El atractivo como gurú de Jordan Peterson en nuestro mundo post-todo [G]

Escrito por James A. Lindsay y publicado en Areo el 29 de enero de 2018

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La semana pasada, Douglas Murray escribió un adulador artículo para The Spectator titulado “El curioso atractivo como estrella de Jordan Peterson”. “¿Por qué?”, reflexiona Murray en la entradilla, “los jóvenes británicos acuden a escuchar una conferencia de un profesor de psicología hablando sobre moralidad?”. Parece una buena pregunta, especialmente si uno está familiarizado con este fenómeno, y Murray lo explica, incluso si no se da cuenta de lo que hace. Peterson, profesor de la Universidad de Toronto, identifica Murray, “se ha convertido en una mezcla de filósofo, coach de vida, educador y gurú. Él tiene ese tipo de pasión, jovialidad y pedagogía que las iglesias organizadas tan solo pueden soñar”.

Las palabras claves en ese breve biografía de Jordan Peterson son, en un orden de importancia cada vez mayor, “coach de vida”, “pasión”, “iglesias” (dado el contexto), y “gurú”. Dicho de otra manera, el atractivo como estrella de Peterson no es curioso en absoluto para cualquiera que entienda la mecánica interna de los movimientos religiosos. Se dé cuenta o no, Peterson lidera uno. Eso explica por completo su atractivo como estrella.

Si Murray entiende esto, lo oculta muy bien, posiblemente por una buena razón. La creciente multitud de seguidores de Peterson no se limita a acudir a escucharlo en actos públicos en Gran Bretaña (y en otras partes). Aunque estas cosas son notoriamente difíciles de rastrear, cada vez son más conocidos en las redes sociales por tomarse las críticas a su educador de YouTube bastante mal, por decir lo menos. En parte, estas vociferante defensa de Peterson tiene buenas razones: gran parte de lo que tiene que ofrecer es bastante bueno, como su postura sobre la libertad de expresión y la resistencia contra el sinsentido de la justicia social (que Peterson identifica al mismo tiempo con el postmodernismo y el marxismo, que confunde hasta cierto punto). Sin embargo, como sucede a menudo con personas esclavizadas por un líder religioso, exhiben una fuerte tendencia hacia lo que está bajo el convencionalismo, esto significa aproximadamente que lo que sienten que es bueno para ellos debería ser convencional y, por lo tanto, un imperativo para todos.

Murray describe a Peterson como “un héroe contracultural (o contra-contracultural) que estuvo dispuesto a decir lo que casi todos los demás estaban pensando”, y añadió que también es “una persona que no solo tiene humanidad y humor, sino también una seria profundidad y sustancia”. En su mayor parte, y siempre y cuando él no esté hablando de ciertos temas (como la verdad objetiva), se trata de una caracterización precisa. Peterson resulta genuinamente cordial, compasivo, atractivo, amistoso, informado, genuino, auténtico, difícil de provocar (aunque no del todo imperturbable), humorístico, carismático, a menudo perspicaz y positivamente humano, este último es un rasgo que se muestra muy raramente en los académicos públicos, y se muestra así porque con toda probabilidad él es todas estas cosas. Aun así, estos rasgos no son la única razón por la que Peterson recibe tanto interés y devoción. Por sí solos, no son suficientes para haber impulsado a Peterson a su “curioso atractivo como estrella”. Para eso se necesita algo más.

Murray también entiende eso. De hecho, es simplemente increíble que Murray vea el atractivo como estrella de Peterson “curioso” en absoluto, ya que incluso pone su dedo en la maldita llaga.

“Él ve el vacío causado no solo por el retroceso de la tradición cristiana, sino por el avance del relativismo moral y por la auto abnegación que ha inundado Occidente a su paso. Por otra parte, reconoce — por su experiencia como psicólogo y maestro — que la gente anhela principios y certezas”.

Es decir, Peterson está liderando un naciente movimiento religioso, uno que podríamos ver como neo-tradicionalista, como Christianity Today y, hasta cierto punto, como el propio Peterson. Murray entiende esto en algún nivel, ya que incluso nos dice exactamente como son los nuevos Petersonitas convertidos. En palabras de Murray, que se hace eco de las propias palabras de Peterson, Peterson “reconoce que las personas — sobre todo las personas jóvenes, y especialmente los hombres jóvenes — necesitan ayuda”. Y probablemente tenga razón. Como dice Murray,

“Ve a una generación a la que se le pide desperdiciar su vida agitando pancartas sobre problemas imaginarios [sic], o que van mucho más allá de ellos (o del control de nadie) y los insta a romper con las mentiras, reconocer la posición trágica e incómoda en la que estamos inmersos los humanos y a considerar de nuevo lo que realmente podríamos lograr en nuestras vidas”.

Entonces, todo lo que necesitamos para ver este movimiento creciente como lo que es, es reflexionar sobre algunos de los términos de Murray. Con “relativismo moral” y “auto abnegación” es casi con seguridad que se refiere principalmente al terrible y falso dilema entre las religiones representativas a las que los jóvenes se enfrentan actualmente, especialmente los hombres jóvenes. En el aparente vacío cultural que ha dejado el retroceso de la tradición y la religión, los buscadores de hoy en día tienen quie elegir entre el izquierdismo de la justicia social y la estupidez de la alt-right si buscan un sentido más profundo de pertenencia y significado en sus vidas. Aquí, Peterson ofrece un camino intermedio.

