Charlas sexuales

El lenguaje de la negociación sexual debe ir mucho más allá del “consentimiento” y el “rechazo” si queremos fomentar el sexo ético y autónomo

Escrito por Rebecca Kukla y publicado en Aeon el 4 de febrero de 2019

Image for post

La comunicación es esencial para el sexo ético. De manera habitual, nuestras discusiones públicas se centran en un solo tipo de comunicación: solicitudes de sexo seguidas de consentimiento o rechazo. Pero démosnos cuenta de que usamos el lenguaje y la comunicación con una gran variedad de maneras para negociar las relaciones sexuales. Coqueteamos y rechazamos, expresamos curiosidad y repulsión, y articulamos fantasías. Lo ideal es que hablemos de qué tipo de sexo queremos tener, de qué tipo de actos, y de lo que nos gusta y lo que no. Decidimos si vamos a tener o no relaciones sexuales, y cuándo queremos dejar de tenerlas. Nos revisamos y decimos guarradas durante el sexo.

En este ensayo exploro el lenguaje de la negociación sexual. Mi interés específico está en lo que los filósofos llaman la “pragmática” del habla. Es decir, estoy menos interesada en lo que significan las palabras que en cómo se puede entender que hablar es un tipo de acto que tiene un efecto pragmático en el mundo. Los filósofos que se especializan en lo que se conoce como “teoría de los actos de habla” se centran en lo que logra el acto de hablar, a diferencia de lo que significan sus palabras. J. L. Austin desarrolló esta forma de pensar sobre las diferentes cosas que el habla puede hacer en su libro clásico, Cómo hacer cosas con palabras (1962), y muchos filósofos del lenguaje han desarrollado la idea desde entonces.

Por ejemplo, consideremos la pregunta: “¿Puedes tomar el tren a Nueva York?”; la declaración: “Puedes tomar el tren a Nueva York”; la orden: “¡Toma el tren a Nueva York!”; y el consejo: “¡Yo tomaría el tren a Nueva York si fuera tú! Estos actos de habla usan casi las mismas palabras, pero son muy diferentes en su “fuerza” pragmática. Es decir, lo que los diferencia es menos su significado que lo que hacen, y qué tipo de acciones piden de su audiencia. Se pide una respuesta, se transmite información, se exige una acción y se sugiere una acción para su consideración.

Todos los actos de habla realizan algún tipo de acción, con algún tipo de efecto social. Y todos los actos de habla se rigen por lo que los filósofos llaman “normas de felicidad” y “normas de propiedad”. Las normas de felicidad son las normas que hacen que un discurso determinado actúe como una posibilidad coherente. Así que, por ejemplo, mi hijo adolescente no puede convocar una votación nacional — simplemente no tiene la autoridad adecuada para que eso tenga sentido como un acto de habla que pueda realizar — . Del mismo modo, no puedo nombrar al bebé de otra persona solo porque me apetezca, gritándole un nombre. Estos serían actos de habla infelices. Las normas de propiedad son normas que hacen que un discurso actúe de manera apropiada para la situación. Así que, aunque tengo la autoridad para ordenar a mi hijo que limpie su cuarto, sería una violación masiva de la norma para mí entrar en su aula en la escuela y gritarle que limpie su cuarto en medio de la clase.

Diferentes actos del habla con diferente fuerza pueden permitir o socavar el sexo ético, placentero y autónomo. En las discusiones públicas sobre la ética de la comunicación sexual, hemos tendido a proceder como si pedir sexo y consentirlo o rechazarlo fueran las únicas cosas importantes que podemos hacer con el habla cuando se trata del sexo ético — el único tipo de discurso que nos tiene que preocupar — . Trataré de mostrar que nuestro estrecho enfoque en el consentimiento ha distorsionado y limitado nuestra comprensión de la autodeterminación sexual, y de los diversos roles que el lenguaje puede jugar en hacer que el sexo sea ético y satisfactorio, o no ético y dañino.

