“¡Deja ese periódico y háblame!” Conversaciones afectivas y conversaciones informativas

Fragmentos del libro de Tú no me entiendes: hombres y mujeres en la conversación escrito por Deborah Tannen.

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Desde niños, los hombres aprenden a utilizar su discurso como un modo de atrapar y mantener la atención de los demás. Por eso se sienten más cómodos hablando en grupos grandes, con personas a quienes conocen menos. Se trata del habla pública, en su sentido más amplio. Pero aun las situaciones más privadas pueden ser abordadas como si se tratase de una conversación pública, como si se tratase más de dar información que de establecer un vínculo.

¿Quién habla más, entonces, los hombres o las mujeres? La solución a esta evidencia aparentemente contradictoria la encontramos diferenciando lo que yo llamo el habla pública y el habla privada. Muchos hombres se sienten cómodos en “el habla pública”, mientras que en general las mujeres prefieren “el habla privada”. Otra manera de expresar esta diferencia es hablar de conversaciones afectivas y conversaciones informativas.

Para la mayoría de las mujeres, el lenguaje de las conversaciones es primariamente un lenguaje de rapport: una manera de establecer vínculos y negociar relaciones. Ponen el énfasis en mostrar similitudes y compartir experiencias. Desde la infancia, las niñas critican a sus pares cuando éstas tratan de aparecer como mejores que las demás. Las personas sienten en general que sus vínculos más estrechos son los de su casa, o los de aquellos lugares donde se sienten como en casa (habitualmente con una o con pocas personas con las que se sienten muy cómodas y de las que están muy cerca afectivamente). En otras palabras, se trata de las conversaciones privadas. Pero aun las situaciones más públicas pueden ser abordadas como si se tratase de una conversación privada.

Para la mayoría de los hombres hablar es una manera de preservar su independencia y de negociar y mantener su estatus en un orden social jerárquico. Logran esto exhibiendo sus conocimientos y habilidades y logrando atrapar el centro de la atención a través de actividades verbales tales como contar anécdotas y chistes e impartir información.

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Tanto los estudios llevados a cabo por psicólogos como las cartas que piden consejo a los columnistas, las películas y las obras de teatro, llegan a una misma conclusión: el silencio de los hombres en el hogar provoca una gran decepción en las mujeres. Las mujeres protestan una y otra vez: “El parece tener mucho que decir a todos, menos a mí.”

La película Divorcio a la americana comienza con una conversación en la que Debbie Reynolds se queja de que ella y Dick Van Dyke no logran comunicarse, mientras que él sostiene que le cuenta todo lo que le sucede. Llaman a la puerta y la pareja se recompone antes de recibir a sus invitados con sonrisas.

A puerta cerrada, muchas parejas sostienen este tipo de discusiones. Muchas mujeres, como Debbie Reynolds, sienten que sus esposos no se comunican con ellas. Muchos hombres, como Dick Van Dyke, se sienten injustamente acusados. ¿Por qué ella está convencida de que él no le cuenta nada, mientras él está igualmente convencido de que le cuenta todo? ¿Cómo pueden los hombres y las mujeres tener puntos de vista tan diferentes acerca de las mismas conversaciones?

Cuando algo funciona mal, es frecuente que las personas busquen alguien a quien culpar: o bien la persona con quien tratan de comunicarse (“eres demasiado exigente, egoísta, testarudo”), o bien el grupo al que la persona pertenece (“vosotras, las mujeres, sois siempre demasiado exigentes” o “vosotros, los hombres sois tan egoístas”). Algunos, con criterios más generosos, culpan a la relación (“no podemos comunicarnos”). Pero por debajo o por encima de estas razones, la mayoría de las personas se siente culpable.

Si el problema radicase en sujetos particulares o en relaciones particulares, no serían tantas las personas que comparten el mismo problema. El verdadero problema es el estilo conversacional. Los hombres y las mujeres tienen distintas maneras de hablar. Aun teniendo las mejores intenciones, cuando se procura resolver este tipo de cosas hablando, sólo se logra empeorar las cosas, ya que las maneras de hablar son el origen del problema.