Por desgracia, los “principios” y “certezas” que Murray afirma que la gente anhela, y de la que depende la viabilidad de esta tercera vía, en última instancia, se refieren a una mosca bastante desagradable en la sopa de Peterson. Es precisamente el tipo de dogmatismo que Christopher Hitchens señalo de una famosa y acertada manera como “cáliz envenenado”. Es la raíz de lo que Jonathan Rauch llamó el “impulso fundamentalista”, que es el enemigo perenne de la sociedad liberal contra el cual las figuras de la Ilustración estadounidense instan a que siempre la tengamos bajo vigilancia, precisamente porque la gente lo anhela. No es casual, entonces, que “principios” y “certezas” sean precisamente lo que la izquierda de la justicia social y la alt-right (por no mencionar al Estado Islámico) están vendiendo a mansalva a los chicos occidentales desafectos. Peterson es claramente consciente de estas preocupaciones y se ve a sí mismo de manera explícita ofreciendo una alternativa.

“Desperdiciar sus vida agitando pancartas” es una referencia bastante obvia para la cultura protesta de la juventud izquierdista actual, y no tenemos que adivinar a qué “problema[s] imaginario[s]” se está refiriendo Murray porque tiene la amabilidad de decírnoslo explícitamente.

“Peterson ha hecho una de las revelaciones más impopulares pero vitales de nuestro tiempo: que estamos creando una generación de hombres que (sobre todo si no pertenecen a ningún ‘grupo minoritario’) carecen de esperanza, fundamento o propósito. Todo en la cultura insiste en que son terribles: proto-violadores cuando no violadores; proto-racistas cuando no racistas; condenados por su ‘privilegio’, incluso cuando fracasan; y cada uno de sus éxitos es descartado como inmerecido. (…) Peterson es uno de los pocos que se toman este problema en serio para ayudar a los hombres jóvenes a navegar hacia una vida con significado y propósito”.

A partir de esto, podemos conjeturar que Murray se refiere a “las feministas” y otros izquierdistas de la justicia social más que a nadie. Elegir a estos guerreros de la cultura izquierdista de esta manera y en este contexto está eminentemente justificado. Si van a cumplir con los tipos de la justicia social, especialmente bajo el último feminismo, a la mayoría de los hombres jóvenes que intentan descubrir quién y cómo ser en este mundo se les ofrece un pequeño conjunto de opciones poco prometedoras en un espectro que va desde lo desalentador a lo desagradable y lo francamente insultante.

No todos los jóvenes andan doblando su espalda ante el enfoque arrogante del feminismo actual, y no todos estos hombres están interesados en avergonzarse a sí mismos en mundillo podrido de los Derechos de los Hombres o de la alt-right. Pero encontrar modelos masculinos obvios sigue siendo una lucha para muchos hombres jóvenes. Podrían, por ejemplo, unirse a algunos de sus compañeros en un giro decisivo hacia mega-alfas como el retirado de la Marina Jocko Willink y su consejo de culo-duro de levantarse y trabajar tan duro como sea posible desde las 4:30 de la mañana. Si eso suena desagradable, es porque se supone que así debe ser, y Willink se complace en señalar con diferentes grados de sutileza que si no te gusta, es sobre todo porque no tienes disciplina y no eres un hombre de verdad. Lejos de inspirar el espíritu de la virilidad entre los estudiantes universitarios de YouTube, generalmente desmotiva a casi todo el mundo. (Es genial para las pocas personas para las que funciona, es de suponer, pero… vamos).

Introduzcamos a Peterson, proclamándose a sí mismo un héroe arquetípico accesible que fue “criado y endurecido en las heladas tierras baldías del norte de Alberta”, y que “ha volado en rizo en un avión de acrobacias de fibra de carbono”. En lugar de decirle a los hombres que si se niegan a sufrir lo casi insoportable es porque son débiles, Peterson llega a ellos a través de conferencias en bloques de dos horas con el mensaje “limpia tu propia habitación” antes de salir a cambiar el mundo, piensa con profundidad, sé reflexivo, sé competente, y ponte en pie por ti mismo y haz lo que creas correcto. Son todos muy buenos mensajes, y los defiende con todo su humor y humanidad, y con sustancia y profundidad, por lo que Murray lo felicita con razón.

Un buen consejo, sin embargo, no es gran cosa. Muchos mensajes similares a los de Peterson están disponibles en cualquier libro de autoayuda, especialmente para el joven empresario o persona de negocios. Ese tipo de cosas nunca habían bastado para inspirar a una generación de niños perdidos, que en su mayoría quieren encontrar su camino teniendo éxito de una manera que realmente resuene con ellos: algún tipo de logro masculino. Así Peterson los insta con tonos intencionadamente inflexibles a ser, por ejemplo, poderosos y los instruye al afirmar que es eso lo que las mujeres realmente quieren (en secreto) de los hombres más que cualquier otra cosa. Guiño guiño. Después de todo, esto era verdad cuando los hombres eran hombres y las mujeres eran mujeres, y todos podemos saberlo porque lo confirma esa historia mitológica sobre las serpientes de la Biblia. Y así, metiendo algo de psicología pop y de teoría de la evolución pop, basándose parcialmente en su propia experiencia, Peterson le da a esta mezcla de consejos una apariencia de completa “profundidad y sustancia”.