¿Cómo nos limita nuestro enfoque en el consentimiento? Aquí hay algunas maneras:

  • Consentir implica normalmente dejar que otra persona te haga algo. De manera paradigmática, el consentimiento (o rechazo del consentimiento) es una respuesta a una petición; pone al solicitante en la posición activa y al que consiente en la posición pasiva. Y en la práctica, dadas las realidades culturales, nuestras discusiones sobre el consentimiento casi siempre posicionan a un hombre como el solicitante activo y a una mujer como la que está de acuerdo o se niega a hacerle cosas a ella. ¿No esperamos que la negociación sexual sea más participativa que esto?
  • Gran parte de nuestra comunicación sexual real no se trata de pedir sexo o de estar de acuerdo con él. Al comunicarme sobre el sexo, podría comenzar a articular una fantasía, sugerir una posibilidad que creo que podría complacer a la otra persona, indagar para averiguar cómo se siente la otra persona sobre una actividad o rol, o buscar ayuda para explorar cómo me siento al respecto, por ejemplo. Una buena negociación sexual a menudo implica una discusión activa y colaborativa sobre lo que sería divertido hacer. También suele incluir conversaciones sobre límites, restricciones y condiciones de salida. Nada de esto encaja bien en un modelo de solicitud y consentimiento o rechazo de la negociación sexual.
  • La participación autónoma y voluntaria es necesaria para el sexo ético, pero no es suficiente. Podemos consentir autónomamente todo tipo de malas relaciones sexuales, por razones terribles. Podría estar de acuerdo en hacer algo que me parece degradante o desagradablemente doloroso, por ejemplo, quizás porque prefiero tener relaciones sexuales malas que no tenerlas, o porque mi pareja no está interesada en saber qué es lo que me da placer.

Una persona que solicita sexo y otra que consiente en que el sexo ocurra: esa no es la manera más habitual — y casi nunca la ideal — de iniciar un encuentro sexual. Entonces, ¿cuáles son otras maneras en las que podemos usar el lenguaje para iniciar un encuentro sexual y, especialmente, cuáles son las maneras de hacerlo bien? Me centraré en dos: invitaciones y ofrecimientos de regalos.

Generalmente, cuando todo va bien, las iniciaciones de relaciones sexuales tienen la forma de invitaciones, no de peticiones. Especialmente cuando nos estamos reuniendo con alguien por primera vez, ya sea para una relación casual o al comienzo de una relación más seria, las invitaciones son la forma más común y la más apropiada habitualmente para iniciar relaciones sexuales que las solicitudes. Una vez que estoy en una relación con alguien, no siempre está fuera de mis límites solicitar sexo, como un favor. Pero cuando trato de establecer intimidad con alguien a medida que lo estoy conociendo, una invitación es lo más habitual y probablemente lleva más a tener un buen y floreciente sexo que una solicitud.

Una peculiaridad de las invitaciones es que, si son aceptadas, se requiere gratitud tanto por parte de la persona que hace la invitación como de la persona invitada.

¿Qué clase de acto de habla es una invitación? ¿Qué es lo que hace? Las invitaciones crean un espacio acogedor para que el invitado pueda entrar. Cuando invitas a alguien a algo, no están obligados a aceptar la invitación. Pero además, no solo están abriendo una posibilidad neutral; están dejando claro que serían bienvenidos. Si te digo: “Estoy preparando la cena en mi casa para el miércoles y quiero que vengas, por favor, y si no lo haces me dolerá”, entonces estoy solicitando tu presencia, no invitándote. Por el contrario, si te digo: “Estoy preparando la cena en mi casa para el miércoles y puedes aparecer o no, depende totalmente de ti, no me importa lo que pase”, entonces esto no es realmente una invitación, sino quizás más bien una oferta; en el mejor de los casos, es una invitación muy poco acogedora e inepta. Las invitaciones dejan al invitado libre para aceptarlas o rechazarlas. Si rechazas mi invitación, me decepcionas, pero no me agravias (aunque puedo sentirme agraviado si la rechazas de manera grosera o insultante). Una peculiaridad interesante de las invitaciones es que, si son aceptadas, se requiere gratitud tanto por parte de quien hace la invitación como del invitado. Te agradezco que hayas venido a mi cena, y tú me agradeces que te haya invitado.

