gente. El exhibicionista se involucra en un comportamiento que socava el objetivo principal de la práctica que explota para su propio beneficio si los mismos privilegios que reclama para sí mismo se extendieran a todos. Si el exhibicionismo se convirtiera en la forma dominante de discurso moral público, entonces el discurso moral público probablemente dejaría de ser eficaz para promover su objetivo principal. En el mejor de los casos, en cambio, solo promovería la conciencia de la respetabilidad moral de los participantes. Además, hay buenas razones para sostener que incluso los casos aislados de exhibicionismo — que individualmente no tienen en la práctica ningún efecto en la eficacia del discurso moral público en general — son moralmente problemáticos. Porque si tenemos razón en que el exhibicionismo es a menudo una forma de parasitismo y el parasitismo es típicamente irrespetuoso con aquellos con los que interactuamos, entonces los casos individuales de exhibicionismo también son típicamente irrespetuosos.

Creemos que vale la pena señalar que esta preocupación da una razón a favor de hablar sobre el fenómeno del exhibicionismo: cuando una cantidad suficiente de personas en una discusión tiene conocimiento sobre el exhibicionismo, se vuelve menos beneficioso personalmente para el exhibicionista, y así el exhibicionismo se desincentiva. Dejará de servir como medio eficaz para satisfacer el deseo de reconocimiento, ya que es menos probable que los participantes en el discurso moral público le dé al exhibicionista el reconocimiento social que busca.

Los casos individuales de exhibicionismo también pueden ser irrespetuosos de otra manera. Cuando los exhibicionistas pretenden mostrar que son moralmente respetables, a veces reclaman de manera implícita un estatus elevado para sí mismos como jueces superiores del contenido de la moralidad y su correcta aplicación. El exhibicionismo puede ser una especie de “toma de poder”. Por ejemplo, uno podría emplear el exhibicionismo para buscar un mayor estatus dentro de un grupo a la manera de una especie de sabio moral. Por otra parte, los exhibicionistas a veces desestiman las demandas de los demás como si estuvieran bajo la atención de los moralmente respetables. Esta es una forma objetable de tratar con los pares en el discurso moral público porque en general debemos considerarnos como iguales. Debemos hablarnos como si estuviéramos en una situación de relativa igualdad, y actuar como si las cuestiones morales solo pudieran decidirse por la calidad del razonamiento presentado y no por la identidad del propio presentador. Pero los exhibicionistas parecen a veces negar esto, y al hacerlo no respetan a sus pares.

Se podría objetar que es común en el discurso moral público pedir deferencia a los demás a la luz de, digamos, la experiencia especializada de uno que le confiere una perspicacia moral superior de la que carecen los demás. Por ejemplo, en la protesta pública por el caso Bowe Bergdahl, en el que cinco miembros de los talibanes detenidos por los Estados Unidos fueron liberados a cambio de la liberación de un solo soldado estadounidense, algunos miembros de la comunidad militar defendieron la práctica general del intercambio de prisioneros invocando su experiencia. Podían entender mejor que los civiles, dijeron, por qué la práctica es defendible y moralmente importante.

Concedamos la premisa de que la comunidad militar estaba en lo cierto, que tienen un conocimiento más profundo del valor de la práctica que los civiles, y que todos tendrían creencias más exactas si se remitieran a la voz de la experiencia. Reconocemos que puede haber formas de conocimiento moral que algunos pueden obtener solo aceptando el testimonio de otros, por lo que puede existir algo así como la pericia moral. [26] Pero también pensamos que se abusa mucho de esta noción en el discurso moral público. Con demasiada frecuencia la gente rompe el debate diciendo que no es posible hacerse entender a quienes no están de acuerdo con ellos, dejando sin explorar los recursos argumentales para ayudarse a hacerse entender, o, de hecho, no considerando que ellos mismos podrían estar equivocados. En estos casos, creemos que está claro que sería mejor que, en lugar de invocar su supuesta condición moral respetable y decir a sus pares que simplemente no pueden entender, los que tienen mayor perspicacia moral ofrecieran razones accesibles a todos. Así pues, aunque las afirmaciones de pericia moral pueden estar a veces justificadas epistémicamente, anunciar la propia pericia moral en el discurso público como forma de cambiar de opinión o estimular la mejora moral puede seguir siendo una forma deficiente de abordar la cuestión.