Esta es la razón por la que Murray es la persona adecuada para traernos las imágenes desde el púlpito al describir a Peterson y su atractivo. Que Peterson nos ofrezca con todo su carisma un mensaje aparentemente muy necesario y cargado de significado a una multitud sedienta de eso explica bastante su popularidad. La alusión religiosa explica también la pieza más extraña del rompecabezas Peterson: la peculiar devoción de sus fans, muchos de los cuales simplemente saben que a ti también te encantará Peterson una vez que lo hayas escuchado lo suficiente como para escucharlo correctamente. En palabras simples, ellos, al igual que sus némesis infundidos por la justicia social, son miembros de un movimiento religioso que habría surgido desorganizado en gran parte. Esto, por supuesto, es una forma educada de llamar a los Petersonitas una secta naciente, aunque no está muy claro si Peterson dirige o simplemente inspira a su tripulación no muy abigarradamente alimentada en el plano cultural.

Para comprender mejor el fenómeno, quizás la idea más fascinante viene del propio Peterson, en una conferencia que publicó en YouTube hace un año: la segunda parte de “Marionettes and Individuals” de su serie de 2017 Maps of Meaning 3. En cerca de tres cuartas partes de esta conferencia, Peterson dedica varios minutos a explicar el fenómeno sobre cómo los grupos de este tipo forman una especie de conspiración con su líder carismático. Usando el ejemplo de Adolf Hitler, Peterson explica cómo un orador descontento que le habla a una multitud igualmente descontenta puede establecer un ciclo de retroalimentación en el cual, en lugar de llevar al público a lugares oscuros de manera intencionada, el líder y la multitud entran en el territorio de la sombra juntos. Al escuchar este segmento de la conferencia de este año en este momento de su carrera, es difícil no imaginar al carismático Peterson, harto de los excesos del izquierdismo de la justicia social, llegar a una multitud que siente lo mismo que él, pero no sabe cómo articularlo. Entonces, a menos que se esté embelesado por ella, esta ironía es casi lo único en lo que uno puede pensar.

En el fondo, lo que Peterson se describe en “Marionettes 2” son los fundamentos de la psicología religiosa. Es difícil determinar la cantidad de psicología religiosa que Peterson entiende formalmente, pero por su incorporación casi perfecta de temas religiosos y su reconocimiento de su importancia cultural y afectiva en sus conferencias, está claro que no es un completo ignorante sobre el tema. De hecho, esta breve descripción del ascenso de Hitler a la popularidad expone de manera bastante convincente que Peterson tiene al menos una muy sólida comprensión informal de la psicología que está explotando en su propio grupo.

No se trata de echarle la culpa. Peterson mismo en su conferencia “Marionettes 2” señala que esta relación no suele ser intencionada — los procesos psicológicos que unen al líder con su audiencia son, de hecho, bastante sutiles y sofisticados, y conquistarán fácilmente a la mayoría de la gente sin que se de cuenta; y a todas luces, esto parece estar contribuyendo al “curioso” atractivo como estrella de Peterson. De hecho, este parece ser un buen momento para que Peterson reflexione y, tal vez, tome su propia medicina.

Consideremos, por ejemplo, la reciente entrevista de Peterson con Cathy Newman en el Canal 4 de la BBC. Sin duda, la gran mayoría de esta entrevista muestra a Peterson en su mejor momento, manejando a una Newman agresiva y distorsionadora con facilidad, ingenio, gracia y — lo más importante — con datos, y demuestra por qué es a la vez muy agradable y un intelectual público serio. Merece la pena tomarse en serio gran parte de lo que dice. Sin embargo, en sus primeros minutos con Newman, Peterson muestra elementos de su lado más preocupante y, sobre todo, un indicio de que puede ir a un lugar bastante involuntario junto con una multitud que hace lo mismo que él. Al explicarle a Newman cómo los hombres deben “crecer” y poner su vida en orden, por ejemplo, Peterson se sorprende a sí mismo en un momento de claridad en el mismo punto que hizo un año antes en “Marionetas 2”. Él comenta “He estado diciendole a los hombres jóvenes — pero no es así — yo, para empezar, no estaba apuntando específicamente este mensaje para los hombres jóvenes; simplemente acabó siendo así”. De hecho, el líder y la gente muy a menudo caminan juntos. En estos casos, según los propios consejos de Peterson, está claro que depende del líder superior averiguar adónde irán él y sus seguidores y tomar decisiones muy cuidadosas sobre todo el asunto.

La comprensión de la psicología religiosa solo puede ayudar. Mientras que el estudio empírico de la psicología de la religión está siendo lento en caracterizar específicamente lo que constituye una religión, o de manera más flexible un movimiento religioso, tiene bastante claro cómo funciona la religión a nivel nivel psicológico e informativo en lo que la hace ser lo que es. En el fondo, como expliqué en Everybody Is Wrong About God, las religiones, como conjuntos de ideas, son estructuras culturales que ayudan a las personas a satisfacer una variedad de necesidades psicológicas y sociales, principalmente las necesidades de creación de significado, control y sociabilidad. Es decir, las personas recurren a las religiones para dar sentido a sus mundos de modo funcional y significativo, para sentir más control sobre (por decirlo así) las circunstancias caóticas, y para establecer y mantener el orden social al que pertenecen, en el cual pueden ubicarse ellos mismos, y del que puede derivar cierta estima.