Una vez más, la raíz de los estilos de hombres y mujeres está en el modo cómo aprendieron a utilizar el lenguaje desde niños. En nuestra cultura, la mayoría de las personas, pero especialmente las mujeres, ven a las personas que más quieren como un oasis en un mundo hostil. El centro de la vida social de las niñas es la mejor amiga. La amistad entre las niñas se construye y se mantiene compartiendo secretos. Para las mujeres adultas, también, la esencia de la amistad es la comunicación. Se cuentan una a la otra lo que piensan y sienten y lo que sucedió durante el día: quién estaba en la parada del autobús, quién llamó, qué dijo, cómo las hizo sentir. Cuando se les pregunta quién es su mejor amistad, la mayoría de las mujeres dan el nombre de otra mujer con la que hablan regularmente. Cuando se les formula la misma pregunta a los hombres, muchos responden que es su esposa. Después mencionan a algún hombre con el que suelen jugar al tenis o al béisbol (pero con el que nunca se sientan simplemente a conversar) o a un antiguo compañero de escuela con el que no hablan desde hace un año.

Cuando Debbie Reynolds protestaba porque Dick Van Dyke no le decía nada y él respondía que sí lo hacía, los dos estaban en lo correcto. Ella sostenía que él no le decía nada porque él no le comunicaba los pensamientos y sentimientos del día (el tipo de conversación que ella hubiese tenido con su mejor amiga). El no le contaba esas cosas porque no le parecían algo digno de ser contado. Por el contrario, él le contaba lo que le parecía importante (lo que le hubiese dicho a un amigo).

(…)

Muchos hombres, realmente, no logran darse cuenta de qué es lo que las mujeres desean y las mujeres, honestamente, no logran darse cuenta de por qué los hombres encuentran tan difícil comprender y satisfacer lo que ellas desean.

Una historieta ilustra el problema de la insatisfacción que causa en las mujeres el silencio de los hombres en su casa. El está leyendo el periódico mientras ella mira fijamente la última página. En otra historieta de Dadwood, Blondie protesta: “¡Todas las mañanas, lo único que miras es el periódico! ¡Apuesto a que ni siquiera sabes si estoy aquí! A lo que Dadwood le contesta: “Por supuesto que sé que estás allí. Eres mi maravillosa esposa y te amo tanto…”, mientras toca la pata del perro que ella había puesto en su asiento al dejar la habitación. (…)

Otra historieta muestra a un hombre abriendo el periódico y preguntándole a su esposa: “¿Hay algo que quieras decirme antes de que comience a leer?” El sabe que no hay nada, pero que tan pronto como él comience a leer, a ella se le ocurrirá algo. Esto muestra que hombres y mujeres tienen objetivos distintos en las conversaciones. Para él, hablar tiene por objeto informar. Por tanto, si ella lo interrumpe, debe informarle algo. Si esto fuese así, ella bien podría informárselo antes de que él comenzara a leer. En cambio, para ella, hablar tiene por objeto interactuar. Contar cosas es una manera de mostrar interés. Y escucharlas es también una manera de preocuparse por el otro. No es entonces un hecho casual que a ella siempre se le ocurran cosas para contar cuando él está leyendo. Cuando él está sumergido en el periódico y no le habla, es cuando ella siente la mayor necesidad de interactuar.

Otra historieta muestra un pastel de bodas, sobre el cual, en lugar de verse las clásicas figuras de los novios ataviados con sus trajes de bodas, hay unas figuras de plástico que representan una escena doméstica, en la que una pareja toma su desayuno. El hombre, que no se ha rasurado aún, lee su periódico mientras la mujer lo mira disgustada. Esta historieta representa el gran abismo que existe entre las expectativas románticas que preceden al matrimonio y la realidad, con la que a menudo se ven decepcionadas.

Estas historietas son cómicas, porque las personas pueden reconocer en ellas su propia experiencia. Sin embargo, no es en absoluto gracioso que las mujeres se sientan tan a menudo heridas porque los hombres no les hablan, o que los hombres se sientan frustrados por haber decepcionado a las mujeres, sin darse siquiera cuenta de cuál ha sido la falla o cuál era el comportamiento esperado.