Aunque una invitación deja al destinatario libre para rechazarla, esto no le da carta blanca a nadie para emitir la invitación que desee. Las invitaciones pueden ser infelices o inapropiadas. No puedo invitaros a votar en mi distrito. Esto es infeliz: yo no tengo la posición y no es una invitación que las instituciones hagan posible que aceptéis. Y una invitación feliz puede ser inapropiada. Si me encuentro con una extraña en el autobús y hablo con ella durante dos minutos sobre el tráfico, sería inapropiado para mí invitarla a mi boda.

Una invitación sexual abre la posibilidad del sexo, y deja claro que el sexo sería bienvenido. Las invitaciones son acogedoras sin ser exigentes. Aunque por lo general nos complace que la gente acepte nuestras invitaciones sexuales, por lo general no queremos que la gente acepte tener relaciones sexuales con nosotros como un favor hacia nosotros, como si se tratara de la concesión a una solicitud. Y la invitación tiene que ser feliz y apropiada. No puedo invitarte a tener relaciones sexuales con otra persona que no sea yo (lo cual sería a la vez infeliz y poco ético). No puedo invitarte a tener sexo conmigo si hacerlo fuera un abuso de poder, o si por otras razones te resultaría difícil decir que no a la invitación (lo cual sería inapropiado y poco ético), o al final de una charla de dos minutos sobre el clima en la fila de la tienda de comestibles (lo cual sería inapropiado y probablemente incómodo). El mero hecho de que una invitación pueda ser rechazada libremente no le da a la gente licencia para emitir invitaciones infelices o inapropiadas, lo cual es algo que los acosadores callejeros, por ejemplo, a menudo no parecen entender.

Propongo centrar las invitaciones en lugar de las peticiones en nuestro modelo del habla en la iniciación sexual. Esto abre toda una serie de nuevas cuestiones éticas y pragmáticas. ¿Cuándo son las invitaciones sexuales felices y apropiadas, y quién tiene la autoridad para dárselas a quién? Dado que las invitaciones logran un equilibrio complejo entre dar la bienvenida y dejar libre al destinatario, ¿qué es lo que mantiene ese equilibrio y qué es lo que lo despista? Una invitación puede ser degradante, por ejemplo, por no ser lo suficientemente acogedora. O podría ser coercitiva por ser demasiado apremiante. Daos cuenta de que si os invito, apropiadamente, a tener sexo conmigo, entonces el consentimiento y el rechazo no son ni siquiera las categorías correctas de actos de habla cuando se trata de su aceptación. No es conveniente consentir una invitación; más bien, uno la acepta o la rechaza. Así que el modelo de consentimiento distorsiona nuestra comprensión de cómo se inicia una gran cantidad de sexo, incluyendo en particular el sexo placentero y ético.

Cuando estamos tratando de establecer intimidad sexual con alguien, las invitaciones sexuales son más comunes y habitualmente más saludables que las solicitudes sexuales. Una vez que estamos en una relación estable y de larga duración con una pareja, el sexo a veces se inicia a través del ofrecimiento de un regalo. Aunque sería extraño y casi siempre inapropiado ofrecer sexo como un regalo a alguien que apenas conocemos, no es inusual que las parejas con mucho tiempo de relación se ofrezcan mutuamente regalos sexuales. Podría ofrecer a mi pareja sexo como una forma de despedirme antes de salir de viaje. Podría ofrecer un juego de roles o permitirme un fetiche que ambos sabemos que no es mi “cosa”. No hay nada intrínsecamente problemático en ofrecerse a participar en una actividad sexual con alguien que nos importa por generosidad en lugar de por deseo directo. Aunque algunos han defendido recientemente un modelo de sexo ético que requiere el “consentimiento entusiasta” de todas las personas involucradas, no todos los encuentros sexuales o todas las actividades dentro de ellos tienen que ser deseados con entusiasmo por todas las partes para que sean éticos y merezcan la pena.