Aquí están pasando muchas cosas aquí que hacen que una estructura como esta funcione, y en los términos que la hacen religiosa. La gente a menudo piensa que es Dios o los dioses lo que hace que una estructura de creencias sea religiosa, pero eso no es del todo exacto. Las religiones son más concretamente un tipo de comunidad, conocida como comunidad moral, construida no tanto en torno a deidades como en torno a ciertos tipos de narrativas culturales simbólicas. En particular, las religiones proporcionan significado al ofrecer una narrativa mitológica simbólica en la que se contextualizan la vida, la sociedad y el universo en general. (El aspecto mitológico de las religiones es donde Dios generalmente aparece y parece ser, de hecho, el separador crucial entre las estructuras religiosas y los meros movimientos ideológicos). Además, las religiones no solo proporcionan y mantienen la comunidad en la que prospera la subcultura religiosa sino que también utilizan la mitología subyacente para proporcionar estructura y orden para esa sociedad. También ofrecen su mitología y filosofía para la vida a través de mensajes que elevan psicológicamente; protegen su estructura mitológica de los desafíos, ya sea de otras mitologías en competencia o de la investigación racional que investiga demasiado profundamente, haciendo uso de epistemologías no estándar que sirven para apoyar y proteger el estracto de su estructura mitológica; y usualmente tienen algún mecanismo por el cual la conversión a la fe se puede lograr y se marca. Las religiones le dicen a las personas de una manera sobresalientemente emocional lo que está sucediendo, cómo se ordenan mejor las cosas, y quién y cómo ser, y proporcionan los medios para reconocer a los suyos.

No es difícil ver que el mensaje de Peterson opera de manera religiosa para un grupo desafecto de hombres jóvenes, específicamente aquellos que ya han tenido bastante de que se les diga quién y cómo ser desde los excesos del progresismo de la justicia social (pero que no quieren tener que recurrir a la vergonzosa idiotez de la masculinidad alt-right o hiper-alfa que parecen ofrecerse como las únicas alternativas contemporáneas). En marcado contraste con estas malas opciones, Peterson ofrece un medio para el hombre común, especialmente el aplastado bajo el pulgar feminista, para tocar y evocar su propio Übermensch nietzscheano. En un lenguaje más llano, Peterson está ofreciendo una visión accesible y contemporánea de la hombría que, ya sea para bien o mal (y probablemente un poco de ambos), parece haberse perdido con los cambios culturales de las últimas décadas. Llega a los más vulnerables, como hacen casi siempre los mecanismos de conversión religiosa, haciéndolos “píldoras rojas”, lo que constituye su conversión y esto significa, más o menos, que están liberados de los supuestos culturales que dictan en sus tiempos.

Esta visión de la hombría atrae al joven pisoteado al ayudarlo a “enderezar su espalda”, como dice Peterson, de modo que pueda hacer algo más de sí mismo. Por lo menos en unas pocas capas más abajo, esto suena muy bien, pero hay algo más para nuestros niños perdidos. Como le advierte Peterson a Cathy Newman, “Las mujeres quieren en lo más profundo a hombres que sean competentes y poderosos”. Esto es contundente, ¿no? El mensaje de Peterson llega a estos jóvenes no solo por los propósitos más elevados del final de la frase, sino también para los típicos del principio, para que puedan convertirse en lo que realmente quieren las mujeres, es decir, para poder tener relaciones sexuales.

No solo eso, Peterson promete algo más que el sexo de las mujeres que desean a sus acólitos. También se asegura de que no tengan que ser dominados por esas mujeres a cambio de una relación sexual. “No se puede dominar a una pareja poderosa”, le dice a Newman, “así que usted quiere dominación…”. Desafortunadamente, Newman cortó a Peterson antes de que pudiera terminar esa fascinante frase, pero finalmente continúa diciendo que “las mujeres que han tenido relaciones con hombres difíciles y que tienen miedo de tales relaciones se conformarán con una pareja débil porque pueden dominarlos”. En una conversación con Camille Paglia unos meses antes, Peterson propagó algo similar al señalar: “No creo que los hombres puedan controlar a las mujeres locas”. Aunque el contexto era diferente — Peterson instaba a otras mujeres a controlar a sus hermanas más intensas, al parecer agresivas feministas, y a hacerlo porque los hombres no pueden ser violentos contra ellas — el mensaje implícito de impotencia contra el feminismo para sus niños perdidos es el mismo.

El porqué tantos jóvenes desearían ser sexualmente deseables no es un misterio y nunca lo ha sido, pero el motivo por el cual toda la perorata de Peterson sobre la dominación femenina resuene en ellos es un asunto más curioso que evoca de nuevo el atractivo religioso que tiene Peterson. La religión con frecuencia ofrece una solución tangible emocionalmente a un problema molesto que deja a la gente con una sensación de impotencia (a menudo, es la muerte), y aquí, para más hombres que en cualquier momento de la historia, ese problema es el feminismo. Al igual que su gurú, los fans de Peterson ya han tenido bastante del feminismo dominante que considera “tóxico” su propio ser, y no pueden soportar al pernicioso activismo de la “justicia social” que los rechaza por ser intrínsecamente “privilegiados”. El feminismo, en muchos aspectos, ha ido demasiado lejos en el siglo XXI, y se ha creado una circunstancia cultural, diagnosticada correctamente por Murray, “destinada a producir el resentimiento social y la desconexión a escala generacional”.