Muchos hombres también se sienten frustrados porque, como decía uno de ellos: “¿Cuándo se supone que debo leer el periódico de la mañana?” Así como muchas mujeres no pueden comprender cómo los hombres no comparten sus cuestiones personales con los amigos, este hombre no puede comprender cómo las mujeres no se preocupan por leer el periódico por la mañana. Para él, leer el periódico es una parte esencial de los ritos de la mañana, y siente que todo su día se altera si no lo hace. Según él, informarse temprano le resulta tan importante como a una mujer maquillarse. Sin embargo, él nota que muchas mujeres ni siquiera reciben el periódico o, si lo reciben, no lo leen hasta que regresan de su trabajo. “Esto me resulta muy curioso. Muchas veces he recogido el periódico de la puerta por la tarde y se lo he entregado a una mujer cuando regresaba de mi trabajo.”:

Para este hombre (y estoy segura de que también para muchos otros), que le impidan leer el periódico por la mañana significa que lo obliguen a dejar de hacer algo esencial e inofensivo. Es una violación de su independencia, de su libertad de acción. En cambio, para una mujer, cuando desea hablar con su pareja y no es escuchada, esto significa una traición a la intimidad: él le está ocultando cosas, no se interesa por ella, la deja de lado. Una mujer llamada Rebecca, quien es en general feliz en su matrimonio, me contó que, sin embargo, esta cuestión es para ella una fuente de insatisfacción. Ella considera que el carácter taciturno de su esposo Stuart es mezquindad de espíritu. Ella suele contarle lo que piensa, y él la escucha en silencio. Cuando ella le pregunta qué piensa él, le toma un largo rato responder: “No sé”, a lo que ella contesta desafiante: “¿Es que no hay nada en tu cabeza?”

Para Rebecca, que está habituada a decir lo que piensa y siente, ni bien lo tiene en su cabeza, no decir nada significa no pensar nada. En cambio Stuart no cree que valga la pena verbalizar los pensamientos que pasan por su cabeza. El no tiene el hábito de poner en palabras lo que su mente va rumiando. Por esto, así como ella va diciendo “naturalmente” lo que piensa, él lo va desechando, también “naturalmente”. Hablar acerca de ellos sería conferirles más peso e importancia de lo que él estima que valen. Ella, durante toda su vida, ha verbalizado sus pensamientos y sentimientos en conversaciones privadas. El, durante toda su vida, los ha dejado de lado o los ha guardado para sí mismo.

En el ejemplo anterior, Rebecca no se refería a algún tipo de problemas o dudas en particular, sino a cualquier cosa que Stuart pudiera tener en mente. Sin embargo, el hecho de verbalizar los pensamientos y sentimientos se vuelve particularmente significativo cuando éstos están referidos a sentimientos negativos o dudas acerca de la relación. Un hombre divorciado de cincuenta años me ilustró acerca de este tema. El era muy claro a este respecto. Decía: “Yo no doy valor a todos los pensamientos que van pasando por mi cabeza, como tampoco lo doy a todos los que van pasando por la cabeza del otro.” El sentía que una relación estable que tenía había sido debilitada y puesta continuamente en peligro porque la mujer solía lanzarle cualquier fugaz idea que se le ocurría y, al comienzo de la relación, muchas de ellas no eran sino temores. Como no se conocían mucho, ella se preguntaba continuamente si podía confiar en él, temía que la relación destruyera su independencia y no estaba segura de si esa relación era realmente buena para ella. El, en cambio, pensaba que ella debía guardar para sí todos estos temores y dudas, y esperar que los acontecimientos se desarrollaran.

Como suele ocurrir, las cosas salieron bien. La mujer finalmente decidió que la relación era buena para ella, que podía confiar en él y que no tenía por qué perder su independencia. En cambio, él, para ese entonces, sentía que no le resultaba tan fácil recuperarse de la carga que había representado para él lidiar con todas las dudas y temores que ella había experimentado. Como él decía, estaba harto de haber estado siendo balanceado como un yo-yo, atado al hilo del fluir de la conciencia de otro.