Como hicimos con las invitaciones, retrocedamos y pensemos en la estructura pragmática de los regalos y los ofrecimientos de regalos antes de proceder. Los regalos son, en esencia, gratuitos y generosos; un regalo que me veo obligado a ofrecer no es realmente un regalo. (En la práctica, varias reglas de etiqueta nos obligan a dar varios “regalos” de manera rutinaria— pero estos no son verdaderos regalos, y en la medida en que tienen esa presentación en la superficie, tienen que disfrazarse de ser dados libremente — ). Los regalos, por naturaleza, no pueden ser exigidos o ni siquiera solicitados. Si me pides que satisfaga tu deseo sexual, entonces el que yo lo haga no es un regalo, sino la concesión de un favor. Un regalo debe ser diseñado para complacer al receptor; puede que no tenga éxito en complacer, pero una ofrecimiento que no se espera que satisfaga no es en realidad un regalo. También es esencial para dar regalos que el destinatario no tenga que aceptar el regalo. Los regalos que son aceptados requieren gratitud y reciprocidad por parte del receptor.

Los científicos sociales han estado fascinados durante mucho tiempo por la entrega de regalos, tanto por la complejidad de sus normas como por su importante papel en el sostenimiento y negociación de la comunidad. Como John Sherry explora en su artículo de 1983 sobre la antropología de la entrega de regalos, diferentes tipos de regalos y diferentes tipos de aceptación y reciprocidad son apropiados para un socio comercial, un amigo hospitalizado, una despedida de soltero, un amante, una boda, la fiesta de cumpleaños de un niño, y así sucesivamente. Cada cultura también tiene normas distintivas que rigen el rechazo y la aceptación de obsequios. Una característica sorprendente de la donación es su carácter esencialmente recíproco, que forma parte de todo sistema de donación a pesar de las variaciones culturales. Las donaciones necesitan ser correspondidas, y esto es parte de la forma en que sostienen las relaciones.

Las fotos no solicitadas de penes no suelen ser regalos apropiados.

Parte de la complicación sobre las normas de reciprocidad de los regalos es que son inherentemente abiertas. Lo que se considera una reciprocidad adecuada es delicado. Por ejemplo, la reciprocidad demasiado rápida o demasiado cercana de un regalo en especie es una violación de la norma: si me das un libro que crees que me encantaría, es inapropiado que te devuelva inmediatamente un libro diferente, y aún más inapropiado que yo te devuelva el mismo libro en cualquier momento. El tamaño, el momento y el contenido de la reciprocidad deben estar sutilmente marcados y no demasiado directamente con el regalo original. En parte porque los regalos deben ser dados generosamente y no de manera forzada, esta lógica de reciprocidad es delicada: si bien los regalos invitan a la reciprocidad, si la reciprocidad que se exige es demasiado específica, entonces ya no son regalos, sino algo así como trueques.

Una invitación no tiene por qué suponer que el destinatario quiera aceptarla. Pero ofrecer un regalo es algo planeado para ser un acto de generosidad que agrada al receptor (tenga éxito o no), y pide reciprocidad. Esto es parte de por qué, a diferencia de las invitaciones sexuales, los ofrecimientos de regalos sexuales son típicamente presuntuosos e inapropiados en las primeras etapas de conocer a alguien, cuando todavía no sabes qué es lo que le agradaría a ese alguien y aún no estás en posición de imponerle una obligación de reciprocidad. Pero las ofertas generosas de regalos sexuales, diseñadas sobre todo para complacer a la pareja y no para satisfacer directamente los propios deseos sexuales, son una parte normal de una relación sana y continuada. Tales obsequios crean una obligación de reciprocidad, aunque no de forma inmediata, o no exactamente en especie, o no en un tiempo concreto. Si tú satisfaces de manera rutinaria mis deseos sexuales por generosidad, es irrespetuoso y socava nuestra relación si yo nunca te correspondo.