De todos los tipos de aceite de serpiente que se pueden vender, el tipo que responde al resentimiento social es el tipo más potente, y es del tipo que tiene la mayor probabilidad de volverse hacia lo religioso. Donde sea que llegue a tiempo, el mensaje de Peterson hace exactamente esto. Lo que Peterson le brinda a su público es una explicación radical que le dice a las personas frustradas: “aquí te explicamos por qué las cosas te salen mal y por qué te sientes sin el control de tu vida, y esto es lo que puedes hacer para ti mismo, a partir de ahora”. Cuán bíblico, o coránico, o budista, o despierto. Esta es una invitación a nacer de nuevo, y el renacimiento moral es siempre un ejercicio para rehacerse en una nueva imagen moral que te permita recuperar el control sobre las partes rotas de su vida. El mensaje de “sacar orden del caos” de Peterson, equipado con abundantes evocaciones implícitas de un tiempo perdido cuando los hombres eran hombres y las mujeres eran mujeres, prepara perfectamente el escenario para este mecanismo. Como todos los movimientos religiosos, también se prepara para convertirse en una profecía autocumplida al rehacer la sociedad a su imagen al valorizar los roles tradicionales en los que declara confiar.

Las religiones pueden vender un cambio tan radical a un público tan amplio, ya que ofrecen un marco de elaboración-de-significado sobre las decisiones que apela a las emociones y se basa en el mito. A continuación, extraen copiosamente ejemplos del mundo real para mostrar lo probable que es que la vida quede fuera de control fuera de ese marco y más bajo control dentro de él, convirtiéndose en profecías culturales autocumplidas. Como explican los psicólogos de la religión Ralph Hood, Jr., Peter Hill, y Bernard Spilka,

“El proceso de atribución de decisiones [elaboración-de-significado] descrito anteriormente representa no solo una necesidad de sentido, sino también de dominio y control. Especialmente cuando se ven amenazados por el daño o el dolor, todos los organismos superiores tratan de predecir y/o controlar los resultados de los acontecimientos que les afectan. Este hecho ha sido relacionado por los teóricos de la atribución e investigadores sobre la novedad, la frustración o el fracaso, la falta de control y la restricción de la libertad personal”. (p. 17)

Esta necesidad de control funciona para las personas, especialmente cuando proporciona una sensación subjetiva de control, incluso cuando esa sensación de control es ilusoria (como la dependencia religiosa de la magia, la oración intercesora o la creencia en trascender la muerte). Su potencial está en última instancia enraizado en la búsqueda de un significado que contextualice el mundo.

Las ventajas de tener un núcleo mitológico dentro de un marco de este tipo de elaboración-de-significado son numerosas y permiten a las personas llevarse mensajes a casa. Particularmente, las estructuras mitológicas proporcionan grandes narrativas explicativas y símbolos emocionalmente resonantes. También son esencialmente infalsables. Uno no puede desenmascarar un mito porque el mito en sí es un relato, y cualquier cosa que se falsee en un relato simbólico es, y siempre fue, obviamente metafórica. Esto seguramente lleva a problemas. Como se retrata en el admirable ensayo, “Wokeness and Myth on Campus”, de Alan Jacobs, que a su vez se basa en el trabajo del filósofo polaco libro de Leszek Kolakowski La presencia del mito, un núcleo mitológico

“Describe ese aspecto de nuestra experiencia ‘no revelado por las preguntas y las creencias científicas’. Abarca la ‘realidad incondicionada no empírica’ de nuestra experiencia, que no es susceptible de confirmación o refutación. (…) el núcleo mítico describe nuestra relación más fundamental con el mundo. Es nuestro trasfondo metafísico, los elementos anteriores a nuestra manipulación y control. Para Kołakowski, la incapacidad de distinguir entre los núcleos míticos y tecnológicos conduce a una falta de comprensión de muchas tendencias sociales y acontecimientos”.

Jacobs, siguiendo siempre Kołakowski, señala otra ventaja significativa de las estructuras mitológicas que las convierte a su vez en un tremendo problema. Los mitos no son más que relatos; que representan una “forma de ser en el mundo”, y como tales, presentan una profunda conexión afectiva entre los creyentes e inspiran devoción. Como consecuencia desafortunada, los mitos no pueden ser cuestionados en ninguna parte significativa para que la duda no amenace la integridad de toda la estructura. Como Jacobs enuncia perfectamente, aunque con el ejemplo de los activistas de la justicia social de izquierda “despierta” en los campus,

“Algo más profundamente arraigado está en juego cuando se cuestionan las interpretaciones de los acontecimientos por parte de los manifestantes estudiantiles, y las soluciones que ofrecen ante la injusticia histórica o actual, y los estudiantes responden: ‘Estás negando mi propia identidad’. Esta respuesta solo tiene sentido dentro del núcleo mítico, no en el núcleo tecnológico [aproximadamente, en las palabras de Jacob: una postura hacia el mundo que es instrumental y manipuladora, en el sentido relativamente neutro de esas palabras]. No se puede analizar analíticamente un marco mítico complejo e integrado y decir: ‘Elijo esto, pero no eso’ sin abrir agujeros en la red y dejarla colgando e inútil. Eso es lo que la razón instrumental siempre le hace al mito”.