Por último, pensamos que la incongruencia entre el tema del discurso moral público y el comportamiento y la motivación de los exhibicionistas justifica a menudo un juicio aretáico negativo. Los actos individuales de exhibicionismo son típicamente autopromocionales, por lo que el exhibicionismo puede revelar una autoabsorción narcisista o egoísta. [27] El discurso moral público implica hablar de cuestiones serias e importantes: la evaluación de las condiciones que afectan en gran medida al bienestar de millones de personas, la formulación de acusaciones que podrían arruinar vidas, la consideración de una política que podría salvar o arruinar un Estado y sus súbditos, etc. Estos son asuntos que generalmente requieren una preocupación dirigida a otros, y sin embargo los exhibicionistas encuentran la manera de hacer que la discusión, al menos en parte, se refiera a ellos mismos. Al utilizar el discurso moral público para promover una imagen de sí mismos a los demás, los exhibicionistas convierten sus contribuciones al discurso moral en un proyecto de vanidad. Considermose la incongruencia entre, por ejemplo, la gravedad moral de una injusticia histórica mundial, por un lado, y un grupo de conocidos que compiten por la posición de ser los más ofendidos moralmente por ella, por el otro.

Tal comportamiento, creemos, no es el tipo de cosas que deberíamos esperar de una persona virtuosa. Según muchas teorías de la virtud (y muchas otras teorías éticas, además), lo que determina la calidad moral de un acto no es simplemente la naturaleza de su acción, sino también su motivación para actuar así. [28] Tal y como entendemos el exhibicionismo, la motivación del exhibicionista es en gran medida egoísta; está utilizando el discurso moral público para asegurarse ciertos tipos de reconocimiento. Sin embargo, la motivación de la persona virtuosa para participar en el discurso moral público no sería en gran medida egoísta; la persona virtuosa no estaría típicamente motivada para buscar el reconocimiento, la aprobación o el elogio de su supuesta virtud moral. Pero ¿qué tipo de razones motivarían típicamente a la persona virtuosa en sus contribuciones al discurso moral público?

No necesitamos tomar una postura, pero sugerimos dos posibles motivaciones. En primer lugar, la persona virtuosa puede estar motivada por otras razones: quiere ayudar a los demás a pensar más cuidadosamente sobre las cuestiones pertinentes, o quiere dar argumentos y razones para desafiar el pensamiento de los demás de manera que promueva la comprensión. En segundo lugar, la persona virtuosa puede estar motivada por razones de principios: simplemente le interesa tener verdaderas creencias morales y actuar de modo virtuoso, por lo que quiere que los demás crean lo que es verdad sobre la moralidad y actúen por las razones morales correctas. Lo único que afirmamos aquí es que la motivación de la persona virtuosa, a diferencia de la del exhibicionista, no es en gran medida egoísta. [29]

Para concluir, pensamos que por varias razones, el exhibicionismo moral — tanto en sus manifestaciones individuales como en la práctica social general — es típicamente malo y no debe hacerse. Consideramos que hemos establecido una fuerte presunción moral contra el exhibicionismo.

4. Conclusión

Hemos sugerido que el exhibicionismo moral es una característica dominante del discurso moral público. Y hemos argumentado que, por diversas razones, el exhibicionismo también es moralmente problemático. Sin embargo, seguimos siendo optimistas acerca de las perspectivas de un discurso moral público saludable y robusto. Una razón para el optimismo es que rechazamos la opinión de que es inevitable que mientras haya un discurso moral público, el exhibicionismo sea común. Podría ser tentador tener esta visión sombría, resignarse a un pensamiento bastante deprimente de que el discurso moral es, como dijo Baier, bastante repugnante. Pero no hay nada en nuestra práctica de discursos morales o en los propósitos a los que se los somete de modo admirable que exija que los interlocutores busquen el reconocimiento de su supuesta condición moralmente respetable. Si bien puede ser cierto que los seres humanos tienen profundas necesidades de reconocimiento, no es inevitable que lo busquen en todos los contextos, en especial cuando ven que hay muchos contextos en los que hacerlo sería inapropiado. Y así como las personas no necesitan buscar el reconocimiento a través del exhibicionismo, otros no necesitan recompensar a los exhibicionistas con el reconocimiento que buscan. Una vez que reflexionemos sobre el exhibicionismo, su condición moral y los objetivos justificadores del discurso público, es posible que estemos menos inclinados al exhibicionismo y nos impresione menos el exhibicionismo de los demás.