En el otro extremo, este hombre admitía que él jamás expresaba sus propias dudas o limitaciones con respecto a la relación. Si él se sentía infeliz, no decía nada al respecto. Simplemente dejaba que su infelicidad se expresara por sí misma, a través de la frialdad y la distancia. Esta respuesta es, en realidad, la que las mujeres más temen, y es por esto que prefieren expresar sus insatisfacciones y dudas como una forma de antídoto contra el aislamiento y la distancia que suele provocar el silenciarlas.

Este enfoque distinto que tienen hombres y mujeres acerca de expresar o no su insatisfacción se relaciona con la conciencia diferente que ambos sexos tienen acerca del poder de sus palabras para afectar la vida de los otros. Cuando esta mujer le contaba repetidas veces al hombre las dudas que tenía sobre la relación entre ambos, actuaba como si él fuese invulnerable y no pudiese resultar herido por sus palabras. Quizás estaba subestimando el poder de sus propias palabras. Por su parte, cuando él reprimía la expresión de cualquier sentimiento negativo, parecía sobreestimar el poder que sus palabras tenían para herirla, cuando, irónicamente, ella se sentía más herida por sus silencios que por sus palabras.

Estos hombres y estas mujeres hablan del modo como aprendieron cuando niños, y que más tarde fue reforzado en la adolescencia y la edad adulta, en el seno de las relaciones de amistad entre personas del mismo sexo. Para las niñas, las conversaciones son como un pegamento que va uniendo la amistad. Las relaciones entre los niños, en cambio, se van consolidando a través de las acciones: hacer cosas juntos, o hablar de actividades comunes, tales como los deportes o, más adelante, la política. Los hombres están más inclinados a hablar en aquellos foros donde deben impresionar a los demás, en situaciones en que es el estatus quien está de por medio.

Si bien, seguramente, ambas partes nunca llegaran a una completa satisfacción con respecto a estas cuestiones, comprender la situación puede contribuir a sanear el vínculo, y ambas partes pueden hacer ajustes en sus comportamientos.

Al entender que las conversaciones ocupan un lugar distinto para el hombre y para la mujer, una mujer puede llegar a aceptar el deseo que tiene un hombre de leer el periódico por la mañana sin experimentar el sentimiento de que eso es un rechazo hacia su persona o una falta con la relación. Un hombre puede también entender que el deseo de conversar de su mujer no es una demanda desmedida o un intento de impedirle hacer algo que él desea.

Una mujer, que había escuchado mis interpretaciones con respecto a las diferencias entre el hombre y la mujer, me explicó que estos puntos de vista la ayudaron. Al comienzo de una relación prometedora, un hombre se quedó a pasar la noche en su apartamento. Se trataba de un día de semana y ambos debían ir a trabajar por la mañana. Ella se sintió muy contenta cuando él sugirió que podían tomar el desayuno juntos y llegar un poco más tarde al trabajo. Feliz, preparó el desayuno, dibujando en su mente la escena: se sentarían uno frente al otro a su pequeña mesa, se mirarían a los ojos y se dirían cuánto gustaban el uno del otro y qué felices se sentían ambos por esta naciente relación. Pero para su gran decepción, tuvo que enfrentar una escena completamente distinta: mientras ella disponía sobre la mesa un buen desayuno amorosamente preparado (huevos, tostadas y café), el hombre se sentó enfrente y abrió el periódico frente a su rostro. Ella había sentido la sugerencia de tomar el desayuno juntos como una invitación a un acercamiento mayor, pero ahora el periódico se erigía como una barrera de papel (de todos modos impenetrable) entre ellos.

Si ella no hubiese sabido nada acerca de las diferencias entre los sexos que aquí tratamos, se hubiese sentido herida y lo hubiese sentido como una actitud de desprecio por parte del hombre. Hubiese llegado tal vez a la conclusión de que, después de haber disfrutado una noche con ella, ahora estaba buscando un servicio de cocina. En cambio, se dio cuenta de que él no necesitaba de una conversación para reforzar la intimidad entre ambos. El solamente necesitaba la presencia de su compañía, y eso no significaba que no la apreciase. Por otra parte, si él hubiese comprendido el rol que juegan las conversaciones en los vínculos para una mujer, seguramente hubiese dejado de lado el periódico en lugar de dejarla de lado a ella.