El atractivo mitológico del mensaje de Peterson es, tal vez, su característica más evidente. Abiertamente y con frecuencia apela a la simbología cristiana, la mitología de la cultura occidental, los arquetipos de Jung, y las visiones idealizadas de roles y dinámicas de género para exponer sus puntos, y hacerlos más viscerales. Esto es, de hecho, más o menos de lo que se trata su libro Maps of Meaning. También funciona. Como se observa Murray, que describe uno de los eventos públicos de Peterson,

“Volviendo al tiempo en que vivíamos en los árboles y temíamos al fuego y a las serpientes, él investigó las razones psicológicas y míticas por las cuales las serpientes más poderosas [dragones] podría haberse incrustado en cada cultura como la representación del mal. Y desde allí fuimos al Edén y al Gulag a través del descubrimiento de la tradición judeocristiana de que incluso si persiguiésemos a cada serpiente de la tierra, no podríamos destruir por completo a la que está dentro de nosotros. Motas, vigas y ojos fueron discutidos en relación a su consejo para una generación enganchada a las muestras públicas de moralidad: ‘Pon tu casa en perfecto orden antes de criticar al mundo’”.

Todo esto resuena inmediatamente con cualquiera que esté familiarizado con las leyendas. Esto, como indica Murray, hace algo más que conectar al público de Peterson con sus ideas y “darles un hogar”: las coloca dentro de una red mitológica primordial que no puede ser tomada aparte, en parte, para que no se queden colgando en una inutilidad total. Y Peterson no es una especie de predicador del Evangelio de la Prosperidad secularizado: un charlatán evangélico que vende cínicamente un mensaje resonante para conseguir alabanza y ganancias; casi sin lugar a dudas, cree profundamente en lo que dice y, por lo tanto, comunica convincentemente no solo un mensaje, sino también una visión del mundo. Una vez más, en la evaluación aguda de Murray, “además de ser divertido, hay una sinceridad fervorosa en [Peterson], de la que solo podría desconfiar el más marchito de los cínicos”.

Eso parece completamente cierto, incluso recordando la advertencia de Peterson sobre “Marionettes 2” sobre y para las figuras públicas carismáticas, pero la esencia del secularismo — como un antídoto contra el privilegio de cualquier mitología moral en particular — es que la sinceridad (o convicción) no cubre exactamente nada del terreno hacia la validez. Es por eso que el mensaje de Peterson exige más cuidado de lo que él le está dando. Ya sea que entienda esto o no, la construcción de movimientos en torno a su presentación única — y alrededor de él — es casi seguro que no lo hará. Los movimientos rara vez comprenden tales cosas. La necesidad de cuidado recae sobre el líder y debe estar inspirada en los seguidores, y depende de la epistemología, de una teoría viable del conocimiento. El problema es que las estructuras mitológicas, por regla general, son permanente alérgicas a epistemologías robustas, y parece que la de Peterson no es una excepción.

En lugar de los enfoques rigurosos para determinar la verdad, muchos marcos mitológicos de atribución dependen de una alternativa o incluso lo que podríamos llamar “epistemologías isleñas”, que son más o menos a lo que nuestros amigos en la extrema izquierda y en las iglesias podrían referirse como “otras formas de conocimiento”. La teología calvinista, por ejemplo, se basa en la epistemología isleña conocida como “epistemología Reformada”, que en su esencia más simple insiste en que la gente puede sentir la presencia de Dios directamente y por lo tanto puede afirmar directamente el conocimiento teológico. La teología feminista, especialmente del tipo interseccional, se basa de manera similar en una epistemología isleña conocida como “teoría del punto de vista”, que teoriza que los oprimidos pueden ver más de nuestra realidad social que los grupos dominantes y, por lo tanto, poseen una visión más profunda que la que permiten los privilegios. Sin estar tan lejos del mar como estas epistemologías isleñas, el enfoque sobre la verdad de Peterson deja mucho que desear, excepto para aquellos que desean preservar su mitología.

Peterson, en Maps of Meaning, expone un enfoque muy relativista de la verdad que parece casi abiertamente posmoderno. Apela directamente al conocimiento “antiguo” y parece que lo puso en una especie de un nivel semejante al de la epistemología científica.

“¿Cómo es que las complejas y admirables civilizaciones antiguas podrían haber desarrollado y florecido, en un principio, si estaban basadas en tonterías? (…) ¿No es más probable que simplemente no sepamos cómo puede ser que las nociones tradicionales tienen razón, dada su apariencia de extrema irracionalidad? ¿No es probable que esto indica la ignorancia filosófica moderna, en lugar de un error filosófico ancestral? Hemos cometido el gran error que el ‘mundo del espíritu’ descrito por los que procedimos nosotros era el ‘mundo de la materia’ moderna primitivamente conceptualizado. Esto no es cierto — al menos no en la forma sencilla generalmente creemos. El cosmos descrito por la mitología no era el mismo lugar conocido por los practicantes de la ciencia moderna — pero eso no quiere decir que no fuese real”. (p. 8, énfasis en el original)

El tratamiento de Peterson en su enfoque sobre la epistemología tan simplista, como con muchas cosas sobre el hombre, yerra el blanco y requiere muchas más palabras con las que se enreda. En lugar de ser ingenuamente posmoderno o relativista, Peterson, en una salida consecuente, adopta esencialmente como epistemología el pragmatismo de otro gran simbólogo de su tradición, William James.