Agradecemos a las audiencias de la Universidad del Norte de Illinois, la Universidad Estatal de Carolina del Norte, la Universidad de Michigan, la Universidad de Wake Forest y la Reunión de la APA del Pacífico de 2015 (y especialmente a nuestro comentarista, Richard Vulich) por la discusión de las versiones anteriores de este artículo. Agradecemos a Jonathan Anomaly, Nathan Ballantyne, Thomas Christiano, Richard Dagger, Michael McKenna, Jeffrie Murphy, Guido Pincione, Stephen G. W. Stich, Eric Swanson y Kevin Vallier por sus útiles comentarios sobre los borradores anteriores. Daniel Jacobson, Christian Miller y Craig Warmke leyeron cada uno varios borradores y ofrecieron una amplia retroalimentación. Los puntos de vista expresados en este artículo son, por supuesto, solo nuestros. También agradecemos a los editores de Filosofía y Asuntos Públicos por su extenso trabajo en ayudarnos a mejorar el artículo. El artículo es un trabajo por igual de ambos autores. El apoyo al trabajo de Brandon Warmke fue financiado en parte por una subvención de la Templeton World Charity Foundation. Los puntos de vista expresados aquí no reflejan necesariamente los puntos de vista de la Fundación.

Notas

[1] Kurt Baier, The Moral Point of View: A Rational Basis of Ethics, abridged ed. (Nueva York: Random House, 1965), p. 3.

[2] Creemos que hay casos de exhibicionismo que ocurren en dominios no morales. Uno podría, por ejemplo, hacer exhibicionismo sobre el intelecto, los logros o el saber hacer de uno. Centramos nuestra atención aquí en cómo funciona el exhibicionismo en el dominio moral.

[3] www.americanimmigrationcouncil.org/newsroom/release/senate‐floor‐debate‐must‐maintain‐spirit‐compromise.

[4] www.donaldjtrump.com/positions/second‐amendment‐rights.

[5] Como mejor podemos decir, el primer uso registrado del término grandstand (tribuna) en el sentido de “presumir” es del libro de Michael Kelly sobre béisbol americano titulado Play Ball: Stories of the Ball Field (Boston: Emery y Hughes, 1888). El término se usaba para describir a los jugadores de béisbol a los que les gustaba presumir después de hacer una jugada impresionante: “Son las pequeñas cosas de este tipo las que hacen [sic] ‘el jugador de la gran tribuna’. Hacen capturas imposibles, y cuando reciben la pelota ruedan por todo el campo”. La idea debió ser que tales jugadores jugaban para el público, el de la tribuna.

[6] Utilizamos el término grandstander (exhibicionista) aquí y en todas partes para referirnos no necesariamente a un exhibicionista en serie, sino a alguien que se implica en un momento dado con el exhibicionismo.

[7] Un significado del término recognize (reconocer), reconocer que algún sujeto S tiene la propiedad P implica que S es realmente P. Pero este no es el significado que tenemos en mente. El exhibicionista busca el reconocimiento social tanto si es moralmente respetable como si no. Quiere que se lo vea como si tuviera P. El deseo de reconocimiento solo requiere que uno quiera ser visto como moralmente respetable por los demás.

[8] Piensa en aquellos que simplemente quieren que los demás crean que ellos también están en el “lado correcto de la historia”.

[9] Agradecemos a los editores de Philosophy & Public Affairs por sugerirnos esta forma de enmarcar esta sección, y de quienes hemos tomado prestado algo de lenguaje para hacerlo.

[10] Véase, por ejemplo, Leon Festinger, “A Theory of Social Comparison Processes”, Human Relations 7 (1954): 117–40; Charles L. Gruder, “Determinants of Social Comparison Choices”, Journal of Experimental Social Psychology 7 (1971): 473–89; Jerry M. Suls y Richard L. Miller, eds., Social Comparison Processes: Theoretical and Empirical Perspectives (Nueva York: Hemisphere, 1977); G. Goethals y J. M. Darley, “Social Comparison Theory: An Attributional Approach”, en Suls y Miller, Social Comparison Processes, pp. 259–78; y Arie W. Kruglanski y Ofra Mayseless, “Classic and Current Social Comparison Research: Expanding the Perspective”, Psychological Bulletin 108 (1990): 195–208.

[11] Cass Sunstein, “The Law of Group Polarization”, Journal of Political Philosophy 10 (2002): 175–95, at p. 179.

[12] Aunque nuestro ejemplo anterior de escalada utiliza sugerencias negativas cada vez más fuertes, nótese que la escalada puede también tender a afirmaciones positivas cada vez más fuertes. Un comentarista puede describir el comportamiento de una persona como “valiente y digno de nuestra admiración”, mientras que otro puede afirmar que “este acto no solo fue valiente, sino el más valiente y desinteresado que jamás he presenciado”. Aquí también se puede usar la escalada para comunicar que uno es moralmente respetable, que uno puede identificar parangones de moralidad donde otros no pueden.

[13] Sunstein, “The Law of Group Polarization,” p. 179.

[14] Linda J. Skitka et al., “Moral Conviction: Another Contributor to Attitude Strength or Something More?”, Journal of Personality and Social Psychology 88 (2005): 895–917, at p. 896.