El hogar es para todas las personas el lugar donde se puede estar cómodo. Pero la comodidad del hogar comporta significados distintos y opuestos para los hombres y las mujeres. Para muchos hombres, la comodidad del hogar significa que allí no deben estar demostrando nada y no necesitan impresionar a nadie con su discurso. Por fin están en un sitio donde no es necesario hablar. Son libres de permanecer en silencio. En cambio, para las mujeres, el hogar es un sitio donde tienen la libertad necesaria como para hablar y donde tienen la mayor necesidad de hablar con aquellas personas con quienes sus relaciones son más íntimas. Para ellas, la comodidad del hogar significa poder hablar sin preocuparse por cómo serán juzgadas sus palabras.

Estas diferencias aparecen claramente en un estudio llevado a cabo por la lingüista Alice Greenwood. Ella observó las conversaciones entre sus tres hijos preadolescentes y sus amigos. Sus dos hijas y su hijo expusieron las razones de sus preferencias respecto de los invitados a una cena. Su hija Stacy sostuvo que no deseaba invitar a personas que no conocía bien, porque entonces debería comportarse de un modo “educado y silencioso” y poner en juego sus mejores modales. Denise, la otra hija de Greenwood, dijo que prefería invitar a su amiga Meryl, porque con ella podía actuar de cualquier modo y no tenía que preocuparse por sus modales, cosa que en cambio podría ocurrir con otros amigos, que después harían comentarios sobre su comportamiento. En cambio Dennis, el hermano mellizo de Denise, no mencionó en absoluto el problema de los modales y dijo que él quería invitar a aquellos amigos con los que más pudiese bromear y reír. Los comentarios de las niñas muestran que para ellas una relación más estrecha confiere la posibilidad de hablar más libremente. En cambio, estar con personas relativamente extrañas implica tener que observar lo que los otros dicen y hacen. Todo esto nos da una pequeña muestra acerca de quiénes hablan más: si los hombres o las mujeres.

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La diferencia entre el habla pública y el habla privada, o entre el habla informativa y el habla afectiva, se puede entender en términos del estatus y los vínculos. No es sorprendente que las mujeres se sientan más cómodas para hablar cuando están en confianza y en la intimidad, entre amigos e iguales, mientras que los hombres se sientan cómodos cuando hablan para establecer y mantener su estatus en un grupo. Pero la situación es compleja, ya que tanto el contacto afectivo como el estatus se compran con la misma moneda. Algo puede parecer búsqueda de estatus cuando, en realidad, la intención quizás es mostrar afecto y algo puede parecer dirigido a crear distancia, cuando en realidad quien lo hace está tratando de evitar una postura de superioridad. Se puede procurar evitar que haya malos entendidos injustificados e hirientes, tratando de comprender el estilo conversacional del otro sexo.

Cuando son los hombres quienes tienen la palabra en las reuniones públicas, muchas mujeres, incluidas las investigadoras, sienten que ellos “dominan” la reunión, que tratan intencionalmente de evitar que las mujeres participen, exhibiendo públicamente sus músculos de “estatus superior”. Pero el resultado de que los hombres hablen más no implica necesariamente que ellos tengan la intención de evitar que las mujeres lo hagan. Los que espontáneamente toman la palabra suelen pensar que los demás son igualmente libres de hacerlo. En este sentido, el hecho de que los hombres tomen la palabra libremente también implica que ven a las mujeres como iguales. El metamensaje de este comportamiento masculino puede ser: “Somos iguales compitiendo por el mismo estrado.” Si ésta es la intención (y yo creo que, aunque no siempre, muchas veces lo es), las mujeres pueden darse cuenta de su falta de participación en las reuniones y tratar de balancear esta situación sin culpar a los hombres de tratar intencionalmente de dejarlas afuera.

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Traducciones sobre los asuntos de los hombres, la izquierda liberal, las políticas de identidad y la moral. #i2 @Carnaina

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