La breve esencia del pragmatismo, tal y como la expuso James, es que la verdad no es particularmente relevante; lo que importa es lo que es útil. En el desarrollo de pragmatismo, James estaba tratando de eludir las espinas y zarzas que definen funcionalmente todas las investigaciones filosóficas acerca de la verdad, centrándose en la utilidad en su lugar. Para James, en vez de preguntar ¿es verdad? haríamos mejor en preguntar ¿para qué sirve? y perseguir lo que es más útil. Es una posición filosófica convincente que incluso se autoajusta: el pragmatismo debería convertirse en lo más pragmático y, por lo tanto, no necesitaría justificarse como verdadero porque es inherentemente (óptimamente) útil, sino que simplemente agrega complejidad al problema de la verdad. En todos los ejemplos imaginables, la proposición central del pragmatismo, P es útil, todavía tiene que examinarse en busca de la verdad, no meramente de la utilidad, y esto tiene que hacerse a la vieja usanza.

No obstante, para aquellos familiarizados con las confusas discusiones de Peterson sobre el tema de la verdad, su confianza en el pragmatismo de James es evidente, y para aquellos familiarizados con James, también lo es la traición fundamental de Peterson al mismo. De hecho, Peterson no oculta el hecho de que su enfoque de la verdad está en última instancia enraizado en la utilidad pragmática. Hasta ahora, todo bien, pero Peterson se aparta de James al estar dispuesto a decir que es cierto lo que pasa su prueba de utilidad. De esta manera, Peterson puede jugar efectivamente al trilero con la idea de “verdad” y unir sus declaraciones más cuidadosas y bien fundamentadas a su núcleo mitológico subyacente, que es en última instancia lo que constituye la magia de su mensaje.

Entonces, si este tipo de (mal)trato del pragmatismo de James no es una epistemología insular del mismo modo que la teoría del punto de vista, es una bombilla en el extremo de una península muy estrecha en el paisaje epistemológico. Al construir la “verdad” como lo hace, Peterson es capaz de esquivar el tipo de epistemología rigurosa que desgarraría el núcleo mitológico del centro de su mensaje (y popularidad) mientras lo utiliza para generar un movimiento social a su alrededor que, por lo tanto, no tiene supuestos correctos. Tratar nueva información requiere efectivamente una de dos cosas, después de todo, ya sea un enfoque sólido para determinar la verdad o una elección verdaderamente afortunada que el líder puede hacer por ti. Este es un problema que Peterson ha tratado acerca de otras ideologías de caracter sectario diferentes de la suya, pero podría ayudarle en este momento a reflexionar sobre la viga en su propio ojo. No será fácil, sin embargo. En “Marionettes 2”, Peterson reconoce precisamente la dificultad de este problema y pone el ejemplo del ascetismo extremo de Ghandi como un profiláctico contra el consumo de su propia Kool-Aid. Aparte del ascetismo, no está claro si Peterson está siendo tan cuidadoso.

Esta es precisamente la mecánica del gurú que Martha Nussbaum habilmente describió a la “Profesora de la parodia” Judith Butler en relación con la secta de la performatividad de género que tantos seguidores tiene, para probable disgusto de Peterson. Aunque Peterson mantiene ambos pies lejos del caos en la siguiente cita, mucho de lo que critica Nussbaum se le puede aplicar,

“Cuando las ideas son expuestas con claridad, después de todo, pueden ser separadas de su autor: alguien puede tomarlas y seguirlas a su manera. Cuando siguen siendo un misterio (en realidad, cuando no están bien expuestas), se permanece dependiente de la autoridad de origen. Se presta atención a la pensadora solo por su gran carisma. Una se queda en suspenso, con avidez del siguiente movimiento. Cuando Butler realmente hable de la ‘dirección para pensar’, ¿qué dirá ella? ¿Qué significa, por favor, díganos, que la agencia de un sujeto presupone su propia subordinación? (Ninguna respuesta clara a esta pregunta, por lo que yo puedo ver, está al llegar). Da la impresión de una mente tan profundamente intelectual que no va a pronunciarse sobre algo a la ligera: entonces se espera, en una reverencia por su profundidad, que ella finalmente trate de hacerlo”.

El problema de Peterson, por supuesto, no es que no exponga sus ideas con claridad, a menos que sean sus ideas sobre qué es lo que hace que una algo sea verdad. Que normalmente lo es. En cambio, al expresar su mensaje en su propia y única aplicación de la exégesis bíblica combinada con arquetipos junguianos, está forzando a la multitud a depender de sus interpretaciones para dar sentido a la próxima novedad. Este es la mecánica del trabajo del gurú. Este es el truco de un predicador, y dado el gran atractivo de la ciencia para apoyar sus conexiones emocionalmente importantes, una variante ligeramente doblada del pragmatismo de James es la perfecta epistemología resbaladiza necesaria para hacer el trabajo. Recuerde, desde este punto de vista, si es útil, es cierto, y ¿qué método de verificación podría ser peor para un movimiento social autosuficiente y emocionalmente destacado que atrae a una población descontenta y desafecta? Es, de hecho, exactamente lo que Peterson mismo nos advirtió en su conferencia “Marionettes 2”.