[15] Ibid.

[16] Linda J. Skitka, “The Psychology of Moral Conviction”, Social and Personality Psychology Compass 4 (2010): 267–81, at p. 276.

[17] Ibid.

[18] De hecho, los exhibicionistas a menudo niegan que sus puntos de vista necesiten alguna defensa (o que si dieran una defensa, la implicación es que su audiencia no sería lo suficientemente iluminada para entenderlo o apreciarlo).

[19] Frankfurt incluye el siguiente caso análogo: “Se presume que el espíritu de Trabajo y la Dedicación y la carga burocrática no contribuyen realmente a los ‘verdaderos’ propósitos del personal militar o de los funcionarios del gobierno, aunque los impongan agencias o agentes que pretenden dedicarse concienzudamente a la consecución de esos propósitos. Así pues, las ‘tareas rutinarias o ceremoniales innecesarias’ que crean palabrería están desconectadas de los motivos legítimos de la actividad en la que se inmiscuyen, del mismo modo que las cosas que la gente dice en las reuniones de palabrería están desconectadas de sus creencias establecidas, y que la palabrería está desconectada de la preocupación por la verdad”. Harry G. Frankfurt, “On Bullshit”, en The Importance of What We Care About: Philosophical Essays (Nueva York: Cambridge University Press, 1988).

[20] Véase, por ejemplo, L. M. Andersson, “Employee Cynicism: An Examination Using a Contract Violation Framework,” Human Relations 49 (1996): 95–418.

[21] Aparte de sus efectos en el discurso moral público, el cinismo puede tener otros efectos negativos. Hay pruebas de que afecta negativamente a los entornos laborales (P. H. Mirvis y D. Kanter, “Combatting Cynicism in the Workplace”, National Productivity Review 8 [1989]: 377–94), e incluso se ha relacionado con un mayor riesgo de demencia (E. Neuvonen et al..., “Late-Life Cynical Distrust, Risk of Incident Dementia, and Mortality in a Population-Based Cohort”, Neurology 82 [2014]: 2205–12) y a las enfermedades cardíacas (H. Tindle y otros, “Optimism, Cynical Hostility, and Incident Coronary Heart Disease and Mortality in the Women’s Health Initiative”, Circulation 120 [2009]: 656–62).

[22] J. Kruger and T. Gilovich, “‘Naïve Cynicism’ in Everyday Theories of Responsibility Assessment: On Biased Assumptions of Bias”, Journal of Personality and Social Psychology 76 (1999): 743–53.

[23] Véase, por ejemplo, Johannes A. Zuber et al., “Choice Shift and Group Polarization: An Analysis of the Status of Arguments and Social Decision Schemes,” Journal of Personality and Social Psychology 62 (1992): 50–61.

[24] Tomamos prestado este ejemplo de Sunstein, “The Law of Group Polarization”, pp. 175–76.

[25] Ibid., p. 176.

[26] Para una discusión útil, véase Karen Jones, “Second‐Hand Moral Knowledge”, Journal of Philosophy 96 (1999): 55–78.

[27] El exhibicionista puede ser narcisista incluso cuando no es característica de una persona y por lo tanto no muestra un defecto de carácter. Como argumentaremos más adelante, pensamos que el exhibicionismo no es propio de una persona virtuosa. Si eso es correcto, incluso los actos ocasionales de exhibicionismo pueden abrirnos a ciertos tipos de juicios aretáicos negativos, como la crítica de que estamos actuando de manera ostentosa o narcisista, aunque no tengamos los correspondientes rasgos de carácter negativos. Agradecemos a los editores de Philosophy & Public Affairs por plantear este punto.

[28] Véase, por ejemplo, Aristotle, The Nicomachean Ethics, trans. Terence Irwin (Indianapolis: Hackett, 1985), 1105a31–32.

[29] Agradecemos a Christian Miller por la discusión sobre las motivaciones que las personas virtuosas pueden tener cuando se involucran en el discurso público.

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Justin Tosi

Justin Tosi es investigador posdoctoral y profesor de filosofía en la Universidad de Michigan. Su trabajo ha sido publicado en Philosophy & Public Affairs, Legal Theory, y Pacific Philosophical Quarterly, entre otros medios.

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Brandon Warmke

Brandon Warmke es profesor asistente de filosofía en la Universidad Estatal de Bowling Green. Su trabajo ha sido publicado en Philosophy & Public Affairs, Australasian Journal of Philosophy y Philosophical Studies, entre otros.

Traducciones sobre los asuntos de los hombres, la izquierda liberal, las políticas de identidad y la moral. #i2 @Carnaina

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