Destaco que de manera habitual, si alguien me ofrece un regalo apropiado, necesito una buena razón para rechazarlo. Rechazar un regalo es un desaire hiriente. Esto no es cierto para las ofertas de regalos sexuales, que pueden ser rechazadas por cualquier razón; nadie tiene el derecho de sentirse agraviado por su rechazo. Si me ofrezco a satisfacer tu fetiche, digamos, y me rechazas, podría estar decepcionada o sorprendida, pero no puedo tomarla contigo por haberme hecho daño de ninguna manera.

Los regalos sexuales, como las invitaciones, pueden ser apropiados o inapropiados, y felices o infelices. Por ejemplo, las fotos de penes no solicitadas no suelen ser regalos apropiados. Los regalos sexuales ofrecidos demasiado temprano en una relación son inapropiados. Sería infeliz para mí tratar de regalarte las atenciones sexuales de otra persona. Una oferta de regalo sexual auténtica, apropiada y reflexiva dentro de una relación requiere una expresión de gratitud (aunque no necesariamente de aceptación), incluso si el receptor no está de humor para ese regalo en particular en ese momento.

Hasta ahora hemos estado discutiendo de qué maneras la gente podría iniciar una relación sexual; he tratado de ir más allá del modelo en el que una persona inicia una relación sexual con una petición, que la otra persona luego consiente o rechaza. Pero el lenguaje de la negociación sexual incluye algo más que la iniciación sexual. Lo ideal es que nos comuniquemos sobre todo tipo de cosas aparte de si tener relaciones sexuales, incluyendo qué tipo de cosas nos gusta hacer durante el sexo, qué es lo que definitivamente queremos fuera de la mesa, si nos estamos divirtiendo, qué es lo que queremos ajustar a medida que avanzamos, cuándo queremos parar, y muchas cosas más. Aunque hay muchos más tipos de habla de los que podría comentar aquí, quiero centrarme en un tipo de acto de habla más, porque creo que es una herramienta ética especialmente interesante e importante para la comunicación sexual. Hablaré de palabras seguras y de su estructura pragmática.

Incluso si consentimos libremente un encuentro sexual, o entramos en él de forma autónoma (por ejemplo, aceptando una invitación), también tenemos que ser capaces de salir de esa actividad fácil y libremente. Entrar de forma autónoma no es suficiente; la actividad sexual es autónoma solo cuando todos entienden las condiciones de su salida y pueden detenerse a voluntad, y saben y confían en que pueden hacerlo. Esto requiere normas lingüísticas compartidas para salir de cualquier actividad. Las palabras seguras, correctamente empleadas, proporcionan un marco que permite que todos entiendan cuando alguien quiere salir de una actividad sexual. Las personas que negocian el sexo a veces establecen una palabra de seguridad por adelantado. Esta puede ser una palabra distintiva aleatoria que es bastante segura de no aparecer en el curso de una conversación normal durante el sexo (una amistad mía usa “kimchi” y otra usa “Helsinki”). O bien, los participantes pueden usar un sistema “verde”, “amarillo” y “rojo”, que permite más matices: “verde” asegura a su pareja que todo va bien, e indica disfrute activo y deseo de continuar. El “amarillo” es una forma de indicar su incomodidad o cautela, y de llamar a la otra persona para que se relaje y esté atenta a las señales de que usted quiere cambiar o detener la actividad. “Rojo” acaba con el encuentro sexual; si alguien dice “rojo’’ entonces no solo todos dejan lo que están haciendo sino que salen del contexto sexual por completo.