El mecanismo que hace este trabajo, como se expresa y se advirtió en su contra desde la antigüedad, es la retórica. Es evidente que a diferencia de Judith Butler y la mayoría de los teólogos, Peterson no es en su mayor parte un oscurantista (excepto sobre la verdad), pero él es un retórico sutil y poderoso. A veces esto es muy bienvenido, y en otras ocasiones, es un poco preocupante. En su entrevista con Cathy Newman, por ejemplo, vemos ambos casos. A lo largo de gran parte de la entrevista, Peterson le da la vuelta a casi cada una de las preguntas de Newman (o malas interpretaciones de lo que acababa de decir) y exuda encanto y confianza mientras lo hace. En un momento dado, incluso la toma completamente desprevenida, dejándola incapaz de articular palabra sobre por qué ella debería poder arriesgarse a ofenderlo mientras insiste en que él no debe hacer lo que, en su opinión profesional y considerada, cree que es la mejor manera de manejar el problema de los pronombres trans.

Por otro lado, en la primera parte de la entrevista es más inestable, Newman le pide a Peterson, “¿Qué hay [en su mensaje a los jóvenes] para las mujeres?”, a lo que él responde: “Bueno, ¿qué clase de pareja desea? ¿Quiere un niño grande? ¿O quiere a alguien que afronte que va a ayudarle?”. Esta es una respuesta que, por genuina que sea y por mucha verdad que contenga detrás de su falsa elección, enciende poderosos desencadenantes emocionales que hacen gran parte de su trabajo por él. Y gran parte de su presentación es así. Por lo general, se dan buenos consejos por razones generalmente buenas sobre justificaciones razonablemente plausibles que aun así se pueden romper y ser engañosas de una manera fundamental. Escondida con todo cuidado, erudición, y sinceridad, Peterson promueve una visión del mundo que gotea con una especie de simplicidad seductora entregada con un poderoso trasfondo de respetabilidad moral.

Así es como Peterson atrae a la gente mucho más de lo que se puede decir en una rápida explicación. Llega a las personas, en su mayoría hombres jóvenes y sus simpatizantes, con narrativas culturales sobre la masculinidad y la feminidad que parecen explicar su suerte mientras les ofrece un medio para la acción redentora. Esto afecta con mayor fuerza a aquellos que se sienten desposeídos o incluso oprimidos por una cultura que los ha marginado y que son generalmente anómicos en nuestra sociedad secular, en gran medida posreligiosa, y eso es elevador. Les da una identidad, que a su vez les da un sentido de la sociedad y su lugar en ella, y una apelación a un tipo de convencionalismo tradicional en el que sentirse más seguro de lo que parece ser hacerlo caer. Les está dando una mitología y una narrativa del héroe en el que puedan deshacerse de sus propios sentimientos de opresión y convertirse Übermenschen en sus propias formas tratables, y que está sugiriendo que la sociedad debe ser estructurada por ellos de manera que, naturalmente, recompensan a esta posición. Todo es muy grande, romántico, y maniqueo, mientras que propugna una ideología de los roles tradicionales y tonterías machistas: orden frente a caos, las fuerzas del bien contra la corrupción, y los hombres poderosos contra la dominación feminista. Volviendo a su conferencia “Marionettes 2”, podríamos hacer una pausa para preguntar: ¿qué podría salir mal?

Y el potente mensaje de dignidad de Peterson puede ser mucho más sutil que todo esto. Una escena documentada por Murray da un sentido de la misma.

“El domingo por la noche, una mujer joven le preguntó qué consejo le daría a Peterson a un estudiante como ella. Él le dijo que ignorase a los profesores que dirigen a marchitarse las almas de sus alumnos. En su lugar, la instó a usar sus años de estudiante para cultivar las amistades más grandes posibles. Muchas de estas amistades serían con personas que — tal como lo puso Peterson — estaban muertas; personas cuyos pies los deconstruccionistas y los cultivadores del resentimiento de la academia moderna no eran dignos de tocar”.

Una cosa es proporcionar este mensaje: aprovecha el tiempo en la universidad haciendo grandes amistades y profundizando en la literatura, leyendo a los grandes y comprometiéndote con ideas que te hagan cuestionar lo que te está enseñando la teoría cultural predominante: “elevarse por encima de las ideas de la época”, como lo expresó Voltaire. Otra cosa muy distinta es expresarlo en un lenguaje tan abiertamente moralista y simbólico y con tal retórica afectiva. Sin duda, enfatiza así mejor su idea, pero también llevó a Murray a tener que describir el tono y el tenor del “maravilloso” evento de Peterson al que asistió de esta manera: “(…) esto no era un encuentro de un predicador cristiano. Al menos no de forma explícita o de manera intencionada”.

Así que tal vez Murray está fingiendo no saber por qué Peterson es tan popular, pero está bastante claro. Peterson está llegando a una generación de niños perdidos y les cuenta su inspiradora visión sobre cómo convertirse en hombres de verdad, convertirse en exitosos, y (codazo, codazo) tirarse a la reina del baile al final de la noche. Esto en cuanto al “curioso” asunto de la popularidad de Peterson. Es muy sencillo, y Murray lo resumió en una palabra: cualquiera que sea su sustancia y profundidad, su humor y su humanidad, el profesor Jordan Peterson es un gurú para los hombres jóvenes y sus simpatizantes que no saben quién o cómo ser en este mundo post-todo.

James A. Lindsay es un pensador, no un filósofo, con un doctorado en matemáticas y estudios de física. Es autor de cuatro libros, siendo el más reciente Life in Light of Death. Sus ensayos han aparecido en TIME, Scientific American y The Philosophers’ Magazine. Él piensa que todo el mundo está equivocado sobre Dios. En Twitter en @GodDoesnt.

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Traducciones sobre los asuntos de los hombres, la izquierda liberal, las políticas de identidad y la moral. #i2 @Carnaina

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