Parte de lo que es interesante de las palabras seguras es que permiten que alguien salga de una actividad en cualquier momento sin tener que explicarse, o acusar a alguien de transgresión o cualquier otro tipo de maldad (aunque también pueden ser usadas cuando ha habido una transgresión). Invocar al “rojo” no implica que alguien haya estropeado o violado el consentimiento; simplemente se termina el asunto. No requiere ninguna disculpa, tampoco después de su uso. Es significativo que las palabras seguras sean de manera habitual palabras semánticamente irrelevantes que no van a surgir de otra manera en un encuentro sexual normal: están diseñadas para inmiscuirse mínimamente y sin ambigüedades, sin llamar a ninguna interpretación, discusión o respuesta conversacional. Sin un sistema de palabras seguras, si quiero terminar de manera abrupta una escena o actividad, necesito decir algo como: “Para esto inmediatamente”. Es muy difícil que un acto de habla de este tipo no se convierta en una reprimenda; casi inevitablemente crea una grieta en nuestra interacción que ahora necesita ser reparada.

Las palabras seguras tienen una estructura pragmática compleja. La negociación de palabras seguras es una especie de metalenguaje que permite a los participantes decidir juntos cómo aclarar los límites de un encuentro sexual; tienen una poderosa función en la creación del andamiaje dentro del cual se pueden llevar a cabo las actividades, incluso si nunca se utilizan. Una de las razones por las que son importantes es que dentro de un encuentro sexual, el habla es frecuentemente no literal. Si alguien grita: “Oh, papito, no, para!”. Es casi seguro que no creen que su pareja sea su padre, y es posible que no quieran parar. Necesitamos formas muy claras de saber cuándo alguien quiere salir de este contexto discursivo no literal. Tener un sistema de palabras seguras permite a los participantes establecer normas para salir de un marco discursivo no literal que podría incluir juegos de roles, metáforas y experimentación con los límites. Las funciones “amarillas” no son tanto una orden como una dirección de atención, junto con una llamada para cambiar un poco de marcha. El “rojo” es un tipo específico de orden: retracta el consentimiento, pero también pone fin a un encuentro, sacando a las participantes del contexto sexual y colocándolos en su contexto cotidiano.

Las palabras seguras aumentan la autonomía sexual y la seguridad, pero nunca deben reemplazar la fuerza del resto del habla.

Las palabras seguras son poderosas herramientas discursivas para permitir la autonomía sexual, el placer y la seguridad, al menos en dos sentidos. De manera más directa, ofrecen una herramienta para salir de una actividad de manera limpia y clara, sin casi ningún margen de incomunicación. Pero aún más interesante para mí es el hecho de que las palabras seguras permiten a la gente participar en actividades, explorar deseos y experimentar placeres que de otra manera serían demasiado arriesgados. Cuando queremos experimentar con algo que puede darnos placer, pero también puede hacernos sentir incómodos o ponernos en riesgo, necesitamos estar especialmente seguros de que podemos salir de la actividad fácilmente. Las palabras seguras expanden así el espacio de oportunidades para la agencia sexual. Hay todo tipo de cosas que nos gustaría hacer o intentar que son peligrosas o poco atractivas si no tenemos la confianza de que podemos detenerlas sin ambigüedades ni negociaciones prolongadas ni sentimientos heridos. Esto puede incluir actividades potencialmente dolorosas o incómodas, así como actividades en las que estamos jugando con la coerción, la dominación y la sumisión, y cualquier otra actividad que implique un discurso no literal. Pero también puede incluir cualquier cosa que nos gustaría explorar, a pesar de que potencialmente empuja los límites de nuestra zona de confort.

Y las palabras seguras nunca deben ser la única manera de que alguien pueda salir de una escena o actividad: todos los participantes deben ser flexibles y responder también a otras señales discursivas. Así que, “Oh, no, por favor, ya no puedo más, no!” bien podría ser parte de una escena de dominación consensual en lugar de un intento de ponerle fin, pero “No, en realidad, suéltame, necesito orinar y estás presionando mi vejiga” es casi siempre una indicación de que la participación autónoma se ha retirado, como lo es “Maldita sea, ya son las 8:00. Tengo que irme a trabajar”. Las palabras seguras son una herramienta para mejorar la autonomía y la seguridad sexual, pero nunca deben reemplazar la fuerza del resto del habla.

Si bien (como era de esperar) el hogar original y paradigmático de las palabras seguras es la comunidad BDSM, creo que sería fantástico que el uso de palabras seguras se convirtiera en una práctica estándar (incluso fuera del dominio sexual), y en particular si la capacitación en el uso de palabras seguras se convirtiera en una parte completamente estándar de la educación sexual y de salud para los adolescentes. Las palabras seguras le dan a la gente la habilidad de detener una actividad claramente y sin un argumento o una razón formulada. Esto es especialmente importante para los jóvenes que recién están comenzando a explorar el sexo, a descubrir lo que disfrutan y a aprender a escuchar y respetar los límites de los demás. Las palabras seguras también permiten a las personas explorar deseos cuya realización sería peligrosa o incómoda. La normalización de su uso sería un paso importante para potenciar y proteger la seguridad y la autonomía de todos. Tener el sistema en juego crea un espacio para el consentimiento continuo y la experimentación activa y la colaboración sexual.

He sugerido que nuestra fuerte tendencia social a centrar nuestras discusiones sobre la negociación sexual en el consentimiento y el rechazo ha derivado en una visión estrecha y distorsionada de la pragmática de la comunicación sexual. En consecuencia, hemos tendido a centrarnos en la violación y la agresión, entendida como actividad sexual no consensual, como el único daño sexual del que tenemos que preocuparnos. De hecho, hay muchas maneras en las que el sexo puede estar éticamente mal, aparte de violar el consentimiento. A veces las personas aceptan participar en una actividad sexual por razones éticamente problemáticas, quizás porque piensan que es necesario para demostrar su “verdadera hombría” e impresionar a sus amigos, o porque se sienten culpables de no tener relaciones sexuales con alguien que fue amable con ellos y ahora lo quiere “a cambio”. A veces la gente está de acuerdo en hacer cosas que los degradan o explotan. Y a veces la comunicación sexual viola normas éticas y pragmáticas: una invitación puede ser poco acogedora o inapropiada, o demasiado apremiante; un ofrecimiento de regalo puede ser insultante; las personas pueden estar de acuerdo en participar en una actividad que pone a alguien en peligro sin aclarar cómo esa persona puede salir de la situación; y así sucesivamente.

Cuando hablamos de autonomía sexual, nuestras conversaciones generalmente se centran en una de dos áreas. Una es el acceso a la anticoncepción, el aborto y la salud y educación sexual (que no han sido mi tema aquí). La segunda es el consentimiento, o más específicamente, como sugerí al principio, la típica capacidad de las mujeres para negar con éxito el consentimiento a los hombres. Ambos son, de hecho, temas de gran importancia, especialmente porque ambos se encuentran bajo una seria amenaza legal y cultural en este momento. Pero he argumentado que la autonomía sexual también requiere la capacidad de participar en una comunicación sexual clara, pragmáticamente compleja y bien arraigada, incluyendo usos del hablar que van mucho más allá de consentir y rechazar las solicitudes de sexo.

Rebecca Kukla es profesora de filosofía en la Universidad de Georgetown y es investigadora principal en el Instituto Kennedy de Ética. Es autora de Mass Hysteria: Medicine, Culture, and Mothers’ Bodies (2005). Vive en Washington, DC. En Twitter, @RebeccaKukla.

Written by

Traducciones sobre los asuntos de los hombres, la izquierda liberal, las políticas de identidad y la moral. #i2 @Carnaina

Get the Medium app

A button that says 'Download on the App Store', and if clicked it will lead you to the iOS App store
A button that says 'Get it on, Google Play', and if clicked it will lead you to the Google Play store